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Carta abierta a un comandante

10 de marzo del 2011 | OPINIÓN| Por: Fernando Londoño Hoyos
La percepción política de la seguridad es efecto del año electoral: general Navas.
No creemos estar equivocados, señor general Navas, cuando decimos ver una negra tempestad en el horizonte de la guerra. Usted, que por tantos años ha trabajado con patriótico desvelo, con valor que admiramos y con éxitos que aplaudimos por la victoria militar, puede estar en mejores condiciones que nosotros para saber lo que pasa. Pero no nos convencen sus argumentos y debemos decirle por qué.
         En primer lugar, porque son argumentos. En la guerra hay otras formas para calcular la adversidad y la fortuna. Trabada la batalla, su medida es implacable y no la sobornan los discursos, por brillantes que sean. Por eso, nos parece que en su reportaje faltaron los hechos, amos de estos debates, y sobraron las palabras, los encomios y las descalificaciones.

         Entre el 7 de enero y el 7 de marzo contamos 16 hechos de armas, narrados por la prensa y tan indiscutibles como la sangre que costaron. En todos ellos sufrimos dolorosas pérdidas. Dieciséis militares muertos, 38 heridos, 18 policías asesinados y 9 heridos nos dan una pesada cifra de 81 hombres fuera de combate.

         De muy distintos y distantes sitios de Colombia se alzan voces angustiadas. La situación del Cauca es horrorosa, dijo el veterano senador de ese departamento Aurelio Iragorri. Nos lo confirmó el presidente de Analac y lo dicen sin ambages los hombres y las mujeres del campo, y los de la Ciudad Blanca. Porque hacia ella, la mil veces gloriosa Popayán, se movieron los llamados 'traquetos' que campeaban en el Valle.

         La muerte en Córdoba de cuatro estudiantes universitarios no fue una casualidad. No hay un cordobés que no llore tiempos mejores. Como le pasa a toda la gente de Arauca, Norte de Santander y La Guajira. La frontera con Venezuela se ha vuelto un infierno. Le convendría repasar reciente columna de la periodista Salud Hernández-Mora, para que lo verifique. O conversar unos minutos con el presidente de la Federación Nacional de Ganaderos, José Félix Lafaurie, para que le cuente de quejas y pesares de sus afiliados.

         La frontera con el Ecuador y la Costa del Pacífico no gozan de mejor salud. Entre las Farc y el narcotráfico, o si quiere mejor, las ya famosas bacrim, hunden esos pueblos en la tragedia y la desesperanza. Casi teníamos olvidadas las voladuras de los oleoductos. Ahora nos las recuerdan en el norte y el sur del país.

         Entre el día en que usted, señor General, le expuso al periodista de EL TIEMPO su tesis y el momento en que escribimos estas líneas, ocurrieron tres hechos capitales. El primero, que en las calles de Bogotá, al mediodía y en presencia de decenas de atónitos niños, sicarios de las Farc intentaron matar a un gran jurista, noble escritor e infatigable batallador por la causa de las Fuerzas Militares, el doctor Fernando Vargas. La pistola asesina se mueve por Bogotá, y tal vez no pare de moverse. Indicio de cosas harto peores. El segundo fue el asalto en la carretera entre Mutatá y Chigorodó, repetición de otro anterior, que ha aconsejado cerrar la vía en las noches. Varios muertos y cuatro buses incendiados son el saldo de una acción más que preocupante, tan cercana a la fervorosa ponderación que usted hiciera de la paz en las vías nacionales. Y el tercero fue el secuestro de los 22 trabajadores de una firma petrolera en el Vichada, que terminó menos gloriosamente de como nos la contaron. Pero no importa. Lo sustantivo es que las Farc notificaron que quieren ser parte en el negocio más sobresaliente que hay en Colombia, y esa no es una buena noticia.

         No queremos ganarle una discusión, ilustre General. Ni siquiera entablarla. Solo le queremos decir que este es un problema que a todos concierne y que plantearlo bien es abrir el camino para resolverlo. Negarlo equivale a dejarlo intacto. Que no es de lo que se trata.

El Tiempo– Bogotá - Colombia

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