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'Mare magnum'

 Reflector | Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS | Publicado: nov.29, 2012  
Al admitir la competencia de la Corte, al no proponer la excepción perentoria de incompetencia en el momento en que fue notificada de la demanda, y aún dentro del año que se le concedió a Nicaragua para completarla, Colombia se metió en el conflicto.
Los latinistas definen la expresión que encabeza estas líneas en el doble sentido de gran mar y de formidable barullo. De ambas cosas hay en esta historia, enmarcada entre dos fechas cruciales: el 4 de febrero de 1980, la Junta de Reconstrucción de Nicaragua declaró Nulo e Inválido el tratado de límites celebrado con Colombia en 1928, mediante agresiva notificación que hizo ante el cuerpo diplomático acreditado en Managua por aquella fecha; y el 6 de diciembre del 2001 presentó controversia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya, con el mismo propósito y alcance.
¿Qué hizo la cancillería colombiana en casi 22 años que separaron la amenaza de la demanda? Nada. Salvo la presentación ante la oficina de las Naciones Unidas en París, el 5 de diciembre del 2001, de un escrito por el que Colombia se retiraba de la jurisdicción de la Corte, suscrito por el canciller Guillermo Fernández de Soto, sin autorización del presidente Andrés Pastrana y sin conocimiento del Congreso de la República, Colombia pasó 22 años de espaldas a ese peligro manifiesto.
Sea porque el Gobierno descubrió muy mal sentada su defensa con esa treta de mal gusto, o sea porque la valoró inútil a la luz de la Cláusula Compromisoria del Pacto de Bogotá que lo ponía en el mismo llanito, decidió darle cara a la demanda, nombró abogados y se dispuso para la defensa. Semejante tema quedó en manos de dos ilustres cancilleres, el mismo Fernández de Soto y Julio Londoño Paredes, quizás el mejor equipo que Colombia pudiera armar para sostener su causa. Sea. Lo que aparece manifiesto es que en esos 10 años estuvimos de espaldas al riesgo, ignorantes de sus alcances, ausentes de nuestro destino histórico.
Al ministro Diego Uribe Vargas, la declaración ignominiosa de Managua en 1980 le pareció un chiste. Y a la ministra María Ángela Holguín solo se le ocurrió otro chiste, anticipando la posibilidad de que a la Corte se le antojara dar a cada parte un pedacito. Entre dos malos chistes quedó compendiado nuestro esfuerzo para defender la soberanía patria.
A lo largo de todos estos años se ha practicado una diplomacia secreta. El país no fue advertido de los riesgos que corría y se lo separó del tema crucial envuelto en el litigio. Para tratadistas tan ilustres como Germán Cavelier y Alberto Lozano Simonelli, la defensa de Colombia incurrió en un error colosal y decisivo. Porque se ha debido mantener en el punto central de sus razones, cual era la incompetencia absoluta de la Corte para conocer de límites resueltos en un Tratado, el Esguerra-Bárcenas, de 1928.
Al admitir la competencia de la Corte, al no proponer la excepción perentoria de incompetencia en el momento en que fue notificada de la demanda, y aún dentro del año que se le concedió a Nicaragua para completarla, Colombia se metió en el conflicto. Aceptó la controversia judicial. Puso su cabeza entre las fauces de la fiera.
Esta cuestión puede ser tan controversial como se quiera. Pero era la central, aquella en que nos iba la vida. El punto capital del debate. Y se lo trató de espaldas a la opinión y al Congreso de la República. Es probable que hubieran jugado papel definitivo en la toma de esta posición los abogados externos contratados por Colombia para su defensa. No quisiéramos imaginar que en el ánimo de estos jurisconsultos hubiera influido el tema de sus honorarios, que obviamente no hubieran sido los mismos si el pleito termina sin empezar.
Nos hicieron, como aquí se estila, diplomacia secreta sobre materia en la que debieron comprometerse todas las fuerzas de la Nación. Sus inteligencias más notables, sus talentos más altos. Mas por aquellas calendas no quedaba espacio mental sino para discutir la zona de despeje. Invadimos el Caguán y nos invadieron el mar de San Andrés.

Twitter: @Horadelaverdad


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¿Qué espera para corregir?

14 de mayo de 2012 | Registro | Por: Rafael Nieto Loaiza

La señora Ministra de Relaciones Exteriores ha cometido un error colosal cuando sostuvo que, en el litigio entablado por Nicaragua contra Colombia, “cualquier cosa puede pasar en esas posiciones salomónicas de la CIJ.
Puedo imaginar el desconsuelo de nuestros abogados en el caso, con el ex ministro Londoño a la cabeza. Pero no puedo entender los motivos para que la Ministra no haya corregido y renunciado.
En julio de 1919, Nils Claus Ihlen, canciller de Noruega, hizo una declaración verbal en la que sostuvo que “los planes del Gobierno Real [de Dinamarca] respecto de la soberanía sobre la totalidad de Groenlandia… no encontrarían dificultades por parte de Noruega”. El pronunciamiento tuvo un efecto determinante años después, cuando Dinamarca y Noruega se enfrentaron en la Corte Internacional de Justicia (CIJ) para determinar si Noruega tenía o no derechos sobre la Groenlandia Oriental. En sentencia de 1933, la Corte determinó que Dinamarca tenía soberanía sobre todo el territorio de Groenlandia, incluyendo la zona que Noruega pretendía. La CIJ consideró que la declaración de Ihlen era un acto unilateral jurídicamente vinculante. El hecho de que la declaración de Ihlen violara el derecho interno de Noruega y que su Constitución estableciera que el Estado sólo podría obligarse internacionalmente a través de tratados aprobados por su parlamento fue absolutamente irrelevante para la Corte.
Desde entonces ‘la declaración de Ihlen’ es conocida como el ejemplo emblemático de los efectos que pueden tener las manifestaciones verbales de los jefes de gobierno y los cancilleres.
Pues bien, la señora Ministra de Relaciones Exteriores ha cometido un error colosal cuando sostuvo que, en el litigio entablado por Nicaragua contra Colombia, “cualquier cosa puede pasar en esas posiciones salomónicas de la CIJ. Nunca una de las dos partes sale con las manos vacías” y añadió que “siempre al que demandan queda aburrido”. Para que no haya dudas, aquí los demandados somos nosotros.
La Canciller entiende mal la expresión ‘salomónico’, que no consiste en repartir un bien entre aquellos que lo disputan sino en decidir sabiamente y con justicia, es decir conforme a derecho. Y acepta de entrada que Nicaragua saldrá del pleito con algo entre sus manos y anticipa que nuestro país perderá parte de lo que hoy tiene. Se declara vencida. Que ignore que la Corte Internacional de Justicia no da ‘contentillo’ y que con no poca frecuencia decide a favor de una sola de las partes, sorprende. Que no sepa que es deber ineludible de los ministros de relaciones exteriores ser especialmente prudentes y defender sin vacilaciones el territorio y los derechos soberanos de sus estados, aterra. Que acepte de antemano que Colombia pierda algo que le ha pertenecido desde siempre, indigna.
Sé que el embajador de Nicaragua en Holanda entregó las declaraciones de la Canciller al Secretario de la CIJ y a algunos jueces. Puedo imaginar el desconsuelo de nuestros abogados en el caso, con el ex ministro Londoño a la cabeza. Pero no puedo entender los motivos para que la Ministra no haya corregido y renunciado. Después de semejante error, y por mucho que haya hecho bien otras tareas, era lo único que le correspondía. Nada puede haber más importante para un canciller que la defensa del territorio y los derechos soberanos de su Estado.
Entiendo aún menos que, ante la ausencia de enmienda y renuncia de la Ministra, el presidente Santos ni la haya destituido ni haya reafirmado los derechos colombianos en el archipiélago de San Andrés y en sus espacios marítimos.
Nicaragua ha apostado a que no pierde nada sino gana nada, porque hoy no tiene nada. Cualquier cosa que obtenga será presentada como un triunfo. Y será nuestra derrota. Una derrota que, de ocurrir, desde ahora llevará en la frente los nombres de la Ministra y del Presidente de la República.
Fecha: Mayo 12, 2012