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El esperpento

04 –feb- 2012 | El observador | Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal

El fallo es el uso deliberado del instrumento mediante el cual se expresa la Justicia para ignorar la esencia del asunto: la condena al M19 por el asalto a sangre y fuego a la Corte, financiado por el narcotráfico y comandado por la demencia de sus jefes.
Veintisiete años de impunidad y confusión acerca del asalto al Palacio de Justicia es el legado que los órganos encargados de investigar e impartir justicia han dejado a la posteridad. Ahora, la actuación de dos magistrados del Tribunal Superior de Bogotá sólo sirven para confirmar el propósito de hacer política con la Justicia que anunció hace Augusto Ibáñez cuando fue Presidente de la Corte Suprema.
El fallo de segunda instancia sobre la vinculación del coronel Alfonso Plazas Vega a las desapariciones ocurridas en la retoma del Palacio reafirma que es mucho lo que anda mal. Todo da a entender que el propósito no es encontrar la verdad y decidir en derecho sino producir un hecho, castigar a un militar por cumplir con su deber antes que aceptar que las pruebas no son suficientes para condenar a un ciudadano, como lo reconoció el magistrado ponente, Hermens Lara, quien se apartó de la decisión.
Ese propósito aparece de forma nítida cuando los magistrados Fernando Pareja y Alberto Poveda exigen al Ejército Nacional que presenten excusas públicas en la Plaza de Bolívar. Es una exigencia de claro contenido ideológico que se hace en un juicio penal, donde sólo es pertinente resolver la situación del procesado. Y se confirma cuando se refieren al expresidente Belisario Betancur, acusándolo en un proceso en el que nada tiene que ver, y llamando a la Corte Penal Internacional para que lo juzgue.
Es decir, en su intención por convertir su fallo en un deplorable espectáculo político, los autores del esperpento no tienen inconveniente en afirmar que la Justicia no opera en Colombia, que ha fracasado y no es capaz de encontrar la verdad. Y que renuncian a la soberanía consagrada en la Constitución, reconocida incluso por uno de los autores de la politización de la rama jurisdiccional, Jaime Arrubla.
Antes que una demostración de ignorancia, el fallo es el uso deliberado del instrumento mediante el cual se expresa la Justicia para ignorar la esencia del asunto: la condena al M19 por el asalto a sangre y fuego a la Corte, financiado por el narcotráfico y comandado por la demencia de sus jefes. Bajo ese propósito, definir la suerte del coronel Plazas por hechos que aún no han sido plenamente demostrados sirve para desconocer la verdad mientras se ignoran los alegatos del acusado.
Y lanzar acusaciones contra el presidente Betancur es un recurso para tratar de desconocer que su actuación impidió consecuencias peores. Que no dejó que triunfara el chantaje de los criminales que secuestraron y fusilaron a juristas de la talla de Yesid Reyes. Quizás el que Belisario haya impedido el triunfo del terror y el que toda Colombia le esté agradecida, es lo que no le gusta a los magistrados Pareja y Poveda.
Comparto lo expresado por Rafael Nieto en su columna del domingo pasado. A los abogados que tenemos la posibilidad de escribir en un medio de comunicación se nos ha convertido en obsesión el hablar de la Justicia en Colombia. Es que esta clase de esperpentos le están haciendo un daño terrible y quizás irremediable a una actividad intelectual que debe ser noble y debe estar alejada de los intereses sectarios. Y destruyen la credibilidad en los jueces y la posibilidad de resolver los conflictos de nuestro país por los métodos pacíficos que consagra la Ley.

Delírium trémens


02 de febrero de 2012 | OPINIÓN | Por: Plinio Apuleyo Mendoza

Los magistrados Pareja y Poveda quieren poner de rodillas no sólo al coronel Luis Alfonso Plazas, sino a todo el Ejército colombiano.

¿Estaremos asistiendo al derrumbe total de nuestra Justicia?

   ¿Cómo llamarlo de otra manera? Me refiero, claro está, al delirante fallo de los magistrados del Tribunal Superior de Bogotá Fernando Pareja y Alberto Perdomo; fallo que no sólo ratifica, sin una sola prueba, la condena a treinta años de prisión al coronel Plazas Vega, sino que ordena al Ejército de Colombia, en un acto público que tendría lugar en la Plaza de Bolívar, pedir perdón por delitos en la retoma del Palacio de Justicia. Para estos dos adelantados apóstoles del Socialismo del siglo XXI, el Ejército es el verdadero culpable de lo sucedido allí.
    Veamos el espectáculo que nos han diseñado. Desde los balcones de la Alcaldía que miran hacia la Plaza de Bolívar, dos antiguos dirigentes del M-19, el alcalde Gustavo Petro y su Secretario de Gobierno Antonio Navarro, miran complacidos este acto de pública contrición militar, tal vez en compañía de Hollman Morris. En cambio, el coronel Mejía Gutiérrez, que cuando era subteniente recibió tres tiros en la retoma del Palacio, debe pedir perdón. Los buenos, los héroes de ayer, son los malos de hoy. Y a la inversa.
    Pero el delirio de los dos magistrados va más lejos. Ahora el expresidente Belisario Betancur y ministros de su gobierno, como Jaime Castro y Noemí Sanín, deben prepararse para rendir cuentas ante la Corte Penal Internacional, seguramente por delitos de lesa humanidad. No importa que la CPI sólo pueda intervenir en hechos ocurridos en Colombia a partir del año 2002. Los dos magistrados ignoran estos detalles.
    Ignoran también, o pasan por alto, que desde el mes de junio del año pasado no quedó en pie una sola prueba válida contra el coronel Plazas Vega. ¿Quién lo dice? ¿Su abogado, Jaime Granados? ¿Fernando Londoño, Salud Hernández, yo mismo? No, alguien más incontrovertible: el magistrado Hermens Darío Lara, a quien se le confió el estudio del caso Plazas. Sin prejuicio alguno, este magistrado se zambulló durante un año y cuatro meses en los 42.465 folios del expediente, y al final de tan encarnizado trabajo presentó una sentencia absolutoria de 541 páginas. Pudo comprobar que los testimonios de Gámez Mazuera y de Tirso Sáenz, dos personajes con un nutrido prontuario de delitos, eran falsos y que Édgar Villamizar nunca firmó la declaración que con el nombre de Édgar Villarreal había servido de base para la condena de Plazas. En efecto, Villamizar declaró ante el Procurador lo que ya sabíamos: que durante los sucesos del Palacio de Justicia se encontraba en Granada (Meta). Lara pudo comprobar también que en la real desaparición de la guerrillera Irma Franco, Plazas no tuvo vinculación alguna. Comprometido en una acción militar, nada tuvo que ver con quienes eran conducidos a la Casa del Florero.
    Todo se imaginaba el magistrado Lara, menos que los dos colegas que debían suscribir el estudio adelantado por él le negaran su voto y aparecieran con una sentencia condenando a Plazas como "coautor mediato de un concurso homogéneo de delitos de desaparición forzada" (ya no de once personas sino de dos). De modo que con lágrimas en los ojos, según me han contado, Lara no tuvo más remedio que poner su conciencia a salvo de tan feroz atropello con un salvamento de voto.
    Igual escrúpulo movió al Procurador Alejandro Ordóñez a interponer de inmediato un recurso de casación contra el fallo. ¿Estaremos asistiendo al derrumbe total de nuestra Justicia? Espero que no. Figuras honestas en la Corte Suprema de Justicia acabarán midiendo ese delírium trémens de los magistrados Pareja y Poveda, que hoy quieren poner de rodillas no sólo al coronel Luis Alfonso Plazas, sino a todo el Ejército colombiano.