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Perdimos todos

22 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: NICOLÁS URIBE RUEDA

El país lamentará por muchos años la incapacidad institucional de los tres poderes públicos para ponerse de acuerdo y sacar adelante una modificación constitucional que signifique una mejora sustancial en la vida de los ciudadanos.

No hace sino aumentar el escándalo por la aprobación de la reciente reforma a la justicia.

Lo que inició como una discusión necesaria para descongestionar despachos judiciales y corregir profundas fracturas institucionales que rompían el equilibrio entre los poderes públicos, terminó siendo un esperpento en edición de lujo. No sólo se incorporaron de manera ilegal toda clase de temas en las conciliaciones, sino que además, hay que reconocerlo, los asuntos que ya venían aprobados en los debates anteriores tampoco establecían soluciones de fondo para la compleja situación en la que se encuentra la justicia. Por ello, nada pierde el país con que toda la reforma se hunda, y se entierre de una vez por todas una modificación constitucional que cargaría con el lastre de la ilegitimidad propia de haber sido votada a la carrera, sin que hubiese sido analizada por los protagonistas que la sacaron adelante.
A pesar de lo anterior, lo más grave de todo este incidente no es el debate puntual sobre la suerte de la reforma y los responsables del desastre. Por supuesto que esperamos identificar a los autores de los micos y entender cómo es posible que el Gobierno impulsara la votación de un proyecto sobre el cual había perdido el control, sin comprender los riesgos a los que se enfrentaba. Debe haber responsabilidad política.
Pero lo más preocupante son las consecuencias institucionales del fracaso. En primer lugar, el Congreso profundiza las causas de su desprestigio. No es fácil recordar un episodio reciente, tan deplorable como el que hemos presenciado. Los temas incorporados y la vulgaridad en el procedimiento utilizado para garantizar su aprobación no tienen precedentes. Las consecuencias de lo sucedido no terminarán con la sepultura de la reforma a la justicia, sino que se extenderán hasta el 2014, fecha en la cual termina el período constitucional de este Congreso. ¿Se imaginan ustedes lo que podrá suceder en el trámite de la reforma tributaria que el Gobierno ha anunciado que presentará en la próxima legislatura?
En segundo lugar, se ha perdido la oportunidad histórica de hacer una verdadera reforma a la justicia. El país lamentará por muchos años la incapacidad institucional de los tres poderes públicos para ponerse de acuerdo y sacar adelante una modificación constitucional que signifique una mejora sustancial en la vida de los ciudadanos. No habrá fácilmente, como los hubo hasta ahora, un escenario y un ambiente más propicios para impulsar un asunto de semejante envergadura. Seguramente de forma lenta pero firme, tomará fuerza la idea de una asamblea constituyente con programa previo, para abordar exclusivamente este tema que, parece ser un hecho, no es posible tramitar en el Congreso.
En tercer lugar, es probable que se complique la gobernabilidad del presidente en el Congreso. Ahora, con elecciones a la vista, todos quieren complacer a la opinión y hay temas en la agenda legislativa que no propiamente son de agrado ciudadano.
Con lo que pasó, perdimos todos, pues no es claro cómo y por dónde podremos ahora enmendar los problemas que tiene la justicia.
Publicado: Junio 23, 2012

Twitter: @NicolasUribe

Populistas

28 de abril de 2012 | OPINIÓN | Por: Nicolás Uribe Rueda
La ruta nacionalizadora y populista que eligieron algunos países en América Latina sólo los conduce hacia el fracaso económico y a su consecuencia natural que es la miseria.
Por más elocuente que resulte la exaltación nacionalista, la historia ha demostrado que para generar empleo, oportunidades y crecimiento se requiere una vigorosa iniciativa privada.

Lo decía el presidente de México, Felipe Calderón, en su reciente intervención en la Cumbre Empresarial de las Américas: el debate más importante de política pública por el que el mundo atraviesa en la actualidad, es el de cómo mantener o aumentar el crecimiento económico, y si el camino para lograrlo está trazado por el intervencionismo y la estatización o por la promoción de la iniciativa privada y la apertura comercial. Sin ambigüedades, Calderón señaló que la apertura y la libertad económica son las coordenadas correctas en torno a las cuales deben girar el progreso y el desarrollo de nuestros pueblos. Para probarlo, con resultados a la mano, expuso una serie de datos asociados a la productividad y competitividad de los productores y mercados mexicanos.

En otra orilla, y apenas unos días más tarde, como si se tratara de una segunda independencia, la señora presidenta de Argentina anunciaba, en un evento plagado de entusiasmo patriotero, la renacionalización de YPF como instrumento para recuperar la soberanía perdida, esta vez de manos del imperialismo español. Con la medida, la señora K. prometía garantizar el autoabastecimiento de combustible, reducir el precio de la gasolina y apropiar los recursos necesarios para profundizar las inversiones que requieren nuevos proyectos de exploración y explotación de hidrocarburos. Su discurso, como todos en el marco de esta ola estatizadora latinoamericana, estuvo dedicado a subrayar la defensa del interés general y la eficiencia del Estado (para lo cual puso como ejemplo a su propio gobierno), mientras estigmatizaba el ánimo de lucro y la iniciativa privada.
Aunque debería ser obvio, es inevitable advertir nuevamente que de discursos no vive el hombre. Por más elocuente que resulte la exaltación nacionalista, la historia ha demostrado que para generar empleo, oportunidades y crecimiento se requieren una vigorosa iniciativa privada, un Estado de derecho que la protege y una institucionalidad que constantemente mejora y hace respetar el marco en el cual se producen bienes y realizan intercambios comerciales. La ruta nacionalizadora y populista que eligieron algunos países en América Latina sólo los conduce hacia el fracaso económico y a su consecuencia natural que es la miseria. La materialización en política pública de la demagógica arenga de la izquierda radical latinoamericana, lo único que ha logrado es condenar a más generaciones a vivir en la indigencia.
Los argentinos no tardarán en comprobar que el precio de la gasolina no bajó y que no hubo creación, sino pérdida de empleos. Entonces, como ahora, el Gobierno reaccionará y en otro arranque oratorio, culpará a los enemigos imaginarios de su propia incompetencia y se pondrá entonces a la tarea de confiscar otra empresa o a profundizar un conflicto internacional, alegando razones de soberanía e interés general.
Luego de ver la historia tantas veces repetirse, confirmamos que la pobreza es terreno fértil para la demagogia y que los populistas lo saben con holgura. Por ello, cuando llegan al poder, son los más interesados en que su base electoral no se erosione y se convierten en laboriosos creadores de pobreza.

La opinión no es tonta

27 de Noviembre del 2010 | Opinión  | Por Nicolás Uribe Rueda

HAY QUIENES TODAVÍA ASEGUran que el éxito del presidente Uribe durante los pasados ocho años se debe a dos factores.

La realidad se impone

Opinión| 6 Ago 2010 - 9:12 pm 

Por: Nicolás Uribe Rueda

LAS REALIZACIONES DEL GOBIERno Uribe y la eficacia de sus políticas para transformar a Colombia son tan evidentes, que muchos pierden el tiempo buscando demostrar algo que se impone a simple vista. 

El país está mucho mejor que hace ocho años, y para comprobarlo basta recordar lo que vivimos, o repasar los titulares de los principales medios de comunicación de aquel entonces, si es que necesitamos algo de ayuda para ponernos en contexto.