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Dic 10 de 1948
Peláez y Gardeazábal agosto 1 de 2018
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El estreno

11 de diciembre de 2011 | OPINIÓN | Por: Luis Guillermo Restrepo Satizabal
Petro Ahora es el presumido triunfador que desfoga sus rencores y destapa sus ínfulas sin importarle el daño que causa a la ciudad que lo escogió como su máxima autoridad.
Como si fuera el amo y señor de Bogotá, como si ser elegido alcalde no le significara la obligación de acatar mandatos legales, Gustavo Petro se estrenó sin posesionarse, dándole un golpe al patrimonio de la capital. Un abrebocas de lo que viene y de lo que puede suceder si el populismo se toma el poder en Colombia.
La Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, EEB, es un buen ejemplo de lo que se puede lograr cuando el sector público entiende aquello de asociarse con el privado para generar riqueza. Con ella los bogotanos aprendieron que sí es posible hablar de eficiencia y transparencia, y que el Estado puede recibir buenos rendimientos cuando deja de pensar en la burocracia que reparte en la clientela y recibe las utilidades que puede generar una entidad cuyo 81% es del Distrito Capital.
Ese exitoso modelo le permitió ser inversionista internacional y recibir hace poco un respaldo vigoroso en el mercado de capitales. En ese momento nadie pensó que la elección de Petro iba a poner en riesgo a la empresa hasta entonces orgullo de los bogotanos. Nadie se imaginó que el exguerrillero en trance de gobernante iba a ponerle un petardo de alto poder destructivo a la confianza que la EEB había construido.
Sucede que el señor Petro ganó las elecciones y ya destapó sus propósitos. Ahora ya no es el estadista en trance de atrapar incautos, sino el alcalde arrogante que amenaza con imponer su populismo al estilo de Hugo Chávez. Ahora es el presumido triunfador que desfoga sus rencores y destapa sus ínfulas sin importarle el daño que causa a la ciudad que lo escogió como su máxima autoridad.
De pronto se le ocurrió decir que iba a unir la EEB con la empresa de teléfonos y el acueducto que, por mantenerse 100% pública tiene las prestaciones sociales más onerosas. Dice que con ello pretende rebajar el costo de los servicios a los usuarios. Y dio órdenes para que la Empresa recomprara sus acciones, sin respetar sus estatutos y los acuerdos de buen gobierno que la convirtieron en la estrella de Bogotá.
Es decir, se acordó de su maestro el coronel Chávez y desbarató de un plumazo la confianza en la EEEB. En tres días, las acciones cayeron el 17,56%, lo que significa una disminución de 1,8 billones en su patrimonio. Y de no ser por la intervención de la Superintendencia Financiera, el desastre sería mayor para los accionistas y los ciudadanos, no para Petro quien se siente héroe y desafía la lógica y la sensatez con su prosa cantinflesca digna del régimen chavista.
El flamante Alcalde afirma que su propuesta ya es ley porque forma parte de su programa de gobierno y que defenderá su decisión “con la vida si es necesario”. Es decir, Patria o Muerte. Y dice que no tiene la culpa del desastre que produjo sino los especuladores, para lo cual apela a un farragoso e incomprensible argumento que incluye conspiraciones y manos peludas. Es lo que él ve y para él eso es suficiente.
Así llega Petro a la Alcaldía de Bogotá. Ese personaje de quien desconfían hasta sus más cercanos colaboradores asoma las uñas del populismo barato con el cual aspira a convertirse en caudillo y presidente de Colombia. Viendo la sorpresa de muchos de los que votaron por él me da la impresión de que cayeron en la trampa del tartufo. Y me acordé de aquel refrán: “la mona, aunque se vista de seda….”

La chavetización de Petro

11 de diciembre de 2011 | COLUMNA | Por: MARÍA ISABEL RUEDA
Petro está empeñado en una fusión, que hoy es legalmente imposible, entre las empresas prestadoras de servicios públicos a los bogotanos.

Petro amenaza con que el 1 de enero citará a asambleas de accionistas para cambiar las juntas.

La revelación de los planes del alcalde electo de Bogotá, Gustavo Petro, condujeron al desplome del 20% del valor de la Empresa de Energía de Bogotá. Petro está empeñado en una fusión, que hoy es legalmente imposible, entre las empresas prestadoras de servicios públicos a los bogotanos. Hacerlo requeriría cambiar la ley, algo que desde luego siempre puede hacerse, si logra convencer al Congreso. Pero eso demoraría un tiempito. Por lo que durante sus cuatro años, es bastante improbable que alcance a ver consumada la pretendida fusión. ¿Pero en el caso de que la lograra a las malas, alguien ha entendido para qué quiere hacerla?
Ha mencionado "unir sinergias" para volver más eficientes las plantas de personal. ¿Eso implicaría que quedan unos trabajadores sobrando? Confusamente ha explicado que quiere copiar las EPM de Medellín. Sin embargo, el ejemplo paisa, que a su vez resultó catastrófico en Cali, ya no es imitable en Bogotá. Las EPM son ciento por ciento del Estado, mientras que las de Bogotá son sociedades con capital privado. Y violar los compromisos contractuales que asumieron al salir al mercado podría acarrearle millonarias demandas al Distrito. Luego no es cuestión de que llegue el señor Petro de Alcalde y diga el primero de enero: "es que esto cambió".
Lo raro es que si lo que quisiera hacer Petro fuera fortalecer a la ETB con la plata de la de Energía; o no cobrarles el agua a los estratos 1 y 2, podría hacerlo gastándose las utilidades del Distrito en la EEB, que son bastantes. ¿Por qué se empeña adicionalmente en depredar el valor de las empresas bogotanas?
Para salvar su pellejo en este episodio de pánico económico, Petro anuncia que así le cueste la vida, jamás pondrá el interés público al servicio del particular. Que no nos crea tan pendejos a los bogotanos. Porque el gran perdedor por el desplome de la acción es el propio Distrito de Bogotá, o sea el interés público, que es dueño del 76,8% de las acciones de la empresa. Los que más perdimos con lo de Petro fuimos los bogotanos, incluyendo a los más pobres, porque hoy nuestra empresa ya no vale los 900 mil millones que el mercado pagó por ella. Perdieron particularmente los trabajadores de la Energía, que acudieron entusiastas a comprar 3 mil millones en acciones de la empresa en la que trabajan. Perdieron los fondos de pensiones, es decir, los pensionados colombianos, que suscribieron el 5% de estas acciones. Perdió Ecopetrol, que tiene el 7%, o sea la nación y sus accionistas privados. Y perdieron los más de 9 mil pequeños accionistas que invirtieron en acciones de la Energía los ahorros de su vida. Y claro: también perdió un rico al que se refiere Petro veladamente como si fuera un trofeo de caza, el señor Luis Carlos Sarmiento, que a través de Corficolombiana posee el 4% de esas acciones. Pero como es fácil de apreciar, aquí perdieron más los pobres que los ricos.
Petro justifica sus ligerezas verbales y conceptuales asegurando que a la Empresa de Energía la están privatizando por la puerta de atrás. Eso es mentira. El Distrito valorizó su participación, al introducir nuevo capital a la empresa mediante una operación bursátil que le permite ampliar sus inversiones para subir sus utilidades. Capitalismo puro, si se quiere. Pero bien concebido.
Mientras tanto, Petro amenaza con que el 1 de enero citará a asambleas de accionistas para cambiar las juntas. Que las cite: pero no podrá avasallar la existencia del capital privado en las empresas de servicios. A menos que Petro optara por otra vía más expedita.
No se descarte la posibilidad de que a partir del día de su posesión, en lugar de: ¡Fusiónese! ¡Fusiónese! Petro empiece a gritar: ¡Exprópiese! ¡Exprópiese! Igual que Chávez.
¡SE ME OLVIDA! Maestro David Manzur: toda Colombia lo acompaña en el homenaje que le rinde el Museo de Arte Moderno. Usted honra a Colombia con su vida y con su obra.

Con mañita, doctor Petro

11 de diciembre de 2011 | EDITORIAL | Por: EL COLOMBIANO

Es claro que el alcalde electo de Bogotá, Gustavo Petro, quiere entrar pisando fuerte al Palacio Liévano. La alcaldía Mayor, que para él es un escalón hacia la Presidencia, le impone retos que no puede sortear como si todavía fuese un parlamentario opositor. Antes que la soberbia, le hará mejor una enorme dosis de prudencia y tino en sus medidas de gobierno.
Mucho han advertido los politólogos sobre las sensibles diferencias que hay entre el estilo de un parlamentario opositor, y el de un ejecutivo de la administración pública, como lo es un alcalde. En Bogotá están a pocas semanas de empezar a experimentar esta mutación, en cabeza de quien pasará de desempeñar el primer papel al segundo, como máximo responsable de esa gigantesca estructura que es el Distrito Capital.

Gustavo Petro ha querido entrar pisando fuerte en la Alcaldía Mayor, donde ahora despacha, como encargada, una antigua aliada -y ahora, más bien, antagonista- que, al parecer, no ha querido someterse a las órdenes que quiere dictar por anticipado el arrogante político electo. Y ese estilo ensoberbecido, señalado por sus propios excopartidarios, es el que les traerá muchos dolores de cabeza no solo a él, sino a la capital y sus habitantes.

Si hay algo claro, pues lo anunció el mismo alcalde electo en su discurso de triunfo el 30 de octubre, es que el cargo que asume el primero de enero no será más que un peldaño en su proyecto de largo plazo hacia la Casa de Nariño. Ningún otro elegido popularmente, salvo Andrés Pastrana -en circunstancias bien distintas- ha logrado que la alcaldía de la capital le sirva de plataforma para llegar a la Presidencia. El patético, más que dramático, ejemplo de su antecesor Samuel Moreno, que terminó en la cárcel en vez de la casa presidencial, ilustra el pedregoso camino donde quedan muchas ambiciones y no pocas ilusiones.

Quien viva en la capital, o la visite, tendrá a su vista la penosa evidencia de lo que es una ciudad destruida por un pésimo gobierno y una administración corrupta. Pero Petro no tendrá que cargar con la infame herencia que deja allí el Polo Democrático. A él se le reconoce -como lo hemos hecho en este mismo espacio- el valor de haber sido quien denunció, con documentos, el estado de postración moral en la Alcaldía Mayor.

Pero lo que no puede hacer es incurrir en la irresponsabilidad de anunciar medidas que provocan consecuencias nefastas en un clima de inversión que, mal que bien, han intentado las empresas públicas bogotanas para atraer recursos y liquidez. La Empresa de Energía hizo una emisión de acciones, con buenos resultados, que indican que hay inversionistas nuevos que creen en la proyección de la empresa y en su futuro.

Hacer anuncios súbitos sobre cambios en la estructura jurídica y empresarial causa, lógicamente, alarma entre los inversionistas, además de enojo. Esa alerta provoca una reacción en el mercado como la que llevó a la Superintendencia Financiera a suspender la cotización bursátil de la empresa capitalina.

Para esos anuncios -y ya ni se diga si se traducirán en decisiones de gobierno- hay que actuar de manera escrupulosamente cuidadosa, prudente, incluso sigilosa. Con estudios técnicos que indiquen su beneficio social, económico y su viabilidad jurídica. Y ahí sí, seguir los trámites que correspondan, incluyendo la oferta de compra a los inversionistas privados, a precios de mercado. Es discutible que lo que necesite Bogotá sea lo pensado por Petro. Pero si se empeña -conociendo al personaje, es posible que así sea- en ejecutar lo que con tanta imprudencia anunció, es de esperar que su ideología esté al margen del proceso.