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¿Persecución contra el uribismo?

27 de enero de 2012 | La Claridad  | Por: Paloma Valencia Laserna

Aducen los uribistas es que a los funcionarios del gobierno Uribe se los investiga por hechos que han sido tradicionales en el quehacer político de Colombia y por esos mismos hechos no se había investigado nunca a nadie.  
Hay una tendencia a investigar a la cúpula del uribismo. El hecho no sería sospechoso si por hechos similares se investigara a otros sectores de la política colombiana. La aplicación selectiva de la ley (me refiero a que en el país se puede estar escogiendo a quién investigar) puede convertir el sistema judicial en un mecanismo capaz de persecución política.
Este podría ser el caso de Luis Carlos Restrepo; el país ha tenido noticia de que en los procesos del Estado, que ofrecen beneficios para los afiliados hay muchísimas personas incluidas sin tener derecho. El fraude al Estado se ha dado a lo largo de la historia en incontables ocasiones; en los terremotos miles de personas llegan al lugar de la tragedia para beneficiarse de los auxilios estatales. Sabemos que las listas de desplazados están infladas con ciudadanos que no fueron víctimas. Pero si observamos los hechos más recientes tenemos al menos tres que comparten las mismas características: falsos desmovilizados; falsos desplazados y falsas víctimas.
Los tres casos no son ninguna novedad y son un desarrollo más de una cultura donde la corrupción es habitual. Lo que es extraño es que sólo en el caso de Restrepo, los falsos desmovilizados, hay movimiento judicial contundente. En los otros casos se anuncian cosas pero no hay investigados. No era función del Comisionado de Paz establecer si los reinsertados eran o no parte de los grupos ilegales, esa función -por ley- corresponde a la Fiscalía. La constitución como parte civil de la Presidencia de la República en el proceso contra Restrepo contrasta con que para los otros casos -con las mismas características- no sólo no se consideran víctimas, sino que ni siquiera hay declaraciones contra los vinculados en esos hechos. No se trata de que si saben o no si Restrepo es culpable; en proceso las pruebas no han sido develadas y por lo tanto la Presidencia no puede saberlo.
Otro argumento que aducen los uribistas es que a los funcionarios del gobierno Uribe se los investiga por hechos que han sido tradicionales en el quehacer político de Colombia y por esos mismos hechos no se había investigado nunca a nadie. La pregunta que surge está dada por la tensión que supone el que efectivamente haya una desviación de la conducta que la ley ordena y al mismo tiempo una costumbre social que respalda el comportamiento alejado de la ley, y ha sido soportado por la administración judicial que no ha perseguido a nadie por esos hechos.
El delito más grave de Agro ingreso Seguro es la contratación con el Iica -organismo de la OEA-, pues el proceso no debería haber sido hecho por un convenio interinstitucional sino a través de una licitación de la Ley 80. Dejemos de lado los argumentos jurídicos que soportan el haber elegido el convenio sobre la licitación y aceptemos que esos convenios son ilegales. Lo grave del asunto es que la mayoría del Estado ejecuta con ellos gran parte de sus recursos; así se ha hecho pese a las advertencias de la Contraloría. Los convenios con entidades multilaterales han sido útiles y usuales. Si se está seleccionado a quién sancionar, habría una injusticia al tratar casos iguales de manera diferente. Más aun cuando por estos hechos se le da -con rebajas- al Viceministro una pena de 10 años (donde se habla de un peculado a favor de terceros, siendo el Iica el beneficiario), cuando a los Nule les dan 7 años y medio.
Y, a la hora de valorar los testimonios, contra los uribistas se aceptan testigos mentirosos y señalados así por muchos; en cambio cuando ese mismo tipo de personajes -hampones de notorio recorrido en la delincuencia- se refieren a miembros de otras ideologías la sana critica del testimonio los rechaza.

No entiendo

24 de enero de 2012 | COLUMNA | Por: FRANCISCO SANTOS  

Juan Manuel Santos jamás habría sido Presidente si no es por Álvaro Uribe. Lo hizo ministro de Defensa y lo defendió a capa y espada de acusaciones, que son ciertas…
Lo tenía todo servido en bandeja. Una economía boyante, una seguridad creciente, una herencia difícil de dilapidar. Solo era cuestión de manejar bien los hilos de la sucesión, de ir creando un espacio propio y de consolidar un proyecto político, económico y de país que, entre otras cosas, lo pusiera a la altura de su tío abuelo y la relación que tuvo con López Pumarejo.

Pero no quiso que fuera así. Se dedicó a codear, a destrozar lo del pasado con un síndrome de la creación agudo inexplicable, a denigrar de su propia herencia y a buscar su espacio no construyendo sobre lo construido sino en hombros de un cadáver que lo llevó a donde está hoy pero cometiendo uno de los peores delitos no solo del código penal, sino más grave aún, del código del honor: el parricidio.

Se trata del presidente Juan Manuel Santos y sus actuaciones en este año y cinco meses de gobierno. Podía con toda tranquilidad ir haciendo lo que hoy hace sin necesidad de acabar con el anterior gobierno, con sus colegas de gabinete y con su padre político, el expresidente Uribe, quien lo llevó a la Presidencia de la República.

Juan Manuel Santos jamás habría sido Presidente si no es por Álvaro Uribe. Lo hizo ministro de Defensa y lo defendió a capa y espada de acusaciones, que son ciertas, además, aunque la justicia lo haya absuelto, de querer tumbar a Samper para armar un gobierno de unidad y paz con paras y guerrilla. Es más, cuando su campaña naufragaba se la jugó por dejar un sucesor digno de la labor de transformación que se inició en el 2002 y que esperaba se consolidara con él.

Pero no fue así. Sí, Uribe hizo Presidente a Santos pero este último una vez electo dio la espalda a su antecesor e hizo todo lo contrario. Nombró a los enemigos políticos que él tanto criticó mientras estuvo en el gobierno Uribe, aprobó las leyes contra las que él se pronunció unos años atrás y emprendió una campaña de desprestigio muy bien articulada con unos sectores del poder judicial contra aquellos con los que se abrazó apenas unos años antes. Ah, y ¡oh! sorpresa, acaba de amigo íntimo de aquellos contra los que despotricó como columnista y como político durante años.

No sé si al país le gusta ese tipo de política. La del saltimbanqui, la deslealtad, la puñalada trapera y la traición. A mí no. Por eso acá sigo dando la pelea, y así sea el último en caer en batalla lo haré con la frente en alto, para defender el gobierno que rescató a Colombia de las fauces de la violencia, la indolencia, la desconfianza y la derrota colectiva.

Defenderé, sin dejar de admitir errores que cometimos, a capa y espada el gobierno de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social que hoy tiene a Colombia brillando en el continente y en el mundo.

Y nunca, nunca, podré entender cómo el actual Presidente se declara víctima del anterior cuando este fue el más generoso, el más leal y el más comprometido con Juan Manuel Santos.

¿Qué pasó? ¿La soberbia del poder? ¿El ego de no poder aceptar quedar en la sombra de un gobierno amado y admirado por gran parte de la nación? ¿Había que destruir la gestión anterior para tratar de brillar? ¿No había confianza en la luz propia? ¿Cuál es la razón de una deslealtad de semejante dimensión?

En unos años la historia dará el dictamen que esperamos confiados. Santos, por su parte, desperdició la gran oportunidad de reditar lo que esos grandes políticos de Colombia hicieron en las décadas del 30 y del 40 en beneficio de un país moderno. Y prefirió en cambio reditar y ser la herencia de dos fracasos rotundos como lo fueron Pastrana, el joven; y Samper, el del 8.000.

Sí, aún no lo entiendo.

Momento final. La última decisión

5 de agosto de 2011 | OPINIÓN | Por: JORGE MONROY
El presidente Santos no tiene el efecto teflón de la del presidente Uribe, y todas las encuestas independientes ya dan cuenta de ello. El fantasma de la inseguridad empieza inquietar la mente de los inversionistas, de los empresarios y de los ciudadanos, lo cual evidentemente implicara un costo político que se pagará con popularidad.