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Dic 10 de 1948
Peláez y Gardeazábal agosto 1 de 2018
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El eslabón perdido

Ignacio Londoño, abogado y político vallecaucano.
 El testigo clave del magnicidio de Álvaro Gómez habla en exclusiva con SEMANA. Durante las dos últimas semanas Ignacio Londoño ha estado en el ojo del huracán por cuenta de una declaración que entregó a fiscales colombianos en Estados Unidos el extraditado narcotraficante Hernando Gómez, alias 'Rasguño'. En su explosivo testimonio, que fue revelado por La FM, el ex capo del cartel del norte del Valle sorprendió con una inverosímil versión, según la cual el ex presidente Ernesto Samper y el ex ministro Horacio Serpa habrían estado vinculados con el magnicidio de Álvaro Gómez Hurtado en noviembre de 1995.
Según 'Rasguño', Londoño, abogado y político vallecaucano, fue el hombre encargado de llevar la razón a miembros de la mafia y a Carlos Castaño para cometer el crimen. Las declaraciones del capo de la mafia preso desataron un escándalo nacional y revivieron el tema del asesinato.

Declaraciones posteriores de un ex suboficial del Ejército condenado por homicidio y una grabación póstuma de un sicario, reveladas por La W, le echaron más leña al caso de Gómez Hurtado la semana pasada. Según el propio 'Rasguño', el hombre clave para aclarar todo es Londoño. Conocido en su natal Cartago como el 'Tigre', Londoño tiene un acervo de pruebas y testigos para desvirtuar las sindicaciones en su contra. Contrató como abogados al ex presidente de la Corte Álvaro Orlando Pérez y a su hijo, el abogado Álvaro Rolando Pérez. El que es considerado el eslabón perdido del escándalo del momento habló con SEMANA.

SEMANA: Usted ha sido llamado el eslabón perdido del magnicidio de Álvaro Gómez y hasta ahora no ha aparecido en ningún medio. ¿Quién es usted?

IGNACIO LONDOÑO: Yo soy hijo de Ignacio Londoño Uribe, el jefe político liberal del norte de Valle. Mi madre, Jesusita, ha sido alcaldesa de Cartago, representante a la Cámara y líder social. Y yo soy abogado, fui concejal de varios municipios del Valle, secretario de Servicios Administrativos y director departamental de Tránsito.

SEMANA: Pero el papel que se le atribuye a usted ahora es mucho más importante que los cargos que acaba de mencionar. Lo mencionan como amigo y cómplice de ‘Rasguño’ y la persona que llevó el mensaje de Samper y Serpa a Orlando Henao, el jefe del cartel del norte, para que asesinara a Álvaro Gómez

I.L.: Vamos por partes. No soy ni amigo, ni cómplice de 'Rasguño'. Políticamente él fue el gran enemigo de mi familia, pues nosotros éramos liberales y él era el verdadero poder detrás del conservatismo en el norte del Valle. Nos enfrentamos por la alcaldía de Cartago y lo derrotamos por siete votos. Mi padre nunca se le arrodilló. Eso es lo que estoy pagando en este momento.

SEMANA: ¿Entonces de dónde sale el cuento de su cercanía con 'Rasguño'?
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Historias que duelen


Por: Luis Guillermo Restrepo S.

Enero 31 de 2010


¿Cuánto daño le han hecho a Colombia el amancebamiento público y notorio de la política con los criminales y la ausencia de justicia? La respuesta se puede encontrar en los magnicidios que aquí se han cometido y en la forma en que los criminales se han transformado en fuentes de primera mano sobre el acontecer nacional.
Escuchar las entrevistas que realizó la W en esta semana, en especial el testimonio del ‘Zarco’, uno de los sicarios de ‘Rasguño’, da una idea de hasta donde se ha llegado en esa relación, realizada ante los ojos de todo el mundo y sin que hubiera un asomo de interés en impedirla. Allí se puede saber cómo se realizó la infiltración de la mafia en la campaña de Ernesto Samper y cómo se apoderó de la política en el norte del Valle, estigmatizando de paso a una región poblada por gente pacífica, trabajadora y decente.
También se puede conocer el diabólico juego de dirigentes y capos que contrataban a los mismos sicarios para matarse entre ellos. Y la manera en que jefecitos de Cartago se convirtieron en figuras prominentes que llevaban y traían plata o mensajes entre muchos de los grandes líderes nacionales y los mandamases de la delincuencia organizada, mientras devoraban el gobierno de esa ciudad. Así se fue construyendo el régimen que mandaba en épocas de Samper, aprovechando que el Presidente de la República era el personaje más débil de toda la Nación. Por eso da pena ver que Samper insista en mangonear el liberalismo como si él no fuera el causante directo de su ruina.
Confío en que Samper y Serpa no estén involucrados en el asesinato de Álvaro Gómez. Pero tengo claro que sus cuatro años en el Gobierno fueron una batalla suya y de los usufructuarios del poder por evitar su caída, mientras la incertidumbre se respiraba en las calles. Porque detrás de su elección estuvo la mafia, financiando su campaña y comprando dirigentes políticos. Como estuvo detrás de los asesinatos de Luis Carlos Galán o de la persecución contra la Unión Patriótica o del crimen contra Gómez Hurtado y Gerardo Bedoya Borrero.
Eso lo sabe todo el mundo. Las revelaciones de ‘Rasguño’ o las defensas del embajador Frechette ayudan a tener una idea de lo que ocurrió en esas épocas, cuando el Presidente sacrificó la tranquilidad de su país para no caerse. Es claro entonces que el golpe de Estado no lo iba a dar Álvaro Gómez: ya lo había dado la mafia al patrocinar a Samper y al permear las instituciones, como lo demostró el proceso 8.000. Infortunadamente, la justicia no pudo enfrentar al peor de los enemigos, en tanto el Gobierno se consumía en su afán de ser absuelto por la Cámara de Representantes.
Y el rumor, así como las informaciones de la prensa, reemplazaron al Estado en la tarea de encontrar la verdad y revelarla. Es lo que está ocurriendo hoy, quince años después. Y de nuevo, medios como la W están contando cómo se transformó la política en Cartago y en el norte del Valle. Cómo se consolidó un complejo y poderoso entramado que usa las alcaldías y los cargos públicos para legitimar despojos y fortunas mal habidas. Cómo se construyeron partidos cuyos votos no nacen de la convicción y el amor por un ideal, sino de la mezcla de miedo, plata y corrupción.