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Carácter frente a los sinuosos

6 de julio de 2012 |OPINIÓN| Por: PALOMA VALENCIA LASERNA

Uribe en un discurso elocuente repasó las prácticas de este gobierno que lo hacen incompatible con la ideología que lo eligió.
Fue un momento crucial donde quedó claro que desde este día en adelante una cosa es el uribismo, y otra muy distinta el santismo.
El sentido homenaje que le rindió la sociedad a Fernando Londoño no sólo celebró que esté vivo, sino que repudió al terrorismo y a los violentos.
Uribe en un discurso elocuente repasó las prácticas de este gobierno que lo hacen incompatible con la ideología que lo eligió. Precisó la diferencia entre la construcción de una buena imagen de Colombia porque la realidad se transforma y aquella que pretende el Gobierno de silenciar y acallar los problemas. Se quejó de que el Gobierno persista en defender la dictadura chavista, pese al daño que eso supone a los venezolanos y a los colombianos tan atormentados por el terrorismo que alcahuetea el vecino mandatario. Desconoció el argumento diplomático de que es mejor ser amigo de todo el mundo, recordando cómo el presidente Lleras rompió relaciones con el tirano Fidel Castro. Mostró la inmoralidad del argumento económico, que pretende comparar el valor del dinero con el de la vida y la libertad de los colombianos. Criticó la política pública de la demagogia, que remplaza las oportunidades con regalos. Se mostró insatisfecho con el tratamiento a los militares hoy procesados por una Justicia que no les otorga garantías y cuyo sentimiento de persecución da para que se acojan a sentencia anticipada, aún considerándose inocentes. Apuntó a la necesidad de consolidar la seguridad; no sólo con indicadores. Denunció que la disminución del homicidio se debe a los pactos macabros entre los violentos, que viven la paz porque se han dividido el control del territorio y las víctimas; el secuestro se transformó en extorsión; y el miedo se ha vuelto el compañero de tantos colombianos abandonados por el Estado. Y quieren que nos quedemos callados.
La elocuencia sin par de Londoño hizo un recorrido por la historia patria donde describió las diferentes épocas y evaluó cómo se ha tratado el terror. Resaltó el heroísmo de Valencia, ‘Presidente de la Paz’, que mostró que la paz es posible sin la humillación del Estado. El valor enérgico de Barco en su combate contra el narcotráfico. Exaltó todo cuanto el pueblo colombiano reconoce en el mandato de Uribe. Y señaló con firmeza la concupiscencia de los otros gobernantes.
Fue un momento crucial donde quedó claro que desde este día en adelante una cosa es el uribismo, y otra muy distinta el santismo. Algunos analistas políticos sostienen que esta división de la centroderecha dará lugar a que la izquierda se abra camino hacia el poder. Discrepo de esa tesis. El presidente Santos no puede catalogarse como del centro y menos aún de la centroderecha. Su gobierno tiene todos los elementos que identifican a la centroizquierda; optó por un Estado grande, aumentó la burocracia y el gasto estatal. Además tiene lenguaje agresivo y burlón contra los ricos, “los voy a hacer chillar”, “quiero ser recordado como un traidor a mi clase”. Comparte las políticas sociales del asistencialismo y la demagogia. Santos es un clásico gobernante del Partido Liberal, que ha sido, tradicionalmente la izquierda colombiana, inscrita desde hace mucho en la Internacional Socialista.
Así las cosas, ayer la centro derecha y el centro democrático abandonaron al presidente Santos. La preocupación será para el mandatario quien ahora sabe que la mayoría de los votos que lo eligieron, hoy no lo respaldan. Tendrá entonces que empezar a conquistar nuevos electores dentro de los sectores de izquierda; sus votos liberales deberán ser incrementados con votos del Polo y el Progresismo.
Publicado: Julio 7, 2012

Twitter: @PalomaValenciaL

El próximo paso

5 de julio de 2012 |OPINIÓN| Por: Rafael Guarín

La propuesta de unidad ciudadana contra el terrorismo es cada vez más importante. No como bandera partidista, sino como espacio de convergencia de los más diversos sectores para enfrentar el crimen.
Cuando los ciudadanos no se doblegan el terrorismo pierde eficacia coercitiva y por tanto se torna inútil.
En medio de la creciente polarización se anunció la presentación del Frente de Unidad en contra de los Terroristas. No se trata de un hecho aislado sino de un componente muy importante que marcará el debate político en el tiempo por venir, cuando de seguridad y paz se trate. El gobierno, por su parte, se queja de que no cuenta con el apoyo de todos los sectores políticos ante la andanada de las FARC y que las criticas ayudan al terrorismo. Algunas de sus declaraciones ponen en el lugar de los malos no a quienes detonan las bombas sino a quienes reclaman que eso no suceda.

El último informe de logros de la Política de Seguridad emitido por el Ministerio de Defensa registra avances en diferentes áreas pero también el desafío de los grupos terroristas. Comparados los primeros 4 meses de 2011 con 2012 el aumento de las acciones criminales es preocupante: los actos de terrorismo aumentaron 66%, la voladura de oleoductos 185%, la voladura de vías 36%, ataques a instalaciones militares 75%, hostigamientos 63%, emboscadas 67%, retenes ilegales 100%, en total las acciones de grupos armados al margen de la ley se incrementaron en 57%.

La respuesta del Estado es contradictoria a la luz de la estrategia contrainsurgente. En lo militar se articula en el Plan Espada de Honor que aunque parece bien enfocado es muy temprano para evaluar seriamente sus resultados, mientras que en el plano político el gobierno ha retrocedido brutalmente. No sólo reconoce legitimidad política a las FARC sino que al reformar la Constitución con el Marco Jurídico para la Paz validó el crimen de lesa humanidad como medio de acción política para destruir la misma Constitución.

En ese contexto, la propuesta de unidad ciudadana contra el terrorismo es cada vez más importante. No como bandera partidista, sino como espacio de convergencia de los más diversos sectores para enfrentar el crimen.

Su importancia desde la perspectiva de la lucha contra las organizaciones violentas se puede resumir en los siguientes diez puntos:

1. La unidad ciudadana contra el terrorismo es una actitud de rebeldía que destruye el miedo con el cual quieren los violentos someter a la sociedad. Cuando los ciudadanos no se doblegan el terrorismo pierde eficacia coercitiva y por tanto se torna inútil, lo cual, en una situación como la colombiana contribuye a que las FARC y el ELN decidan abandonar la violencia.
2. La unidad contra el terrorismo fortalece el Estado de derecho al rechazar la impunidad a crímenes atroces, sean de las FARC, el ELN o las AUC. Esta repercute también en que no se acepte para las Bacrim o respecto a delincuentes insertados en la fuerza pública. Solo una fuerza ciudadana consciente y dispuesta a hacerse escuchar puede evitar que los criminales sean premiados con impunidad, así sea acudiendo a la Corte Penal Internacional.

3. Sirve para negar cualquier atisbo de legitimidad al terrorismo como actor político y es decisiva para aislar políticamente a las FARC y al ELN. La presión militar no basta para desarticular estos grupos. Se requiere que la sociedad se mueva activamente para golpearlos en todos sus flancos, al mismo tiempo y con la mayor contundencia posible. Con las armas de la Constitución se deben enfrentar la narrativa violenta y la penetración que con propaganda y manipulación los terroristas buscan siempre desplegar en la sociedad, para ganar legitimidad y deslegitimar las instituciones democráticas.

4. Contribuye a mantener la voluntad de lucha del Estado contra las guerrillas, las Bacrim y el delito, la cual depende de la voluntad popular. Somos los ciudadanos quienes elegimos y apoyamos gobiernos firmes contra el crimen o quienes admitimos a los que prefieren claudicar ante la violencia.

5. Mantiene y aviva el apoyo a la Fuerzas Militares y de Policía, al tiempo que les exige transparencia para preservar su legitimidad. Al igual, potencia el justo reclamo de eficaces garantías jurídicas para el cumplimiento de la actividad de los integrantes de la fuerza pública. La lucha contra el terrorismo requiere el concurso activo de los ciudadanos, un Estado fuerte, un gobierno sin vacilaciones y una fuerza pública eficaz, eficiente y respetuosa de los derechos humanos.

6. Controvierte la apología al terrorismo, la ambigüedad en la condena al crimen, la comprensión de la violencia, el altruismo como justificación y la tolerancia con los violentos.

7. La movilización ciudadana se convierte en un eficaz muro de contención frente a las tentaciones de los gobiernos de ceder ante el terrorismo y de adoptar discursos comprensivos de la violencia de las FARC y el ELN. En otras palabras, evita que se repitan fracasados capítulos como los procesos de paz de Belisario Betancur y Andrés Pastrana que fueron utilizados por las FARC como táctica en el marco de su estrategia de guerra. Sin duda, es útil para evitar que el país siga retrocediendo en materia de seguridad.

8. Frena el apaciguamiento y rechaza la política de debilidad que cambia la decisión de derrotar a las guerrillas por negociar la Constitución y la garantía de impunidad a los crímenes atroces. La unidad ciudadana permitirá en su momento fortalecer la justicia e impulsar una legislación fuerte para combatir el terrorismo.

9. Exige al gobierno transparencia en la lucha contra el terrorismo y repudia discursos que con interés político tapan o hacen invisibles los crímenes, como sucede con los 13 niños secuestrados en Putumayo hace varias semanas o con la insistente negación de que las FARC estaba detrás de los atentados terroristas en Bogotá. La unidad posibilitará constituir una fuerza ciudadana vigilante y capaz de exigir responsabilidad al Gobierno de turno y a la justicia en la lucha contra el terrorismo.

10. Sirve a la construcción de un Estado fuerte basado en la legitimidad democrática y la legalidad, al igual que a la consecución de una paz justa que respete los derechos de las víctimas, no beneficie con impunidad a los criminales y no permita la repetición de atrocidades.

A diferencia de algunos de los que agitan la consigna del diálogo con el fin de romper la cohesión social contra el terrorismo y reconocer legitimidad a las FARC y el ELN, la unidad de los ciudadanos contra el terrorismo se propone cohesionar, no dividir. Por este motivo no puede ser bandera de un solo sector político o social, sino que debe congregar con espíritu pluralista la mayor diversidad posible, siempre que coincida en la defensa de la Constitución de 1991 y en la firmeza contra los violentos.

En esa medida, la unidad contra el terrorismo debe promover consensos, lo cual excluye el sectarismo, el extremismo y a los recalcitrantes. Negar cualquier tipo de avance o de acierto del Gobierno o solo ver los crímenes de las guerrillas y no los que cometió las AUC o los abusos algunas veces efectuados por miembros de la fuerza pública, no contribuye a una verdadera Política de Firmeza que no debe discriminar entre quienes violan la ley. La firmeza contra el terrorismo no requiere de extremismos sino de severidad en aplicación de la Constitución.

El gobierno dio un paso fatal al legitimar el crimen como medio de acción política contra la Constitución al promover y aprobar el Marco Jurídico para la Paz, con lo cual se descalificó para ser el líder natural de la movilización permanente contra el terrorismo. No obstante, el Gobierno debería estar dispuesto a corregir lo hecho y sumarse a la unión contra el terrorismo.
Publicado: Julio 6, 2012

Twitter: @RafaGuarin

Fernando Londoño y Álvaro Uribe

3 de julio de 2012 |Zona franca| Por: JOSÉ OBDULIO GAVIRIA

Son los doctrinantes de la defensa del Estado y de la sociedad contra los terroristas. Su cuota de sacrificio personal es inconmensurable.
Uribe y Londoño son los doctrinantes de la defensa del Estado y de la sociedad contra los terroristas.
Infiel a la norma de que un columnista responsable debe dejar libres las horas anteriores a la entrega de su texto al periódico, por si la coyuntura exige cambios, programé para ayer un vuelo madrugador.
Estando en Eldorado vi en EL TIEMPO un titular humilde y autocrítico:
'Nos hemos equivocado y habrá rectificaciones.' Eran palabras de Santos. ¡Qué bueno!, me dije, va a corregir el rumbo, regresará a la plataforma política que lo eligió. ¡Nada! ¡Correcciones no hubo! Como la vaca en el pantano, Santos se puso a 'chapaliar' y más se atolló.
Por eso tuve que cambiar a las volandas la columna. Había que escribir sobre el reportaje. No sobre el conjunto (que harta tela tiene para cortar), sino, por lo menos, sobre un punto, el homenaje que haremos mañana a Fernando Londoño. Resulta que Santos califica el evento como "juego y eco al terrorismo".
Uribe y Londoño son los doctrinantes de la defensa del Estado y de la sociedad contra los terroristas. Su cuota de sacrificio personal es inconmensurable. ¿Cómo, entonces, dicho homenaje podría ser tal "juego y eco"? No vale la pena replicar tamaño desatino. Pero sí es obligatorio ilustrar sobre lo que será fundamental en el homenaje: el llamado a la unidad nacional, sin distingos de ideología, contra los terroristas.
Santos fue elegido para mantener el rumbo de la Seguridad Democrática, pero, al primer timonazo, hizo un viraje en U y hoy vemos, con asombro, que Colombia navega a toda vela hacia el abismo en que estábamos en el 2002. ¿Qué indujo a Santos a calificar el homenaje como un evento terrorista? Creo que es su quimera de negociación, que lo impulsa a maltratar a quienes expresen dudas o escepticismo sobre la conveniencia de discutir temas políticos con 'Timochenko'.
El Manifiesto de unidad contra los terroristas es simple, indiscutible. Recoge la experiencia española, país en donde la unidad de la democracia, fuese cual fuese su color, aisló y excluyó a los terroristas del escenario político. Veamos algunas de las declaraciones:
"Los terroristas son el enemigo común de todas las sociedades.
'Terrorista' no es palabra abstracta. Los terroristas son personas concretas, miembros de organizaciones con nombre propio, que ejercen la fuerza criminal para imponer sus ideas (...).
No puede llamarnos a engaño que los terroristas propongan los temas sociales (...) como "las causas objetivas" que los obliga a ejercer la violencia. Los terroristas no son un síntoma de los males de la sociedad, son el mal en sí (...), no existen como consecuencia de que la sociedad tenga problemas, ellos son el principal problema de la sociedad (...).
Los terroristas no son de izquierda ni de derecha, ni obran por "propósitos altruistas". Sus ideas no son un programa político; son una despreciable excusa para justificar asesinatos, secuestros, tráfico de drogas y destrucción de bienes de la comunidad.
(...) Predicar una política de apaciguamiento (...) es evadir las obligaciones constitucionales que ordenan al Estado ejercer con firmeza el monopolio de la fuerza.
Los terroristas son delincuentes; no delincuentes políticos. El verdadero marco jurídico para la paz es el respeto de la Constitución.
(...) Por haber cometido crímenes, se autoexcluyeron del derecho a ser elegidos (...). Las décadas de "lucha" que reclaman (...) como "un patrimonio político que no se puede perder" son, al contrario, un pasivo, un agravante en su prontuario criminal.
Colombia ni quiere ni debe discutir con los terroristas un programa de reivindicaciones sociales. Con ellos no puede haber diálogo político, sino acuerdos de desmovilización (...).
Esa es la doctrina que Santos ha calificado como "juego y eco a los terroristas".
Publicado: Julio 4, 2012

Twitter: @JOSEOBDULIO

REFORMA: DE LA GOBERNABILIDAD A LA DESCONFIANZA POPULAR

23 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: ÁLVARO URIBE VÉLEZ

La independencia entre las ramas del poder público no debe ser remplazada por hostilidad en las relaciones pero tampoco por acuerdos de favorecimiento mutuo.
A los congresistas no solamente les reconocen el derecho a la doble instancia, también les quitan varias inhabilidades.
En términos generales, la justicia colombiana ha sido respetable, muchos jueces y fiscales han actuado patrióticamente asumiendo todos los riesgos en la lucha contra el narcoterrorismo, los casos de politización, aunque no pocos y graves, no han constituido la regla, y hemos tenido, podría decirse, una justicia relativamente independiente.

Sin embargo, una molestia grave de la opinión pública es la demora y lentitud de la justicia, que también afecta la competitividad del país, tal como lo acreditan los indicadores internacionales.

No puedo oponerme a que se elimine el Consejo de la Judicatura, hijo de la peligrosa expansión burocrática de 1991. Suprimirlo propuso nuestro Gobierno en aquel referendo de 2003, pero se necesita claridad sobre quién administra el presupuesto del sector, quién investiga a los jueces y quién convoca el concurso de aspirantes a magistrados para evitar la manipulación personalista.

Que abogados y notarios asuman muchas competencias de los jueces es una vieja idea, que ha tenido iniciales desarrollos, por ejemplo para sucesiones con acuerdo entre herederos.

No obstante, hay voces del Consejo de Estado que se oponen a ampliar este camino, con el argumento que da más garantías a la comunidad alguien como el juez, miembro de la institución.

Agregan que ahora que la seguridad democrática permite que haya jueces en todo el territorio, no se puede correr el riesgo de remplazarlos por abogados, que podrían carecer de suficientes competencias morales y profesionales.

En cuanto a costos, esgrimen que no hay diferencias.

Que los magistrados no salgan de las cortes a hacer política con los fallos que impulsaron, es una necesidad.

Es desastroso que un fallo esté alimentado por una aspiración política futura del magistrado a cargo del tema. Por eso muchos defienden la tesis de extender el período y la edad de retiro de los magistrados.

Que los congresistas tengan doble instancia, es un principio universal.

Hasta aquí no parecería existir problema.

Las dificultades aparecen cuando hace presencia el fantasma de lo turbio. A los congresistas no solamente les reconocen el derecho a la doble instancia, también les quitan varias inhabilidades.

La pérdida de investidura es reemplazada por una escala de sanciones que la dejan casi sin importancia, ignorando que el servidor público tiene deberes mayores que los demás ciudadanos.

Y a manera de prebenda política, a los magistrados actuales, muchos próximos a concluir su término, les aplican la extensión del período -bien diferente que reelección por voto popular y ley de garantías-.

La independencia entre las ramas del poder público no debe ser remplazada por hostilidad en las relaciones pero tampoco por acuerdos de favorecimiento mutuo.

Esto último hace perder el apoyo popular a la gobernabilidad, entendida esta como la capacidad efectiva del Jefe del Estado de convertir sus proyectos en realidades.
Publicado: Junio 23, 2012

Twitter: @AlvaroUribeVel

Expresidente Uribe insiste que marco para la paz disfraza amnistía

3 de junio de 2012 |Actualidad| Por: COLPRENSA, BOGOTÁ
Expresidente Uribe insiste que marco para la paz disfraza amnistía
(Foto: Afp/ VANGUARDIA LIBERAL)
En prólogo del libro “Paz justa” del exviceministro Rafael Guarín, el exjefe del Estado detalla por qué esta reforma constitucional no contribuirá a la paz, tal y como está propuesta.
Es necesario buscar siempre el equilibrio entre la justicia y la paz; paz sin impunidad y justicia sin negación de paz y con esfuerzos de reparación.
El distanciamiento que tiene el expresidente de la República, Álvaro Uribe, con algunos sectores políticos cercanos a él por la propuesta de la reforma constitucional del marco legal para la paz, volvió a quedar latente este domingo en un prólogo que escribió sobre el alcance de esa futura norma legislativa.

Así lo señala Uribe Vélez al prologar el libro del exviceministro de la Defensa, Rafael Guarín, titulado “Paz justa”, el cual precisamente será lanzado este lunes, el mismo día en que la Comisión I del Senado espera votar en séptimo debate esta reforma, en la cual se han incluida una pocas recomendaciones que hizo Uribe frente a la misma.

Guarín escribió este libro con el patrocinio de la Fundación Konrand Adenauer y de la Corporación Pensamiento Siglo XXI, en donde expone una serie de argumentos desde diferentes perspectivas que comprenden los derechos de las víctimas, la garantía de no repetición de crímenes de lesa humanidad y de guerra, la concordancia con el derecho internacional y el impacto en la seguridad, en la estrategia contrainsurgente y en la consecución de la paz.

En el prólogo del libro, que es revelado en exclusiva por COLPRENSA, el Primer Mandatario dice que “el Marco Jurídico para la Paz, disfraza amnistías para delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra”, que por su naturaleza no prescriben.

Uribe estima además que la reforma “engendra” el riesgo de permitir elegibilidad política a responsables de delitos de lesa humanidad y a crímenes graves contra el Derecho Internacional Humanitario.

Para el estadista lo más preocupante es que el Gobierno insiste en permitir la elegibilidad en casos de delitos políticos o conexos, “se sabe que la conexidad ha llegado a extenderse al delito atroz”.

El siguiente es el texto del prólogo del libro “Paz justa” en donde el expresidente Uribe detalla todos sus planteamiento al por qué no debe aprobarse esta enmienda constitucional.

MARCO JURÍDICO PARA EL TERRORISMO ÁLVARO URIBE VÉLEZ
Enhorabuena la Corporación Pensamiento Siglo XXI y la Fundación Konrad Adenauer publican este corto, pero enjundioso texto del profesor Rafael Guarín, experto en seguridad y estado de derecho, además de exviceministro de Defensa del Gobierno del Presidente Juan Manuel Santos. Estas páginas son un llamado a los colombianos y a la comunidad internacional, para que sin sesgos ideológicos o partidistas, hagamos una reflexión sobre el Marco Jurídico para la Paz.

Me permito compartir algunas observaciones iniciales para contribuir al debate democrático de este proyecto, que impulsa actualmente el gobierno, y que tiene tantas implicaciones para el presente y el futuro de la Patria.

Escribo como ciudadano que siempre ha creído en el Estado de Derecho y el cumplimiento de la Ley, y que está comprometido con la paz del país. Con ese presupuesto formulé la Política de Seguridad Democrática que buscó, ante todo, restablecer el imperio de la ley, garantizar el respeto por los derechos humanos y permitir la gobernabilidad democrática en todos los municipios de Colombia que por años estuvieron sometidos al terror de las organizaciones criminales.

Si bien la Política de Seguridad Democrática impulsó y fortaleció las capacidades de nuestra Fuerza Pública, así mismo, permitió y extendió oportunidades para la desmovilización y el sometimiento a la justicia, de aquellos miembros de grupos armados ilegales que decidieron dejar las armas y la violencia, para reintegrarse a la sociedad. Pero nunca renunciamos a la aplicación de la ley.

Como lo expusimos cuando promovimos la Ley de Justicia y Paz (Ley 975 de 2005), es necesario buscar siempre el equilibrio entre la justicia y la paz; paz sin impunidad y justicia sin negación de paz y con esfuerzos de reparación.

Nosotros incorporamos por primera vez los conceptos de justicia y de reparación de víctimas en un proceso de paz en Colombia. Esto contrasta con los procesos de paz anteriores, como los del Movimiento 19 de abril- M19, el Movimiento Armado Quintín Lame, el Partido Revolucionario de los Trabajadores- PRT, la Corriente de Renovación Socialista- CRS y el Ejército Popular de Liberación- EPL, al igual que con los que se han adelantado en otras partes del mundo en los que perdón y olvido han constituido la base de los acuerdos.

El debate democrático en el Congreso y la academia, las observaciones de las organizaciones no gubernamentales, los análisis de diversos expertos nacionales e internacionales y los propios basamentos conceptuales de la Seguridad Democrática, nos indicaron que el camino no era la impunidad y que si bien se requería un marco normativo sui generis, en ningún caso este podría conculcar los derechos y garantías de las víctimas, tampoco convertirse en un estímulo para el mantenimiento o surgimiento de otras organizaciones delincuenciales que buscaran con violencia beneficios jurídicos.

Nuestra política, conforme a los pronunciamientos de la Corte Constitucional, prohibió el indulto y la amnistía para delitos atroces, un asunto que en el derecho internacional está de esa forma dictaminado. Estableció sentencias reducidas de pena privativa de la libertad en comparación con las ordinarias consagradas en el Código Penal, pero en todo caso consistentes en prisión. Fijó que quien hubiese sido condenado por un delito diferente a delito político o a homicidio culposo, no podía ir al Congreso, y respetó la extradición.

En ese entonces muchos de los críticos encontraban la Ley de Justicia y Paz demasiado benigna con los integrantes de las autodefensas ilegales, pero, injustificadamente, demasiado severa con las guerrillas. Bases guerrilleras que se desmovilizaron la aceptaron, pero los dirigentes guerrilleros no, porque siempre han aspirado a indulto y amnistía para delitos atroces, negándose a pagar un solo día de cárcel, y quisieran que se cambiara la Constitución para poder ser elegidos al Congreso no obstante ser responsables de estos delitos.

La Ley de Justicia y Paz también exigió verdad, entrega de los bienes mal habidos y compromiso firme de no perseverar en las actividades delictivas. Quien se desmovilizaba debía confesar los delitos cometidos y si los ocultaba intencionalmente, perdía los beneficios. Adicionalmente, se confiscaba toda su riqueza ilícita para hacer parte de un patrimonio de resarcimiento a las víctimas, y no sólo estaban sometidos a esta norma, sino a la ley general de extinción de dominio.

El incumplimiento de cualquiera de todas las exigencias de la ley, los dejaba por fuera del proceso, tal como ocurrió con los catorce jefes paramilitares extraditados a Estados Unidos.

Otros elementos que valen la pena señalar son el arduo y extenso debate que surtió dentro y fuera del país la Ley de Justicia y Paz, al igual que el sometimiento a examen por parte de la Corte Constitucional.

Esto es importante, porque los Convenios de Ginebra que regulan el Derecho Internacional Humanitario (DIH) y el Tratado de Roma que creó la Corte Penal Internacional, han sido incorporados a nuestra normatividad por medio de leyes, formando parte del llamado “bloque de constitucionalidad”; de allí que el país no puede aprobar disposiciones internas que contraríen, desvirtúen o malinterpreten el contenido de aquellos instrumentos del derecho internacional.

Con el Marco Jurídico para la Paz ha sido distinto. Su trámite veloz lo ha dejado casi sin el debate público que una decisión de ese alcance requiere en la democracia. Quienes frente a la Ley de Justicia y Paz criticaban las bajas penas entre cinco y ocho años de cárcel, ahora callan cuando se propone un acto legislativo que permitiría, de no reformarse, a criminales de lesa humanidad, no ser investigados ni juzgados por la justicia penal al quedar por fuera de la selección de los casos “más notorios”. Además, como está el proyecto, autoriza una suspensión total de la pena que en sus efectos sería igual a amnistía o indulto, que están proscritos frente a los delitos de lesa humanidad.

Los defensores de la iniciativa han manifestado que ésta no permite impunidad, pero no le dicen a los colombianos y a la comunidad internacional, que el Marco Jurídico permitiría que autores de graves atrocidades no cumplan penas de cárcel sino que realicen trabajo comunitario o que les es suficiente con pedir perdón públicamente. Si bien en la justicia transicional se permite la reducción de la pena privativa de la libertad y aun la excarcelación, aquello que más preocupa, es que al quedarse por fuera de investigación autores de delitos graves, se despoja en la práctica a las víctimas del derecho efectivo de reparación.

El Marco Jurídico para la Paz, al disfrazar amnistías para delitos de lesa humanidad o crímenes de guerra, que por su naturaleza no prescriben, transgrede prohibiciones del Estatuto de Roma -Ley 742 de 2002-; de la Convención en Contra de la Tortura -Ley 70 de 1986-; de las Convenciones de Ginebra de 1949 -Ley 5 de 1960-; la Convención sobre la imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de los crímenes de lesa humanidad[1][1], la Resolución 3074 (XXVIII) de la Asamblea General de Naciones Unidas del 3 de diciembre de 1973[2][2] , los Principios Generales aprobados por la Comisión de Derechos Humanos en su 61 sesión de Naciones Unidas (8 de febrero de 2005); el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y la Convención Americana sobre Derechos Humanos.

Se ha dicho que el Derecho Internacional Humanitario reconoce que al final de las hostilidades se deben conceder las amnistías más amplias posibles. Eso es cierto, pero al interpretarlo no se puede pretender que el Protocolo II desconozca el núcleo esencial de los derechos humanos y el conjunto de normas que conforman el derecho internacional destinadas a protegerlos. Las amnistías más amplias implican el reconocimiento de que estas tienen un límite, que no es otro que, no se pueden conceder a los crímenes de lesa humanidad y de guerra.

El proyecto engendra el riesgo de permitir elegibilidad política a responsables de delitos de lesa humanidad y a crímenes graves contra el Derecho Internacional Humanitario. Algunos de los ponentes han querido incluir la norma que expresamente prohíba la elegibilidad política de quienes estén incursos en estos delitos. Esta propuesta se convierte en un privilegio frente a la norma general de la Constitución que frente a delitos solamente permite la elegibilidad en casos de delitos políticos u homicidio culposo, y aquí quedaría una franja amplia de delitos con elegibilidad. Pero es más grave la insistencia del Gobierno en permitir la elegibilidad a casos de delitos políticos o conexos. Se sabe que la conexidad ha llegado a extenderse al delito atroz.

No me opongo a un Marco Jurídico que sirva para promover la desarticulación de las FARC y el ELN, facilitando la desmovilización de sus integrantes. Toda iniciativa dirigida a ese propósito contribuye a la seguridad y la paz. Lo que considero inconveniente para la paz, la seguridad y los derechos de las víctimas, además de contrario al derecho internacional, es que se permita impunidad y se otorguen derechos políticos a quienes hayan participado en el diseño y ejecución de crímenes atroces -de lesa humanidad y de guerra-.

Tiene razón Rafael Guarín al señalar que el Marco Jurídico para la Paz “garantiza impunidad. No se investigará ni sancionará penalmente a integrantes de las FARC, el ELN, las AUC y a agentes del Estado, respecto a crímenes pasados, presentes y futuros, con lo que se contribuye a crear un ambiente favorable a la impunidad que se traducirá en más crímenes”. Ese no es el camino a la paz mostrado por la Política de Seguridad Democrática, es el sendero a la extensión de la violencia y un mensaje que legitima su empleo contra la democracia colombiana.

Quiero reiterar lo que he dicho muchas veces: los gobiernos democráticos no pueden tener tratos con grupos dedicados a acciones terroristas y por eso es necesario el cese de toda actividad criminal. Hasta que esas organizaciones detengan definitivamente los crímenes y renuncien irrevocablemente a la violencia, la única opción que queda es combatirlas con toda la legitimidad del Estado de Derecho y con toda la fuerza del poder coercitivo con que cuenta el aparato estatal.

He insistido y lo repito: la misión del Estado constitucional es desarticular los grupos armados al margen de la ley. ¿Negociar qué con el terrorismo en una democracia? ¿Conceder qué en una democracia legítima como la colombiana a quienes quieren destruir la Constitución cometiendo crímenes atroces? Desarticular esas estructuras criminales implica ejercicio severo y legítimo de la autoridad, reinserción generosa, sin impunidad, y política social para evitar nuevos enrolamientos en esas organizaciones delincuenciales.

De ninguna manera es conveniente obligar al Estado, por mandato constitucional, a negociar con los grupos terroristas. Es una renuncia a doblegar la voluntad de acción de las guerrillas y una inadmisible aceptación de la imposibilidad de garantizar la seguridad y el final de la violencia a través del imperio de la ley. No es ni más ni menos que ceder en la Constitución el deber de garantizar justicia y seguridad a cambio de una expectativa de paz, en un momento en el cual esos grupos escalan los atentados criminales contra la población y la Fuerza Pública.

Cuando el Estado se muestra débil e incapaz, el terrorismo arrecia. El mismo día que la plenaria de la Cámara de Representantes se disponía a votar el Marco Jurídico para la Paz, se consiguió evitar la detonación de un carro bomba, pero no así con una bomba que explotó y causó múltiples heridos y muertos en Bogotá en un demencial atentado contra el ex ministro y consagrado periodista Fernando Londoño Hoyos. Los mensajes de apaciguamiento del Gobierno estos grupos los reciben como triunfo de sus planes, nunca como ánimo de reconciliación. Las iniciativas legislativas que ablandan el Estado de Derecho en aras de la paz, las interpretan como abandono de la voluntad gubernamental de combatirlos. El resultado no puede ser peor: no alcanzamos la paz y sí se recrudece la violencia contra los colombianos.

Las estadísticas que cita el ex viceministro Guarín acreditan el escalamiento de las acciones de FARC: “Los registros oficiales señalan el aumento dramático de la criminalidad comparando enero y febrero de 2011 y el mismo periodo de 2012. En ese lapso aumentaron en 104% los actos de terrorismo, 633% la voladura de oleoductos, 140% los actos de terrorismo contra infraestructura, 283% los hostigamientos, 50% las emboscadas y 300% los retenes ilegales. En síntesis, según las estadísticas públicas del Ministerio de Defensa las Acciones de Grupos Armados al Margen de la Ley aumentaron 280% cotejando enero- febrero de 2011 con los mismos meses de 2012[3][3]”. La respuesta de las FARC al discurso de apaciguamiento es clara: más terrorismo.

Sin duda, el marco conceptual en que se erige el proyecto de acto legislativo impulsado por el Presidente Santos contradice de principio a fin la Política de Seguridad Democrática. Esa línea de respuesta al crimen no es simplemente el despliegue de recursos militares y de policía para combatir a los grupos irregulares, sino una visión de cómo garantizar los derechos de los ciudadanos en la democracia y de cómo alcanzar la paz. Las lecciones de los últimos treinta años respecto de la forma de proceder del narcoterrorismo deberían enseñarnos que no es debilitando al Estado, sino con el ejercicio legítimo y severo de la autoridad. El Marco jurídico para la paz al garantizar impunidad a criminales de lesa humanidad aborrece esto y nos devuelve a épocas aciagas en las que los discursos comprensivos y justificatorios del crimen marcaban la pauta.

Si se insiste equivocadamente en la reforma, es indispensable que se modifique y se consigne de forma nítida en el texto que autores de delitos atroces, independientemente si son los máximos o menos responsables, no pueden ser objeto en ningún caso de beneficios como la renuncia a la persecución penal. También que quede claro que en ningún caso autores de delitos distintos a los políticos u homicidios culposos, pueden ser elegibles a cargos originados en el sufragio ciudadano.

Respetuosamente sugerimos como proposiciones en el marco de la discusión del texto del Marco Jurídico para la Paz las siguientes: Eliminar el texto que autoriza un tratamiento diferenciado a quienes hayan participado en las hostilidades.

Adicionar: “Los responsables de violaciones a los derechos humanos y de graves violaciones al derecho internacional humanitario, de acuerdo con la ley, podrán beneficiarse de subrogados penales como la excarcelación, pero siempre deberán ser investigados y no recibirán beneficios de cesación de la acción penal, amnistía, indulto o equivalentes”.

Adicionar: “No podrán ser elegidos ni nombrados para cargos del Estado quienes se desmovilicen y hubieran cometidos delitos diferentes al delito político o al homicidios culposo”.

Finalmente, algunos críticos decían que la Ley de Justicia y Paz mantenía la posibilidad de que las organizaciones terroristas existieran. Lo dije entonces y lo digo ahora, frente a la iniciativa normativa que analiza este libro, no hay ley que garantice, per sé, que las organizaciones terroristas no se reproduzcan. Lo único que garantiza que no se multipliquen, es una política continuada de seguridad.
Publicado: Junio 03, 2012

Santos somete al Congreso al látigo burocrático: Uribe

14 de mayo de 2012 | ENTREVISTA |Por: ANA MERCEDES GÓMEZ M.

Hay que tener una gran decisión para ejecutar lo que propusieron en campaña, y es ahí donde tengo inmensas preocupaciones con el gobierno Santos. No sé qué orientación ideológica tiene este gobierno. Lo que sí sé es que en muchos aspectos le propusieron al país algo, y están haciendo todo lo contrario.
El expresidente Álvaro Uribe dice que la U debe recuperar su poder de debate y no caer en las componendas. "La Canciller le dio munición a Nicaragua".
El expresidente Álvaro Uribe había terminado una agitada mañana de bicicleta, su otro caballito, pero de acero. Fue el lunes pasado (antes de las declaraciones de Mancuso). Estaba impecablemente vestido, pero calzado con unas cómodas zapatillas de descanso, pegado a su computador y leyendo varios documentos sobre economía. Tenía abierto el chat y le contestaba al diario La República algunas preguntas sobre los alcances de la reforma tributaria.

Se veía renovado, pero igual de crítico con los acontecimientos del país, de su Partido de la U, y del entorno internacional. Nos habló de todo.

¿Usted estaría dispuesto a conformar un nuevo partido a través de la recolección de firmas, dada la división del Partido de la U?
"Siempre he pensado que la política tiene que ser suprapartidista y buscar identidad alrededor de visiones de país. Con esa misma idea se creó el Partido de la U, que tiene que ser un partido más de opinión que de componendas. Preocupa que por vivir en la pequeña componenda y por caer en las redes del látigo burocrático del Gobierno, el Partido se desconecte de la opinión. La U tiene que ser una colectividad del puro centro democrático. Eso significa un gran equilibrio entre la seguridad, la inversión y la política social. Tiene que ser un partido que abogue por un Estado en donde la mayor influencia y determinación sea el contacto con la ciudadanía, un gran ejercicio de democracia participativa".

¿Cuál es la diferencia entre lo que Usted llama "puro centro democrático" y lo que el presidente Santos denomina la "tercera vía"?
"No lo sabría. Yo no puedo decir hoy que tengo una propuesta ideológica de este gobierno de la "tercera vía" para compararla con los hechos. Los hechos que yo tengo son para comparar lo que el presidente Santos propuso en la campaña y lo que está haciendo. Algunos opinadores y periodistas dicen que están felices "porque Santos está haciendo todo lo contrario a lo que propuso en campaña, porque era necesario. Algunos hechos obligan a hacer cambios, pero hay que ser consecuentes. Hay que tener una gran decisión para ejecutar lo que propusieron en campaña, y es ahí donde tengo inmensas preocupaciones con el gobierno Santos. No sé qué orientación ideológica tiene este gobierno. Lo que sí sé es que en muchos aspectos le propusieron al país algo, y están haciendo todo lo contrario. Este gobierno ha burocratizado la política social. Propusieron hacer un millón de viviendas y ahora nos salieron con que serán 100 mil. Queda el sabor de que este gobierno reacciona más por las encuestas, que por convicción. Tener convicción, en muchos casos, obliga a ir en contra de las encuestas.

Por ejemplo, salieron a tapar el derroche de la Cumbre de Cartagena con la promesa de las 100 mil viviendas. Eso no es bueno para la democracia. Miren lo que está pasando en Venezuela. No es bueno que le entreguen a un candidato a la Presidencia, como es el ministro Vargas Lleras, un cheque de 100 mil viviendas gratis para hacer su campaña".

¿Qué viene?
"A mí me toca seguir defendiendo estas ideas. Exponerlas en los foros que el Partido de la U ha anunciado como su Convención Ideológica. He dicho que mis críticas al gobierno Santos no pretenden interferir las relaciones del Partido con él. Yo sí quisiera que la U abriera espacios a la discusión de estas tesis, porque es muy grave que a las colectividades que están representadas en el Congreso las sometan al látigo burocrático: "Votan en esta dirección o les quito los puestos. Votan en este sentido o no cuenten con los apoyos del Gobierno". Se ha perdido el espacio de deliberación. Yo seguiré luchando por estas ideas y, por supuesto, teniendo en cuenta que por encima de los partidos está el interés general de la nación, sin perder de vista que las colectividades se necesitan y que es necesaria la integración entre movimientos que tengan similitudes en la visión de país".

¿Qué significa defender esas ideas. Una oposición constructiva?
"En alguna forma, he venido en la tarea de proponer unos apuntes críticos. En esa materia de una oposición, dividiría mi posición en dos capítulos: Tengo unas tristezas frente al Gobierno, que las manejo allá, en lo más íntimo de mi ser; y tengo muchas preocupaciones de país, que son las que publico. En esta última tarea voy a seguir, sin cálculo alguno. Esas preocupaciones de país son permanentes. Estuve recientemente en Popayán y es inocultable la preocupación de sus gentes por el recrudecimiento de la violencia. Una de las cosas que dicen es: 'Aquí estaba lista para entrar una empresa que buscaba generar 2.000 puestos de trabajo bajo la modalidad de Call Center, pero desistió por la inseguridad'. A mí eso me tiene que preocupar, pero, sobre todo, me preocupa la actitud del Gobierno de negar el problema y no buscarle soluciones".

¿Hay relación directa entre inseguridad y falta de garantías para la Fuerza Pública?
"Claro. Una de mis mayores preocupaciones, compartida por varios miembros del alto mando militar, es sobre el fuero militar. El que está en trámite en el Congreso no resuelve un vacío constitucional. La actual Carta Política y el proyecto del Gobierno no soluciona un tema: la necesidad de que el primer conocimiento de la conducta de los militares lo tenga la Justicia Penal Militar. Por eso insistí en que se tuviera en cuenta el artículo que venía en la Reforma a la Justicia, que retiraron, y el nuevo dentro del proyecto del Gobierno, para hacerlos compatibles. Porque con la presunción que traía el primero, garantizaba que el primer conocimiento de la conducta del militar lo tuviera la Justicia Penal Militar. Lo cual no se opone al hecho de que cuando las circunstancias, las características del delito, lo indiquen, se traslade el conocimiento del caso a la Justicia Ordinaria.

Me preocupa un Gobierno que sabe, o debería saber, que la principal gasolina para la violencia es el narcotráfico, y que en momentos en que el país había venido ganando esa batalla, estuviera promoviendo el tema de la legalización de las drogas. Parece que se ha dado cuenta de que eso no les gusta a los colombianos y dejó de ponerle tanto énfasis a la legalización.

Me preocupa que se haya desmontado el tema de la cooperación ciudadana con la Fuerza Pública. Un tema de información, de construcción de confianza, de una ciudadanía desarmada, pero solidaria.

Me preocupa la desmotivación de integrantes de las Fuerzas Armadas. El Ejército sabe, y entiendo que el Gobierno se lo ha comunicado, que se están buscando negociaciones con las Farc a través del gobierno de Venezuela. ¿Y cómo se puede leer eso por parte del estamento militar? 'Bueno, pues si va a haber alguna negociación, entonces para qué vamos a seguir combatiendo, para qué nos vamos a exponer'. Lo mismo dice la Policía: 'Si aquí va a haber legalización de las drogas, para qué expongo mi vida en la lucha contra el narcotráfico'".

¿Podría tener alguna relación esa desmotivación con la renuncia del General Óscar Naranjo?
"No me atrevería a construir una hipótesis sobre la renuncia del General Naranjo. Tengo el más alto concepto y gratitud con él. Es una persona que le ha servido bien a Colombia y que tiene el deber de seguir sirviéndole al país. Colombia no puede desperdiciar a un hombre de las calidades del General Naranjo.

Uno lo que quisiera es que el Gobierno no dejara seguir deteriorando la seguridad del país. Alguien preguntó en Bogotá: '¿Pero será que el país está muy grave?' Y yo le digo: en unas regiones, sí, pero digamos que, de manera general, no. Nosotros vivimos el país de los 70, con ese crecimiento paulatino de la violencia. No se le prestó suficiente atención y llegamos a una crisis de la mayor gravedad, como fue la que enfrentamos en 2002. Me da miedo que el país esté recorriendo un camino semejante. Al Caguán no se llegó por generación espontánea. Ante las irrefutables evidencias del recrudecimiento del accionar de las bacrim en zonas como el Atrato, el Gobierno tiene paralizadas las operaciones del Ejército y la Policía contra ellas. El Gobierno considera, y yo discrepo de eso, que para poder tener acción contundente contra un grupo, hay que reconocer un conflicto con ese grupo.

Reconocieron conflicto con las Farc y el Eln, pero como no lo hicieron con las bacrim, eso les da excusa para no tener acción contundente. No es el reconocimiento del conflicto el que autoriza la iniciativa contundente. Es la peligrosidad y el grado de organización criminal contra el Estado. En peligrosidad, ¿qué diferencia hay hoy entre las Farc y las bacrim? Ninguna. ¿Y en organización?, tampoco.

La Cruz Roja Internacional considera que cuando hay un alto nivel de peligrosidad y de organización criminal, no hay que declarar un conflicto para poderlo combatir. Eso no está ocurriendo con las bacrim, a pesar de que están trabajando conjuntamente con las Farc y el Eln en temas de narcotráfico".

¿Cuáles serían las condiciones sine qua non para que se diera una negociación con los grupos ilegales?
"La primera es saber qué se puede negociar. La verdad, hoy, la amnistía y el indulto no se les puede conceder a quienes estén incursos en delitos atroces. Y, por ende, no pueden ser elegibles. Mi pregunta es: ¿un cabecilla de las Farc está incurso en delitos atroces, no le pueden dar amnistía e indulto, no puede ser elegible, por norma constitucional, salvo en dos casos: si fueron condenados por delitos políticos o por homicidio culposo. Segundo: ¿qué se va a negociar de la agenda nacional? En una democracia, las agendas económica, social y política hay que definirlas con unos actores institucionales, no con los violentos.

En los procesos de paz de Centroamérica, por ejemplo, las guerrillas aceptaron incorporarse al diario ejercicio de la democracia. Pero los gobiernos aceptaron crear condiciones democráticas. Allá, se estaba en un escenario donde las guerrillas combatían unos sistemas dictatoriales. Aquí tenemos un esquema democrático. Allá no había narcotráfico de por medio. Aquí sí.

Por eso, y lo he dicho, el Marco Legal para la Paz que se discute en el Congreso es, en extremo, peligroso. Porque éste autoriza que cuando se dé una desmovilización colectiva, se dé el beneficio de la cesación de la acción penal. Imaginemos: el señor "Iván Márquez, Timochenko o Grannobles, condenados por delitos atroces, hacen parte de una desmovilización colectiva y todo el grupo se beneficia de la cesación de la acción penal que, para sus efectos, es igual a la amnistía o al indulto. Quedan sin condena, pese a estar incursos en delitos atroces, pero son elegibles.

No me opongo a algo que aprendimos del Acuerdo de Inglaterra, del Viernes Santo de 1998, que es recortar condenas. Una cosa es decirles: si se somete a estos requisitos, no va a recibir una condena de 40 años, sino de ocho. Otra, es decirle a un responsable de delitos atroces que es beneficiario de la cesación de la acción penal y puede ser elegible, de buenas a primeras. El país tiene que tener claro algo que se llama consecuencia.

No niego la negociación, pero la negociación actualmente no tiene otro camino que el sometimiento a la justicia. Si a mí me dicen que necesitamos el Marco Legal para la Paz para lograr, por ejemplo, la desmovilización de unos guerrilleros de base, que no están incursos en delitos atroces, maravilloso. Está bien. Pero si ese marco legal es para darles impunidad a los culpables de delitos atroces, ni de fundas".

¿Cuál es el camino?
"El de la desarticulación y el de una política social para evitar nuevos reclutamientos. Una autoridad severa, ejercida por el Estado. En el momento en que haya desmovilización, generosidad, pero sin impunidad. En nuestro Gobierno se desmovilizaron 53.000 personas, se fue generoso con ellos, pero no hubo impunidad. El problema del Marco Legal para la Paz es que tiene impunidad ante delitos atroces".

Si este Gobierno, o uno futuro, aceptara que lo que cometen estos grupos son delitos políticos, ¿qué pasaría?
"Esa es una gran discusión. La mera pertenencia a un grupo que ha cometido acciones terroristas, configura una connotación de terroristas para todos. Dejando a un lado la discusión teórica, en el caso colombiano hay que distinguir entre el guerrillero o el paramilitar de base, que ha pertenecido a la organización, pero que individualmente no ha cometido delitos atroces, o delitos distintos a la mera pertenencia a la organización; y los que han participado directamente en el secuestro, en el asesinato. Algunos dicen que se les debería extender la connotación de terroristas a todos los integrantes del grupo por la mera pertenencia a él. En eso tengo mis reservas. Y no desde el punto de vista ideológico o doctrinario. Mis reservas son por una situación práctica, porque hay una gran cantidad de jóvenes equivocados, a quienes hay que darles una salida.

Y soy amigo de esa salida. Si la negara, estaría siendo inconsistente con el proceso que se adelantó en mi gobierno para la desmovilización de 53.000 alzados en armas".

¿Es posible hablar de política social con base en una restitución de tierras sin presupuesto, o en regalar casas gratis?
"He dicho que toda política social tiene dos enemigos: el recrudecimiento de la violencia y el Estado derrochador de recursos. El país ya vivió que cuando no hay seguridad, se afecta la inversión y escasean los recursos. Por eso hay que crear conciencia de la convergencia inseparable entre seguridad y política social. Son inseparables, tienen que ir de la mano. La seguridad es fuente de recursos, y la política social es fuente inagotable de cohesión social, que a su vez legitima la política de seguridad.

Segundo, el Estado derrochador. Me preocupa muchísimo que después de la discusión en América Latina sobre el modelo de Estado, nosotros entremos de nuevo en una etapa de gobiernos burocráticos. Hemos vivido en la región casos en que los dos extremos quiebran el Estado. El neoliberalismo de las privatizaciones acabó con el Estado por decreto. Y el burocratismo de los altos costos estatales acabó con el Estado por inercia. Por eso, nosotros hablamos de un Estado comunitario, con alta participación ciudadana, responsable de la equidad, promotor de la inversión con fraternidad, y austero.

En este gobierno se está perdiendo la noción de austeridad. Y eso es enemigo de la política social. Este Gobierno ha creado más de 11 mil cargos, según información de Planeación Nacional. Las mismas autoridades del Gobierno aseguran que esos 11 mil cargos, o más, el año pasado debieron costar unos 330 mil millones de pesos, sin incluir la prima técnica. Este año, con el ajuste y la prima técnica, el costo estará cerca de los 500 mil millones. Y eso es gasto recurrente, año tras año. Con 500 mil millones se hacen más de 160 mil viviendas por año. Uno tiene que escoger entre un Estado burocrático o el Estado Social. El tema ya no es de Estado o no Estado.

La gran preocupación es que las cifras oficiales no dejan ver el crecimiento del gasto y del derroche, porque el recaudo ha sido bueno. Eso ya le pasó al país. Cuando terminó el gobierno del Presidente Virgilio Barco, en 1990, Colombia estaba en equilibrio fiscal y el endeudamiento público no subía del 14 por ciento del PIB.

Hubo decisiones de enorme crecimiento del gasto público burocrático, sucesivamente. Los perversos efectos de esas decisiones no se vieron inicialmente.

¿Adónde nos llevó eso?
Llegó un momento en que la crisis que se venía incubando por debajo, se expresó. Cuando terminó ese gobierno en 1994, el país no tenía un problema fiscal evidente, pero ya se había producido una enorme expansión del gasto público burocrático. Y los gobiernos del 94 al 98, y del 98 al 2002, no corrigieron eso y tuvieron que enjugar con endeudamiento el creciente déficit. Entonces, en un período de 12 años, este país, por un crecimiento burocrático, por violencia, por falta de inversión, pasó de un gobierno en equilibrio a un déficit nacional central de más de seis puntos del PIB, que es el déficit de 2002, si se tiene en cuenta lo que en 2003 se tenía que transferir al Seguro Social.

Y se pasó de un endeudamiento de 14, a uno del 48 por ciento. Por eso hoy, dirá alguno 'es que 500 mil millones en gasto burocrático adicional es muy poquito dinero frente a un recaudo de 86 billones de pesos en 2011'. Así han empezado los procesos de burocratización. Y por eso hay que denunciarlos a tiempo. Hay que decirle al país qué es preferible: 500 mil millones en nueva burocracia innecesaria, o 160 mil viviendas al año.

Traduzcan ustedes esos 500 mil millones de pesos en cupos universitarios o en Familias en Acción.

Estoy en desacuerdo con el Estado derrochador. Las cifras son elocuentes. Hubo elementos importantes de la Cumbre de Cartagena, como el encuentro de empresarios, pero me duele tanta ostentación. La ostentación en un país pobre no hay que medirla únicamente en las cifras. Muchas veces el estilo ostentoso deslegitima la democracia. Eso genera descontento y resentimiento.

¿Qué habría hecho Usted como Presidente si su Canciller se hubiese ido en contra de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en el caso del diferendo con Nicaragua?
"Ese es un tema muy difícil para mí, pues no asisto como expresidente a la Comisión Asesora. He tenido una comunicación institucional con los excancilleres Guillermo Fernández de Soto y Julio Londoño, para hacerle seguimiento al tema, con la posterior vinculación del doctor Francisco José Lloreda.

¿Cómo decir esto de la manera más prudente?
Voy a reconocer una triste realidad: conceptos colombianos de muy eminentes personalidades le dieron la munición argumental a Nicaragua para demandar a nuestro país. Cuando empezaron algunos sobresalientes colombianos a decir que estábamos en un limbo porque no había un límite de aguas, le dieron razón a Nicaragua.

¿En qué estamos hoy? La decisión de La Haya de 2007, sobre un incidente de excepciones, avanzó de manera sustantiva a favor de Colombia. Reconoció que nuestro país ha tenido una posesión histórica, pacífica e ininterrumpida sobre San Andrés, Providencia y Santa Catalina.

Dejó dudas sobre un bajo, del cual la Armada colombiana tiene la evidencia de que no es un bajo, sino un cayo, porque hay una parte que sobresale del nivel de las aguas. La CIJ entró a conocer el tema del límite de aguas.

Sobre este último punto, podríamos decir que, no obstante que el tenor literal del acta de ratificación del Tratado Esguerra-Bárcenas dice que el Meridiano 82 es el límite occidental de San Andrés, históricamente se ha entendido que ese es límite de aguas, porque ahí coincide es con el mar.

Segundo, ¿por qué la Canciller dice que debemos estar preparados para perder?
Hay que saber de dónde venimos. Colombia iba, por título real, hasta la costa nicaragüense. Hasta la Costa de Mosquitia. Lo que hizo Colombia en el Tratado de 1932, en un acto de hermandad, fue retirarse de la costa hasta el Meridiano 82 y reconocer que esa zona era de Nicaragua. Es decir, si Colombia cedió entre el Meridiano 82 y la costa de Mosquitia, por qué la Canciller viene a decirnos ahora que debemos estar preparados para perder algo en La Haya.

Lo que la Canciller debería estar diciendo sería que hay sitios en los cuales el Meridiano 82 afecta a nuestro país, porque dichos sitios están más cerca de los cayos e islas colombianas, que de Nicaragua. Por eso estoy en desacuerdo con la expresión de algunos eminentes colombianos, como ocurrió recién con la señora Canciller, de entregarle munición a Nicaragua, cuando nosotros tenemos un derecho que no debe ser cuestionado, que se deriva de unos títulos legítimos de la Corona española y del ejercicio pacífico e histórico de soberanía sobre esa zona".

Pero parece que eso pasó desapercibido para algunos generadores de opinión y algunos medios nacionales muy cercanos al Gobierno Santos. ¿Cuál es su opinión?
"Los medios están muy seriamente afectados en algunos países de América Latina. En países caracterizados por una gran libertad, una absoluta libertad, algunos medios de comunicación, como en Colombia, se han convertido en órganos propagandísticos del Gobierno. Se pierde la independencia. Cuando se vive desde el medio en una tarea subjetiva por rabia contra un gobierno, el medio renuncia a su libertad. Y cuando se vive desde el medio sometido a la presión del Gobierno, al halago del Gobierno, a la pauta del Gobierno, el medio renuncia a la libertad. A mí me preocupa que este Gobierno, por un lado ande haciéndoles reclamos a algunos medios de comunicación, pero por el otro, haya filado a muchos otros medios de carácter nacional para convertirlos en órganos de publicidad gubernamental. Que la pauta juegue en eso. Y lo digo con la autoridad moral de jamás haber hecho ni lo uno ni lo otro. El amiguismo y la pauta se están convirtiendo en Colombia, en medios del orden nacional, en un factor de mordaza a la libertad de prensa. Mientras en otros países lo hacen con expropiación, con cancelación de concesiones, aquí van abriendo un camino para hacerlo a través de la pauta y el amiguismo. Algo más sutil, pero igualmente peligroso".

¿Y qué lectura hace Usted del caso Langlois. Es prudente llevar periodistas a zonas de conflicto como estrategia de publicidad de una política, en este caso la erradicación de cultivos ilícitos?
"El tema es muy delicado. Yo tuve discrepancias con algunos periodistas, pero nunca me involucré para afectar a los medios. Para mí es difícil hablar del tema. Por ejemplo, cuando se iba a liberar a unos secuestrados, mi Gobierno hizo unos acuerdos con el Comité Internacional de la Cruz Roja para facilitar esa liberación. El periodista Hollman Morris violó ese acuerdo y se entró el día anterior a una zona donde estaba la guerrilla. Se puso fue a entrevistar a la guerrilla y a hacer apología de ella. Públicamente denuncié esa situación. Me pareció que se hacía un daño. ¿Pueden los periodistas estar en esos lugares? En el caso de Morris, él estaba contrariando unos acuerdos del Gobierno con la Cruz Roja. En el de Roméo Langlois, no puedo decir si debería o no estar allá, pero el país sí debe saber qué estaba haciendo el periodista francés allá, y quién lo autorizó. Por qué estaba con el Ejército.

Yo, en lo personal, tengo mucha desconfianza con el señor Langlois. El año pasado lo conocí en momentos en que yo estaba adelantando una campaña en Cundinamarca, en Faca, y me dijeron que un periodista francés me quería entrevistar. Lo recomendaron, y quería preguntarme por qué un Presidente está en campaña. Me hizo unas preguntas contrarias al tema acordado y le dije que lo primero que tenía que aprender es a no engañar. Se puso muy agresivo y casi me daba en la cara con su cámara. Le dije: 'vea joven, seguramente a Usted le dijeron que Uribe era muy bravo. Provóquelo a ver si Uribe se atreve a tocarlo. Busque sacarle a Uribe una explosión de rabia para que después hagamos el escándalo'. Le insistí: 'créame que no lo va a lograr, pero me respeta, déjeme quieto'. Ese joven Langlois no es confiable".

¿Qué interpretación haría Usted de que haya terminado en poder de las Farc, y no con el Ejército?
"Eso puede dar dos interpretaciones: una, que en un momento de susto, el periodista pensó que se protegía más fácil con las Farc. La otra, que a pesar de que estaba con el Ejército, tenía su corazoncito allá, y lo jaló el corazoncito para el lado de las Farc. De todas maneras, ese episodio no es bueno para el país. Antes que juzgar el hecho, sí quisiera que se le informara al país qué estaba haciendo Langlois allá y qué nivel de autorización tenía".
Publicado: Mayo 13, 2012

APUNTES SOBRE LA CUMBRE

22 de abril de 2012 | ANÁLISIS | Por: ÁLVARO URIBE VÉLEZ
No hay duda de que la Cumbre fortaleció la necesaria integración empresarial de las Américas con la oportuna asistencia de sectores de trabajadores y de organizaciones sociales e indígenas.
Las cumbres son necesarias y si se realizan con austeridad, cuánto mejor. El Gobierno de Trinidad me expresó que el costo que ellos pagaron era aproximado de 5 millones de dólares
No hay duda de que la Cumbre fortaleció la necesaria integración empresarial de las Américas con la oportuna asistencia de sectores de trabajadores y de organizaciones sociales e indígenas. Magnífica la labor en esta materia de la Andi y su Presidente, el doctor Luis Carlos Villegas, que en equipo con el Banco Interamericano de Desarrollo, presidido en buena hora por la inteligencia gigante de Luis Alberto Moreno, contribuyeron eficazmente a la confianza de inversión en Colombia.

Que no hubiera sido suscrita una declaración no debe extrañar ni hace daño a la Cumbre. La culpa no es de la diversidad política del Continente, sino de Cuba y de las otras dictaduras que todavía acuden a elecciones.

Llama la atención sí, que en lugar de hacer del foro un petitorio para la integración de Cuba al Sistema Interamericano, el debate no se enfocara a examinar los atentados a la democracia. La Carta Democrática de la OEA debería interpretarse en el sentido, no de excluir a Cuba, formalismo que genera solidaridades con la dictadura, sino de debatir y formular cargos políticos a quienes vulneran la democracia.

Habría que preguntar, en ese debate, a Venezuela por qué es un paraíso de narcotráfico y un refugio de terroristas. A Ecuador, por qué quiebra medios de comunicación para cerrarlos. A Bolivia, por qué se arregla con grandes compañías transnacionales, marchita las empresas domésticas e inhabilita a la oposición. A Nicaragua, por qué practica un capitalismo personalista, sin instituciones, regido por el favor a los amigos o la amenaza a los adversarios. Sería necesario cuestionar a este grupo por la insostenibilidad de las políticas sociales, la abolición de la independencia de instituciones y la tendencia a sustituir el pluralismo participativo por el monopolio estatal de medios al servicio de la propaganda oficial.

Habría que indagar por las instituciones argentinas, la desfiguración del Banco Central, los subsidios regresivos, las mordazas a la prensa, la apropiación estatal de las reservas de pensiones, el peligro de esfumarlas y su utilización para que el Gobierno obstaculice a la empresa privada donde han tenido participación los fondos de pensiones.

Y ahora por la expropiación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), que afecta la confianza en la región y se constituye en otro más de los errores que empezaron con la privatización hace algunos años, y que con la nueva estatización, han dejado a Argentina sin ese campo medio estatal y privado, en el recurso estratégico que tanto bien hace en Brasil y Colombia.

A todo el continente habría que preguntarle qué hacer con el futuro de los jóvenes, ya con tasa de desempleo del 18%, y cómo se construirá un equilibrio entre la promoción de la inversión, la superación de la pobreza y el mejoramiento en la distribución del ingreso.

En artículo anterior me referí a la propuesta de legalización de las drogas. La democracia es de debate y todo tema es debatible, pero finalmente se requiere saltar de la ambivalencia al camino claro. El debate ha omitido un punto crucial: se necesita pedir cuenta a todos los países sobre sus acciones y resultados contra la criminalidad. Por ejemplo, EE.UU. debería informar qué hace en la lucha contra el lavado de activos y en la confiscación de riqueza ilícita.

Las cumbres son necesarias y si se realizan con austeridad, cuánto mejor. El fracaso del Alca en la de Mar del Plata abrió el camino para los acuerdos comerciales y de inversión bilaterales entre países o bloques, que puede ser camino más largo, pero también más efectivo para la integración.

En Trinidad, el recién elegido Presidente Obama tuvo el primer encuentro con sus colegas del Continente. Fue allí que pedimos para Colombia la sede en Cartagena y el Gobierno de Trinidad me expresó que el costo que ellos pagaron era aproximado de 5 millones de dólares, cifra que nos pareció ajustada a nuestros gastos para eventos tan importantes como las asambleas del BID y de la OEA, la Convención Mundial de Turismo, el Congreso de la Lengua y la reunión de las academias. Toda señal de opulencia en el Estado es dañina a la democracia, más aun en un país con pobreza.

Nuestras autoridades deberían informar todos los egresos, no solamente el contrato de la Cancillería; si pagaron y cuánto por las comunicaciones, los funcionarios que viajaron al extranjero y los que trajeron, etc.

Finalmente, es rechazable la conducta del servicio secreto de Estados Unidos y la irrespetuosa propaganda a Cartagena, ciudad histórica, bella, patrimonio de la humanidad, polo destacado de industrias, servicios y turismo, reflejo del desplazamiento y pobreza de la violencia y cuna de héroes.