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Leguleyada autoritaria

OPINIÓN|RAFAEL NIETO LOAIZA| Publicado: Julio 8- 2012

Al suponer que el Presidente puede hacer todo lo que no le esté prohibido, se pone en peligro a los ciudadanos. Hasta ahora, los funcionarios públicos no podían hacer en su calidad de tales sino aquello que les estaba expresamente permitido.
En el futuro un presidente podrá objetar cualquier reforma constitucional simplemente porque no le gusta. Santos coarta sin pudor la facultad constitucional del Congreso.
Tras la indignación pública, casi todos coincidieron en que a la apestosa reforma a la Justicia había que darle muerte, sin importar el como.
Pero el mecanismo para asfixiarla es al menos tan malo como la reforma misma. La ‘solución’ de las objeciones presidenciales no sólo es una leguleyada sino que tiene gravísimas consecuencias para la democracia y el Estado de Derecho.
Hago resumen para los no abogados. El Presidente tiene la facultad de objetar un proyecto de ley cuando considera que es inconveniente o inconstitucional. Si el Congreso, con mayorías especiales, desestima la inconveniencia, el Presidente debe obedecer la decisión de los parlamentarios. Si los motivos de inconstitucionalidad son rechazados, la Corte Constitucional toma la decisión final.
Esa facultad de objetar proyectos de ley en cabeza del Ejecutivo es parte del sistema de frenos y contrapesos propio de la democracia y da mejores certezas de que lo aprobado en el Congreso se ajuste a lo que la Constitución establece y a los intereses nacionales.
Ahora bien, en la Constitución no se prevé que el Presidente pueda objetar un proyecto un acto legislativo, es decir, una reforma a la Constitución. Aun así, Santos decidió objetar la reforma a la Justicia por inconveniente e inconstitucional. Alegó que, por analogía y en tanto que no le estaba prohibido, podía hacerlo.
No me detendré en la ironía o el cinismo implícitos que hay en que el impulsor de la reforma sea quien después pretenda hundirla. Resaltaré sólo las consecuencias de la argucia.
Objetar por inconstitucional un acto legislativo es un absurdo, en tanto que cualquier acto legislativo lo que pretende es, precisamente, modificar la Constitución. No hay reforma constitucional que no sea distinta o contraria, de una manera u otra, a la Constitución que enmienda.
Objetar por inconveniencia podría tener algún sentido, si lo que se quiere es darle el mismo valor a la opinión de los parlamentarios y la del Ejecutivo. Pero nuestras constituciones nunca han previsto tal poder en cabeza del Ejecutivo porque han considerado que, a la hora de definir el marco constitucional, en un régimen democrático debe pesar más la opinión mayoritaria de los parlamentarios que la voz solitaria del Presidente. Esa es la razón por la cual el Parlamento tiene facultades para reformar la Constitución y en cambio el Presidente no.
Más allá de que el Presidente trapeó con el Congreso y le echó toda el agua sucia, al objetar una reforma constitucional, y al aceptar sumiso el Parlamento las objeciones, se resquebraja el Estado de Derecho y se contribuye a la hipertrofia del presidencialismo y, en paralelo, a un mayor debilitamiento del Congreso.
Peor, la solución es autoritaria. Por un lado, porque al suponer que el Presidente puede hacer todo lo que no le esté prohibido, se pone en peligro a los ciudadanos. Hasta ahora, los funcionarios públicos no podían hacer en su calidad de tales sino aquello que les estaba expresamente permitido. Esa limitación buscaba proteger a la gente del común del abuso de quienes, por definición, están en una situación de privilegio y de superioridad en relación con el de a pie. Por el otro, porque en el futuro un presidente podrá objetar cualquier reforma constitucional simplemente porque no le gusta. Santos coarta sin pudor las facultades constitucionales del Congreso.
Desde el siglo XIX, nunca un presidente en Colombia había tenido tan peligrosos poderes.

TIRAR LA PIEDRA

24 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: FRANCISCO SANTOS

La deslealtad, que ha sido una característica del gobierno, que inauguró al nombrar como ministros a los enemigos de quien lo hizo Presidente, Álvaro Uribe Vélez. Ya la historia de Vargas Lleras, Restrepo y Pardo es ampliamente conocida.
Un sainete que termina con un Presidente y sus medios como caja de resonancia, lavándose las manos de un desastre que es en gran parte culpa suya.
Otro sainete. Otra reculada. Otra deslealtad. El carácter del gobierno de Juan Manuel Santos queda perfectamente perfilado con el megadesastre político en que se convirtió la reforma a la justicia.

Empecemos por el sainete. Una reforma mala, pésima, que se convierte en un tema de honor para el Presidente y que contrariando su pragmatismo decide sacar adelante al costo que fuera. O como me dijo un analista el gobierno, se dejó meter cinco goles para poder meter uno. Se dejó, ayudó, facilitó y metió los goles para mantener gobernabilidad, para tener al Congreso engrasado (además de los puestos con los que los tiene en el bolsillo) y así facilitar su agenda legislativa el próximo año y consolidar el apoyo total de los políticos de la unidad nacional a su reelección. Un sainete en el que sacan al ministro del Congreso (¿alguien se cree ese cuento?), en el que el gobierno engaña a los magistrados del Consejo de Estado, en el que otros magistrados de la Corte Suprema hacen lobby para prolongar su período y otros más, los del Consejo Superior de la Judicatura, pelean por no desaparecer y se apuñalean entre ellos para salvar una sala u otra. Sainete que termina con un Presidente y sus medios como caja de resonancia, lavándose las manos de un desastre que es en gran parte culpa suya.

Del sainete pasemos a la reculada. Ya es tan característica que Juan Carlos Pastrana trinó al medio día antes del discurso del Presidente: "se inicia conteo regresivo para el reversazo de JMS". Desde el paro de los camioneros, pasando por la reforma de la educación o el aumento en la edad para pensionarse, Santos tiene ahora una bien ganada fama de dar marcha atrás cuando enfrenta dificultades. Otra vez lo hace, a destiempo además, y en contraste con la firmeza y a veces terquedad de su antecesor, el actual Presidente parece una gelatina. Diversos sectores, entre ellos la guerrilla, tienen claro cómo medirle el aceite al primer mandatario de los colombianos.

Y la deslealtad, que ha sido una característica del gobierno, que inauguró al nombrar como ministros a los enemigos de quien lo hizo Presidente, Álvaro Uribe Vélez. Ya la historia de Vargas Lleras, Restrepo y Pardo es ampliamente conocida. O los codazos políticos de Vargas Lleras en contra de su colega de gabinete Beatriz Uribe, que fueron premiados al nombrar ministro de Vivienda al primero y sacar por la puerta de atrás a la segunda. Pero escuchar a su vocero en la radio, Julio Sánchez Cristo, trapear con Simón Gaviria, el más leal de los santistas en el Congreso y cuyo pecado fue decir que el ministro de Justicia se estaba lavando las manos, muestra que para el jefe de Gobierno y sus áulicos solo la defensa incondicional basta. No importa que el presidente de la Cámara de Representantes sea hijo del Presidente que le dio su primer puesto ministerial, o que César Gaviria hasta haya sido el padre putativo político de Santos. No, se sacrifica al que sea con tal de salvar la cara del Presidente ante la opinión pública de un descalabro político que es suyo.

¿Quién embarcó a Santos en este desastre? ¿Quién lo aconsejó mantener la caña ante tanta evidencia del error que se estaba cometiendo? Tuvo muchas oportunidades de enterrar una reforma que arrancó mal y que se desfiguró a cada paso. Ahora, cuando había que mostrar la grandeza en el error, el Presidente Santos prefirió tirar la piedra y esconder la mano. Y el país enfrenta una incertidumbre institucional que no vivía hace décadas.
Publicado: Junio 24, 2012

Twitter: @fsantosRCN