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Los Pilatos

23 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: RAFAEL NIETO LOAIZA

La reforma se convirtió en el más impudoroso intercambio de favores del que tengamos noticia. Los togados mantuvieron un silencio cómplice para que a cambio se les aumentara la edad de retiro a los 70 y el período de 8 a 12 años.
El Gobierno jugó a complacer a todos, como acostumbra. En plan reeleccionista, ni se iba a pelear con las Cortes ni con los congresistas.
No tengo memoria de un episodio tan deshonroso para la institucionalidad colombiana. No hay quien se salve. O muy pocos, para ser justos. Y merecen ser nombrados. Gustavo Gómez, presidente del Consejo de Estado, mientras sus colegas se regodeaban con los beneficios que recibirían, sostuvo que la reforma a la Justicia era “un acto vulgar” y “vergonzoso”. Y un número ínfimo de parlamentarios que votó en contra (26 de 268) y no se dejó atrapar por la aplanadora insensata de la Unidad Nacional: los del Polo y los del Mira, y Carlos Ferro, Juan Lozano, Juan Carlos Vélez y Miguel Gómez Martínez, Camilo Sánchez y Juan Manuel Galán, y John Sudarski y Gilma Jiménez. Los goditos, disciplinados, votaron en bloque.
Pero salirse del redil era un deber. Cuando empezaba el cuatrienio, afirmamos que la Unidad Nacional debía servir no sólo para la gobernabilidad, sino para hacer los grandes cambios que necesita el país. La reforma a la Justicia, no lo dudo, es uno de ellos. Es la gran reforma pendiente. Pero si el texto aprobado en los debates era ya un espanto, lo que salió de la conciliación es un engendro horroroso.
Por un lado, no ataca los problemas fundamentales de la administración de Justicia: la morosidad, la inseguridad jurídica y la corrupción y politización de la Rama Judicial. Las Cortes, por ejemplo, hundieron la propuesta de los precedentes judiciales obligatorios, para poder cambiar su jurisprudencia a su antojo y arbitrariamente.
Por el otro, se convirtió en el más impudoroso intercambio de favores del que tengamos noticia. Los togados mantuvieron un silencio cómplice para que a cambio se les aumentara la edad de retiro a los 70 y el período de 8 a 12 años. Y quedaron cobijados con un juicio político, como el Presidente de la República. Si no bastara, podrán elegirse por cooptación. Si los magistrados fuesen los de antaño, vaya y venga. Pero con los actuales, la cooptación sólo asegura que los muy malos de hoy elijan otros de su misma condición. A pesar de la críticas, conservaron sus facultades de participar en la elección de otros funcionarios públicos. Además, les entregaron un presupuesto enorme, del IPC más dos puntos por diez años, y doce billones de pesos adicionales en los próximos seis. ¡Y ni una palabra sobre eficiencia en el gasto y en la función pública!
Los congresistas, que luchaban con justeza por la doble instancia y la separación de las funciones de investigación y juzgamiento, convirtieron el proyecto en una contrarreforma para asegurar su impunidad. Los parlamentarios deben tener un régimen especial para su privación de libertad, en tanto cumplen una tarea fundamental de representación popular, pero… la pérdida de investidura quedará en el papel, se aforó a los secretarios del Congreso, se prohibieron las denuncias anónimas, liquidaron la ‘muerte política’.
A todas estas, el Gobierno jugó a complacer a todos, como acostumbra. En plan reeleccionista, ni se iba a pelear con las Cortes ni con los congresistas. Hasta que lo abrumó la indignada reacción pública. Y entonces se atribuyó un derecho que no tiene: el de objetar por inconveniencia y constitucionalidad una reforma constitucional. Yo no dudo de que el resultado de la reforma es inmundo, pero el precedente es pésimo y sólo contribuye a lo nauseabundo. ¡El Estado de Derecho se ha ido al demonio! Y ahora todos se lavan las manos. Estamos llenos de Pilatos.
Publicado: Junio 24, 2012

EUFEMISMOS SANTOS

3 de mayo de 2012 | OPINIÓN | Por: DIEGO MORA
El presidente Santos se convirtió en foco de comentarios y críticas durante su gobierno más por sus desaciertos que por sus buenas ejecuciones, aunque estas han sido pocas.
Se caracteriza el Presidente por emitir un discurso cuadriculado, con cálculo político y ahora populista, pero a la vez incoherente.
¿Qué tal regalar 100 mil casas para contrarrestar las encuestas?

Ese discurso también está lleno de eufemismos. La "mano negra", para señalar, al aire, a aquellas personas que discrepan del gobierno y que según Santos solo quieren hacerle daño al país.

La "maldita niña", refiriéndose al duro invierno que nos azotó, azota y azotará y el cual no tiene ninguna solución, un ejemplo claro es Gramalote, que espera y exige que Santos les cumpla lo que les prometió.

Los "idiotas útiles", que maximizan el accionar del terrorismo, porque para Santos los muertos diarios y los atentados terroristas siguen siendo un asunto de percepción.

Después de la masacre en Caquetá que deja tres militares y un policía muertos, además un periodista francés secuestrado, el gobierno en cabeza del Ministro de Defensa expresó, en una clara referencia a Uribe, que "los enemigos del gobierno no pueden usar a los soldados caídos para hacer política".

Señala el gobierno del presidente Santos a Uribe como su enemigo y además lo acusa de estar haciendo política al rechazar, vehementemente, el accionar terrorista en el país y por lamentar la muerte de aquellos héroes de la patria que cada día se juegan la vida por salvar la nuestra.

Hacer esta referencia e involucrar directamente a Uribe significa que Santos no fue capaz de aguantar la crítica, merecida, de su predecesor. Uribe se ganó a pulso el derecho de opinar en Colombia, sobre todo si sus comentarios van dirigidos a un gobierno que se eligió con sus bases y con la promesa de continuar su legado, pero que en cuanto pudo le dio la espalda y lo mandó al pasado.

¿Quién critica al gobierno es su enemigo? Si en este caso Twitter es el medio debería, presidente Santos, pedirle a quien maneja su perfil en esa red social que le lea algunos mensajes de los que recibe a diario y así se dará cuenta, según su rasero, de que tiene más enemigos de los que cree.

Por último: Uribe lleva más de 30 años de vida pública, es y ha sido coherente en su discurso y siempre está haciendo política, así que esta acusación desconoce de tajo quién es él, lo que representa para el país y su amor por Colombia. Eso no se hace presidente Santos, eso no se hace.

Fecha: Mayo 2, 2012

¿Cuál es la imagen de Santos?

24 de abril de 2012 | EDITORIAL | Por: EL COLOMBIANO
Lo que sorprende no es la continua caída de la imagen favorable de Juan Manuel Santos. Lo que sorprende es que algunos no sepan por qué la gente está cada vez más descontenta.
Mientras algunos medios capitalinos no ocultaban su desazón por la caída en la imagen favorable del presidente Juan Manuel Santos, éste reaccionó ayer con anuncios de impacto.
Desde que comenzó este Gobierno, en cada medición decae su nivel de aceptación. ¿Por eso, justo ahora, habrá "100 mil viviendas gratis" para "los más pobres"? Eso sí, previo trámite de una ley ante el Congreso.

¿Se podrá desvincular el movimiento del Gabinete, ayer, con los resultados de la encuesta "Colombia Opina", de Semana y RCN, cuyos resultados le fueron bastante adversos a Santos y a su Gobierno?

Es visible una estrategia informativa donde aún no agotan la artillería para mostrar a Santos como un estadista sin parangón en nuestra historia.

El protagonismo del Presidente en publicaciones internacionales de la mayor importancia, ha sido logrado de forma exitosa por su equipo de comunicaciones, con ayuda inestimable de algún amigo extranjero.

Pero así como han sido exitosos afuera, no lo han sido adentro. Y no solo porque no hayan sido capaces de comunicar bien, sino porque no había -y el de ayer es un anuncio- hechos tangibles qué mostrar.

La gente diferencia perfectamente entre los eslóganes, los anuncios y las realidades; y porque las ejecutorias -como lo dijo El Tiempo hace unos meses- distan mucho de la retórica oficial.

A Juan Luis Cebrián , de El País , de Madrid, el Presidente Santos le hace un catálogo plagado de autosatisfacción, quejándose de que, sin embargo, nada de eso le gusta al expresidente Álvaro Uribe.

Pero es que no es sólo a Uribe. A buena parte de la población tampoco le gustan.

Disgusta profundamente la declinación del liderazgo del Presidente de su condición -esencial, irrenunciable- de comandante de las Fuerzas Armadas.

Disgusta que, bajo el pretexto de conservar como sea las buenas relaciones con los gobiernos vecinos, el Presidente, a pesar de estar enterado y documentado, tolere el asilo de facto de los jefes guerrilleros en esos Estados.

Disgusta que el Presidente y su Gobierno se empeñen en decir que la inseguridad no existe, y que es simple asunto de percepción ciudadana.

Disgusta que, ante una catástrofe natural por fenómenos de lluvia anunciados y previstos, el Gobierno siga estancado, sin ejecutar las obras necesarias, y cada tres meses se vean las mismas imágenes de damnificados y pueblos bajo ríos de pantano.

Disgusta que el Gobierno no haya podido poner orden en el sistema de salud, y que las deficiencias de atención y la mala administración crezcan sin control.

Disgusta que se anuncie al mundo, como una revolución sin precedentes, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, mientras a los reclamantes los asesinan con la mayor facilidad, y lo de las tierras no haya pasado de concentraciones convocadas con oportunismo político, y que generan estigmatización.

Preocupa a la gente el desempleo y la falta de oportunidades, mientras el ministro del ramo pasa completamente desapercibido -como buena parte de sus colegas-, salvo en las páginas de vida social.

Preocupa a la gente el regreso a los estilos presidenciales versallescos, tan proclives al boato y a la frivolidad, muy celebrados por un sector de opinadores capitalinos.

Si alguien se pregunta por qué cae en picada la opinión favorable a Santos, dese una vuelta por la Colombia que rodea a Bogotá. Tendrá respuestas claras y evidentes.

Al Presidente Santos le gusta compararse con grandes estadistas norteamericanos: que si como Abraham Lincoln, incorporó adversarios a su Gobierno, para lograr metas de interés nacional por sobre las diferencias; que si como Franklin D. Roosevelt, será un "traidor a su clase", por proteger los intereses de los más necesitados, antes que atender los reclamos del llamado "establecimiento" al cual pertenece.

Si no endereza el curso de su Gobierno y pasa a la acción, terminará pareciéndose no a uno de esos grandes referentes de liderazgo indiscutible, sino a uno más de los que han pasado por el poder con más pena que gloria.

La ruptura

15 de abril de 2012 | ANÁLISIS | Por: FRANCISCO SANTOS
Con Uribe de candidato, la cosa cambia radicalmente. Con Uribe en campaña, pocos se irían de la U y si encabeza lista puede fácilmente tener un tercio del Congreso.
Santos ya no va a contar con Uribe ni con los votos uribistas en la elección de 2014.
Era inevitable. Son como el agua y el aceite.

Uno frentero, y el otro no.

Uno campesino de provincia; el otro de la más rancia oligarquía bogotana.

Uno de universidad pública; el otro de centros universitarios de la estratosfera.

Uno con las ideas claras desde siempre; el otro con ideas que sirven y se acomodan al momento.

Uno con larga trayectoria política electoral; y el otro con un sentido de oportunidad que lo llevó al poder, sin casi medírsele al pueblo.

Uno del pueblo; el otro de los medios.

El uno se mueve como pez en el agua en escenarios internacionales; el otro en los pueblos y caminos polvorientos de Colombia.

Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos son de dos mundos distintos.

Hoy, las diferencias entre los dos llevan a una ruptura política inevitable de grandes consecuencias para el país y para ambos.

La primera de ellas es que Santos ya no va a contar con Uribe ni con los votos uribistas en la elección de 2014.

¿Qué consecuencia tiene? Pues son múltiples, dependiendo de qué decidan los partidos de la U y el Conservador y, sobre todo, el mismo Álvaro Uribe.

Los escenarios son esencialmente dos.

El primero es sin Uribe de candidato a algo: la Vicepresidencia o cabeza de lista para Senado.

Y el segundo es con él de candidato en 2014.

Si se da el primero, lo que sucede es que el liberalismo se une con Cambio Radical y con gran parte de la U. Santos es reelecto fácilmente y el uribismo queda herido de muerte.

Puede que sobreviva un pequeño partido de la U, o de Primero Colombia, el movimiento que llevó a Uribe a la Presidencia, pero sin la fuerza electoral de la U de hoy.

El Partido Conservador pierde fuerza y la izquierda queda en su plata, entre el Polo y lo que salga del movimiento de Petro.

Si por el contrario se da la otra opción, con Uribe de candidato, la cosa cambia radicalmente. Con Uribe en campaña, pocos se irían de la U y si encabeza lista puede fácilmente tener un tercio del Congreso. Si a ellos se le suma el Partido Conservador, cuyo líder natural es, sin duda, Uribe, pueden tener mayoría electoral en el Congreso en el periodo 2014-2018.

¿Y del premio mayor, la Presidencia?

En el primer escenario no hay la menor posibilidad. En el escenario dos, Santos es derrotable. Una coalición del uribismo, la U y los conservadores, con un buen candidato, tiene posibilidades de derrotar a Santos -el pobre Vargas Lleras está como la casita roja de Davivienda, y hoy no sabemos adónde va a acabar.

Obvio, hay grandes intangibles que entran en una ecuación política como esta.

Uno, que las Farc, al ver un escenario de continuidad del verdadero uribismo en el poder, se apresure a negociar una paz con Santos.

El escenario Pastrana, se debería llamar.

Claro, contar con la inteligencia política de las Farc es una estupidez, pero no se puede descartar nada.

Dos: un deterioro aún mayor en seguridad, y algo en la economía, que facilitaría la derrota de Santos.

En fin, en el mejor momento de Santos, el show de la Cumbre de las Américas le ha salido muy bien.

En el horizonte se presentan nubarrones políticos de grandes dimensiones.

De cómo juegue Uribe sus cartas (no hay que olvidar que Santos es un gran estratega político), el legado político de "doña Rumbo" puede retomarse o, en su defecto, morir para siempre.

PREMATURA Y COSTOSA CAMPAÑA REELECCIONISTA

14 de abril de 2012 | OPINIÓN | Por: ENORIS RESTREPO DE MARTÍNEZ
El Tiempo lo protege como a su bien amado delfín. Es como si antes no hubiera existido ningún gobernante
Creo que desde cuando Juan Manuel Santos empezó su periodo presidencial, él inició la campaña para su reelección y aunque la revista Time recientemente le dio carátula, con todo respeto la impugno por diferentes motivos:
No me gustan sus ambigüedades, como si quisiera quedar bien con todo el mundo. No se trata de casar peleas, pero tampoco de entregar todo por pequeños o grandes halagos. No pretendo que gobierne con la austeridad de Uribe pero me disgusta el estilo rimbombante y altisonante de este gobierno.

Rechazo sus frecuentes manifestaciones de afecto hacia Chávez, a pesar de las reconocidas simpatías de ese presidente y su régimen con las guerrillas colombianas.

Critico la falta de firmeza ante los homenajes en Venezuela a Tirofijo, al publicitado refugio que tienen esos grupos en el vecino país y la aceptación callada del reciente nombramiento de Henry Rangel (ministro de Defensa venezolano) el gran amigo de Timochenko. Tampoco me gustan las constantes genuflexiones ante la izquierda internacional y nacional. Está bien buscar el centro, pero sin matricularse a la izquierda extrema.

Aunque en el panorama político también se ven aspiraciones presidenciales (Angelino, Juan Camilo, Vargas Lleras, Córdoba, Petro, Fajardo, etc.) ninguno tiene la "sartén por el mango" como Santos.

Todos tienen derecho a soñar, pero no con publicidad política pagada por el Estado, en horarios triple A, en los grandes canales de TV. Las famosas campañas Prosperidad para Todos y Colombia Humanitaria nos repiten constantemente las maravillas de este Gobierno para reforzar la imagen de Santos.

Además, El Tiempo lo protege como a su bien amado delfín. Es como si antes no hubiera existido ningún gobernante, ni la seguridad democrática de Uribe hubiera influido en la recuperación económica del país.

Tampoco me gustan los mecanismos de suspenso que manejan desde la Casa de Nariño, ni las supuestas o reales conversaciones de paz tras bastidores.

Ha habido un poco de freno a la guerrilla, pero ya no se habla de sensación de inseguridad sino de una situación real de violencia. Las Farc, por un lado organizan teatros, y por el otro, ataca. Así mismo, preocupa el avance de las bacrim y de las bandas de atracadores. O sea que gústenos o no, la paz está lejana. También me desagrada esa manera de buscar culpables por todo a como dé lugar, sobre todo si es de gente que trabajó con Uribe (aunque en esto último la justicia tenga su gran participación).

Ni me parecen adecuadas las acusaciones generalizadas contra ciertos gremios.

La falta de lealtad de Santos con Uribe, imagino, se volverá proverbial y no sabemos quién sufrirá la próxima deslealtad.

Soy una voz insignificante en el campo político y respeto el apoyo que tres destacados dirigentes le dieron hace poco al Presidente. Ellos tienen una gran responsabilidad empresarial y desde esa posición es comprensible. Pero no la comparto.

Metamorfosis de Santos


5 de abril de 2012 | OPINIÓN | Por: Ernesto Macías Tovar
Comenzando el año 2010 se produjo el retiro voluntario de varios colaboradores del Gobierno con el único fin de apoyar la candidatura "oficial" a la Presidencia; movidos por el notorio desvelo del presidente Álvaro Uribe quien no ocultaba su preocupación frente a una realidad evidente: el nombre de Juan Manuel Santos no despertaba simpatías.
Imposible olvidar aquellas horas de angustia cuando las encuestas mostraban al candidato “naranja” por debajo del “verde”.
Comenzó así el duro trabajo proselitista para convencer a las bases uribistas de respaldar una candidatura que no despegaba. Pero, la consigna “Santos representa la continuidad de las tesis de Uribe” fue creando confianza y sepultando la apatía.

Imposible olvidar aquellas horas de angustia cuando las encuestas mostraban al candidato “naranja” por debajo del “verde”. Y que la dirigencia regional se resistía a ‘catequizar’ al electorado para votar por “Santos Presidente”.

Además, el candidato oficialista era diezmado por los ataques de sus competidores -Vargas y Pardo- calificándolo de “padre de falsos positivos”; por columnistas -Juan Camilo Restrepo- tratándolo de mentiroso; por las voces de expresidentes -Gaviria, Samper y Pastrana- induciendo al electorado contra un “ingrato y conspirador”. Y por los epítetos de Chávez advirtiendo que la elección de Santos representaba ‘una amenaza para la región’.

Ante tal situación surgió la necesidad de aplicar una reingeniería a la campaña la cual consistió en darle un giro a la publicidad -de naranja a La U-. Y, sobre todo, un cambio del discurso. A partir de ahí “Juan Manuel” repetía continuamente el nombre de Uribe en sus intervenciones e insistía en el encargo solemne de continuar las políticas de seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social.

La estrategia, sin duda, funcionó y catapultó la candidatura. La categórica victoria electoral en la primera vuelta, a la cual Santos llegó solo con el apoyo del uribismo, era la respuesta al éxito de las políticas que habían producido el gran cambio en el país. Los ciudadanos acudimos a las urnas convencidos de elegir el legado de Uribe. Ese era el mandato popular.

Dos años después de aquella victoria contra todos aquellos, hay que hacer un gran esfuerzo para aceptar que el Presidente de hoy es el mismo candidato por el que votamos nueve millones de colombianos. Inadmisible pensar que los programas de gobierno en ejecución sean las propuestas derrotadas en las urnas. Casi imposible entender que aquellos quienes ayer lo señalaron con el dedo acusador de ser el autor de graves oprobios son los voceros de su gobierno. Muy difícil admitir que sus faros políticos sean los expresidentes que se la jugaron para impedir su llegada al poder. Insólito ver que aquel quien lo tildó de “amenaza para la región” sea su ‘nuevo mejor amigo’. Y, lo peor, para el ciudadano del común es inverosímil imaginar que quien fuera su mentor y autor de su llegada a la Presidencia sea el objetivo a perseguir del gobierno y el blanco de las infamias de sus funcionarios.

Si bien es cierto, según sus palabras, Santos vive erróneamente convencido que 'sólo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias', el cambio de candidato a presidente no le puede producir una metamorfosis tan drástica.


Twitter: @emaciastovar

EL CENSOR

26 de febrero de 2012 | COLUMNA | Por: FRANCISCO SANTOS

¿Censura? Sin duda. Los periodistas recuerdan al entonces ministro de Comercio, de Hacienda y de Defensa, Juan Manuel Santos, llamando y regañando periodistas…
Esa maña no la ha olvidado y hoy el presidente Santos la ejerce a través de su consejero o censor.

"En algunos regímenes políticos, funcionario encargado de revisar todo tipo de publicaciones o películas, mensajes publicitarios, etc., y de proponer, en su caso, que se modifiquen o se prohíban". Esta es la definición de censor en el DRAE.

Hoy le dan otros nombres. Asesor de imagen o consejero de comunicaciones.

Ambos tratan de influir en el mensaje.

Unos de manera abierta, con ideas y propuestas de comunicación. Otros de manera soterrada ejerciendo una presión velada por parte del poder máximo en un país, el del Presidente.

¿Censura? Sin duda. Distinta a la del Presidente Correa en Ecuador, que es sistémica, pero la que hoy se ejerce desde el Palacio de Nariño a través de distintos mensajeros es sistemática.

No es nada nuevo. Los periodistas recuerdan al entonces ministro de Comercio, de Hacienda y de Defensa, Juan Manuel Santos, llamando y regañando periodistas, tratando de cambiar titulares y ejerciendo presión indebida.

Desafortunadamente, esa maña no la ha olvidado y hoy la ejerce a través de su consejero o censor.

Cuatro casos.

El primero, el de Jorge Figueroa, cuyo programa en Cablenoticias, El Ventilador, tenía algunos días más rating que CMI. Pero desapareció.

Una amable llamada de Palacio a una persona que ya fue perseguida por otro gobierno, el de nuestro mejor amigo, y listo. Un programa que era crítico con el gobierno salió del aire.

Otro ejemplo. EL COLOMBIANO publicó un editorial duro contra Santos.

Poco tiempo después aterriza en la dirección del diario un alto consejero.

Ana Mercedes Gómez, directora de ese diario, dice que nunca le había pasado algo así. Y le dijo al mensajero de marras que cuando acertara el gobierno lo elogiaban y cuando fallara lo criticaban.

Pensaría uno que el mensaje al visitante había sido recibido. Pues parece que no, porque un tiempo después apareció otro mensajero en el mismo diario. "Por lo menos cambien el tonito", dijo.

Pero no solo en medios se da este manejo equivocado. La presión se ha repartido a otros sectores.

Un dirigente gremial recibió tremendo regaño del Presidente por criticar unas medidas. Otros, de diversos sectores, han visto cómo se frunce el seño del jefe del Estado cuando se menciona el deterioro de la seguridad.

Unos y otros han decidido no criticar, pues saben que no tienen eco en el gobierno y al contrario generan resistencia.

La crítica no tiene cabida en el sanedrín de Palacio.

La paranoia, algunos dirán el manejo de la imagen, llega hasta el punto de llamar a una empresa extranjera para que cambie su asesor de negocios en Colombia, pues es una persona crítica del gobierno.

Y no podemos olvidar el enfrentamiento con Antonio Navarro, entonces gobernador de Nariño, cuando le pidió a Santos que también conociera la cuenca del Pacífico, pero de Colombia.

O la que se dio con la exgobernadora de Córdoba por sus quejas en materia de seguridad.

¡Ah! y una última estrategia del asesor de imagen, lo que antes los medios y columnistas llamaban el Rasputín de Palacio.

La del estigma. La que concibe el discurso de la mano negra, de la extrema derecha o del idiota útil para aislar la crítica.

Censor y Rasputín. En esas estamos.