ATENCIÓN:
Todos las publicaciones, mensajes y/o comentarios de este Magazine están bajo la
protección del Art. 19 de la Declaración de Derechos Humanos, que estipula:
"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones opiniones y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".
Declaración Universal de los Derechos Humanos; Asamblea General de la ONU 
Dic 10 de 1948
Peláez y Gardeazábal agosto 1 de 2018
Escucha"#PEGA Peláez y Gardeazábal, agosto 1 2018" en Spreaker.
Mostrando entradas con la etiqueta Plinio Apuleyo Mendoza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plinio Apuleyo Mendoza. Mostrar todas las entradas

¿Para dónde vamos?

OPINIÓN| Por: PLINIO APULEYO MENDOZA| Publicado: abril 25, 2014 
Algunas realidades que deberían ser tomadas en cuenta por el Gobierno y sus aliados políticos.
De pasar por alto ciertas exigencias de las Farc, graves riesgos amenazan el futuro del país.
En la calle o en un centro comercial nunca falta alguien, conocido o no, que se le acerca a uno para preguntarle: “¿Para dónde cree usted que vamos con este proceso de paz?”. Yo suelo ser sincero: “No sé” es lo que se me ocurre responder. Pero inquietudes las tengo. Y las tiene, por cierto, todo el mundo.
Se derivan naturalmente de las Farc. Son ellas las que, de algún modo, están marcando el paso. Su estrategia de lucha ha cambiado. No albergan hoy la ilusión de llegar al poder por la vía armada. Hicieron a un lado la guerra de posiciones, los combates abiertos con las Fuerzas Armadas, la toma de poblaciones o de bases militares. Redujeron sus efectivos armados a siete mil hombres, pero aumentaron en más de veinte mil sus agentes políticos.
Optaron sí, en el campo armado, por el crudo y abierto terrorismo. En vez de combates con el Ejército, se concentran en el lanzamiento de artefactos explosivos, carros bomba, francotiradores, emboscadas, atentados contra oleoductos y siembra de minas. ¿Qué buscan con ello? De un lado, aterrorizar a la población para que esta acepte a cualquier precio un acuerdo de paz que ponga fin a tal horror. Por otro, mantener en primer plano su feroz presencia.
Al lado de estas acciones, las Farc se han propuesto capturar la protesta social, extender su control absoluto sobre las zonas cocaleras, replantear su proceso de colonización y establecer una especie de micro-Estado con las zonas de reserva campesina (ZRC). En efecto, estos territorios están conformados por núcleos de campesinos llevados por la guerrilla y por lo consiguiente bajo su entero control. No hay allí propiedad particular sino colectiva. No se admite la presencia de fuerzas militares. Al frente de cada ZRC aparece un comité bajo el mando supremo de un comisario enteramente identificado con la organización guerrillera.
El sistema tributario de las Farc es inflexible y eficiente. A estos recaudos se suman los millonarios ingresos por cuenta del narcotráfico. Aunque las áreas con sembrados de coca se han reducido en un 25 por ciento y han desaparecido en departamentos como Magdalena, Caldas y Boyacá, también es cierto que con el pago de cultivos de hoja de coca a miles de campesinos muy poco efecto han tenido las ofertas del Estado para la sustitución de tales cultivos.
Todo esto, sumado a la creación de movimientos políticos afines a su ideología y a la presencia de agentes suyos en sindicatos, en comunidades indígenas y sobre todo en la Rama Judicial, les permite a las Farc hacer peligrosas exigencias en la propia mesa de negociaciones de La Habana. Tienen a su favor el hecho mismo de que el presidente Santos parece estar dispuesto a aceptar condiciones, en apariencia poco letales, a fin de poder alzar el trofeo, muy bien recibido en el mundo, de un anhelado acuerdo de paz.
Hay en ese probable acuerdo puntos que la guerrilla considera inamovibles, como la dejación de las armas sin entrega de las mismas. Y a tiempo que pide espacios propios en el Congreso y en una eventual asamblea constituyente, no acepta reales sanciones penales. Como suele repartir culpas entre los llamados por ella agentes del conflicto, espera que una justicia transicional reparta un perdón y olvido para todos, incluyendo militares hoy en prisión. El asunto es que muchos de ellos han sido víctimas de la guerra jurídica desatada por los propios amigos de las Farc.
Todas estas realidades deberían ser tomadas en cuenta por el Gobierno y sus aliados políticos. Sin embargo, a quienes expresan inquietudes sobre el proceso de paz, el Presidente-candidato los llama enemigos de la paz y amigos de la guerra sin reparar en que, de pasar por alto ciertas exigencias de las Farc, graves riesgos amenazan el futuro del país.
Plinio Apuleyo Mendoza
Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

¿Para dónde van las Farc?

OPINIÓN| Por: PLINIO APULEYO MENDOZA| Publicado: mayo 24, 2013 

Si el Gobierno llegara a aceptar las condiciones que pretenden, las Farc tendrían abierto el camino del poder a la manera patentada por Chávez.
Su más peligrosa petición, vista como culminación del proceso, sería una posible reducción de nuestras Fuerzas Armadas a tiempo que las Farc dejan en veremos la entrega de sus armas.
Sí, ¿para dónde van? El Gobierno cree saberlo. Y muchos colombianos, detrás de él, piensan que las Farc, severamente golpeadas, pueden aceptar el fin del conflicto armado si son eximidas de castigos penales y si tienen opción de llegar al Congreso con sus ‘Timochenko’ e ‘Iván Márquez’ a la cabeza.
Se trata, creo yo, de una ilusión engañosa. Las Farc van mucho más lejos. Desde hace algunos años, y por inspiración de ‘Alfonso Cano’, se han trazado una exitosa estrategia política que compensa de sobra los golpes sufridos por ellas en el campo militar. El punto de partida de esta estrategia fue su llamado Plan Renacer. Descarta la toma del poder por la vía de las armas para sustituirla por otra, secreta y más eficaz, que es la captura del Estado, lograda en el continente por movimientos de su mismo perfil ideológico ligados al socialismo del siglo XXI.
El papel fundamental de esta estrategia no gravita ya para las Farc en su aparato armado, sino en estructuras políticas clandestinas como el PC3 y el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia (MB), transformado ahora en la Marcha Patriótica. No olvidemos que estos sigilosos brazos políticos les han permitido a las Farc una hábil infiltración en el Poder Judicial, los sindicatos, las universidades y las comunidades indígenas. Peligrosa realidad ignorada por la opinión pública y hasta por el propio gobierno.
Ahora bien, el punto culminante de esta nueva estrategia es precisamente el actual proceso de paz. En torno a él hay algo inquietante. Las fuerzas democráticas del país se encuentran divididas en un candente debate que no les permite ver las secretas cartas de las Farc. De un lado se ubican quienes consideran moral y legalmente imposible dar indulto y participación política a los responsables de crímenes de lesa humanidad. Y del otro lado, el Gobierno y los partidos que lo apoyan, para quienes una justicia transicional (con extrañísimos subterfugios jurídicos capaces de eximir reales penas) es la única vía para poner fin al conflicto armado.
¿Se conformarían las Farc con el indulto y curules en el Congreso? No seamos ingenuos. Alfredo Rangel, en un cuidadoso estudio, muestra todas las estrategias que están aplicando las Farc en La Habana. Por una parte, pretenden modificar las estructuras de poder regional a través de un nuevo mapa productivo, con limitaciones a los TLC y a la explotación minera, y sobre todo con la creación de zonas de reserva campesina bajo su control. A tales iniciativas buscan darles soporte con los llamados foros temáticos y asambleas populares integradas por organizaciones bajo su influencia.
Finalmente, su más peligrosa petición, vista como culminación del proceso, sería una posible reducción de nuestras Fuerzas Armadas a tiempo que las Farc dejan en veremos la entrega de sus armas. Lo que buscan, pues, es en definitiva una fuerza igual a la del Estado.
Si el Gobierno llegara a aceptar tales condiciones, las Farc tendrían abierto el camino del poder a la manera patentada por Chávez. Con estos nuevos instrumentos en su mano, que fortalecerían su presencia en todas las regiones del país, tan solo les bastaría para lograr su máximo objetivo una coyuntura electoral favorable. Y, cuidado, pueden tenerla el próximo año. Si el candidato uribista es Pacho Santos (el de mayor opción en las encuestas internas), la pugna entre él y su primo Juan Manuel dejaría apático a un amplio sector de la opinión pública, circunstancia muy favorable para un candidato único de la izquierda. Y por tranquilizadora que fuera la imagen de este último, detrás suyo estarían todos los amigos de las Farc, además de los Maduro y los Castro. Sería para ellas un camino abierto hacia el socialismo del siglo XXI. Bonito fin del conflicto armado, ¿verdad?

Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

Nuestro personaje regresa

 OPINIÓN | Por: PLINIO APULEYO MENDOZA | Publicado: sep. 14, 2012  
Reaparece en Colombia, es dueño de gobiernos en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua y se hace notar en las políticas de Cristina Fernández y en el Foro de São Paulo.
Con sus complejos socialistas.
Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y yo pensábamos haberlo despachado para siempre. Pero ahí está. Ha vuelto. Está en las universidades tirándole papas explosivas a la policía. Incluso, cosa grave, en la Javeriana y en los Andes. Sus tesis reinan en muchas columnas de prensa, en centros académicos, en cúpulas sindicales, en el Congreso y en los partidos con filiación de izquierda. Pero lo que menos esperábamos es que ahora, gracias a las exigencias de 'Timochenko', esas tesis y sus correspondientes propuestas serán tema central en la mesa de negociaciones de paz. Nada menos.
Nos referimos, por supuesto, al perfecto idiota latinoamericano. Aunque parezca increíble dado el duro epíteto que con Montaner y Álvaro le colgamos en nuestro difundido Manual, a este personaje lo tratamos con algo de afecto recordando que a los veinte años muchos fuimos idiotas. Dejamos de serlo cuando descubrimos que las ideas que en los ámbitos universitarios nos embelesaban hoy han sido derrotadas por la realidad.
¿Cuáles son ellas? En primer término, muchas de la vulgata marxista, que todo lo explica por la lucha de clases. De acuerdo con esta visión, los grandes responsables de nuestra pobreza eran dos funestos aliados: el imperialismo y los ricos, agrupados bajo la etiqueta de burguesía, llamada luego oligarquía.
Como lo escribimos en nuestro Manual, si a este personaje pudiéramos tenderlo en el diván de un sicoanalista, descubriríamos en los pliegues más íntimos de su memoria las úlceras de algunos complejos y resentimientos sociales exasperados por la imagen de los ricos, de sus clubes, mansiones y fiestas. Entonces, el marxismo y todas sus variantes acaban por atraparlo.
Aunque con el tiempo estos sesgos ideológicos no le impidan sumarse a partidos de estirpe democrática, nuestro perfecto idiota sigue fiel a ciertas convicciones. Por ejemplo, su gusto por las nacionalizaciones, su freno a las multinacionales, su clamor por un reparto de la tierra que impida grandes propiedades agrícolas y, sobre todo, una redistribución de la riqueza a cargo del Estado, ignorando que lo que este recoge por la vía de los impuestos termina sólo engordando a la burocracia. Nuestro personaje, además, nunca culpa al gasto público por el incremento de la deuda externa, sino a la voraz banca internacional. Y a quienes defendemos la economía de mercado y sostenemos que el desarrollo y el empleo sólo los crea una buena gestión de las actividades empresariales y una educación de visos tecnológicos -modelo contrario a lo ocurrido en la Cuba castrista y en la Venezuela chavista- nos llama "neoliberales" y partidarios del capitalismo salvaje.
Si nuestro idiota pertenece al mundo político, la palabra mágica que lo acompaña siempre es "lo social". Siempre buscará parcelas burocráticas a la sombra del poder y todo lo confía en subvenciones, ofertas populistas y reformas constitucionales. Considera además escandalosa la inversión privada en la educación y a la guerrilla la llamará comprensivamente "la insurgencia armada", aunque mate, secuestre, robe y extorsione o torture.
Con este bagaje, nuestro perfecto idiota reaparece no sólo en Colombia sino en el continente. Es dueño de gobiernos en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua y se hace notar ahora en las políticas de doña Cristina Fernández en Argentina y en el poderoso Foro de São Paulo. Y con la ayuda de este contexto continental, que por primera vez le es favorable, 'Timochenko' no pone sobre la mesa de negociaciones el fin del terrorismo, sino un modelo propio de la vanguardia revolucionaria del idiota que deja fuera de juego los tres huevitos de Uribe y las locomotoras de Santos. ¿Quién iba a imaginar que a la paz se le fijara este precio?

¿Cuál derecha? ¿Cuál izquierda?

 OPINIÓN | Por: PLINIO APULEYO MENDOZA  | Publicado: agosto 17, 2012 
Izquierda es una palabra que luce como una flor en la solapa. Y derecha, un rótulo sombrío que nos endilgan a quienes nos permitimos recordar unas cuantas verdades de Perogrullo.
Nuestro Estado no es, como cree la izquierda, el remedio para combatir la pobreza sino parte del mal. Su único y real beneficiario entre nosotros es la clase política.
 ¿Qué duda cabe? Izquierda es un bonito sello ideológico. Cobija a personalidades tan emblemáticas de esta tendencia como Ernesto Samper, Piedad Córdoba o Navarro Wolff, a un buen número de columnistas y a los dirigentes del Partido Liberal, de Cambio Radical, del Partido Verde y desde luego del Partido Comunista y del Polo Democrático, así como a buena parte del Partido de la U y ahora a quienes se congregaron en Medellín en busca de una alternativa nueva y distinta del uribismo y el santismo.
¿Qué los une? Propuestas tan atractivas para los estratos populares como la lucha contra la pobreza, el incremento del gasto social, servicios públicos a bajo costo, reformas agrarias encaminadas a quebrar latifundios y una política fiscal y una planificación económica que permitan una real redistribución de la riqueza. Todo ello, claro está, a cargo del Estado.
Sin embargo, tan ambiciosos proyectos suelen encubrir dos posiciones ideológicas opuestas: la que se identifica con la socialdemocracia y la que ahora anda tras el llamado Socialismo del Siglo XXI. La primera agrupa al liberalismo, Cambio Radical y otros partidos cercanos al Gobierno. La segunda al comunismo, al Polo Democrático y, aunque difieran en sus medios de lucha, a las Farc y al Eln.
El rasgo distintivo de todos cuantos en Colombia se consideran de izquierda es la satanización de quienes no compartimos sus concepciones imponiéndonos el rótulo de derecha o de extrema derecha y presentándonos como cavernícolas, amigos de los privilegios y enemigos de las reivindicaciones populares.
Así quedamos catalogados, por cierto, los voceros de un pensamiento liberal (no el de doña Piedad, sino el de Adam Smith, Von Misses, Hayeck o Jean François Revel). De poco valen que los liberales de Hispanoamérica intentemos demostrar cosas que deberían resultarle a todo el mundo obvias. Así, como nosotros, debieron sentirse los discípulos de Galileo cuando era vista como una herejía su meridiana verdad de que la Tierra era redonda.
¿Cuál es nuestra herejía? Decir, por ejemplo, que la pobreza se derrota mediante un modelo liberal como el de Chile o de los 'tigres asiáticos'; modelo que se apoya en el esfuerzo privado, el ahorro, las inversiones, el adelgazamiento del Estado, la supresión de sus asfixiantes trámites y regulaciones y de los monopolios estatales, empresariales y sindicales y, sobre todo, a fin de dar paso a una verdadera economía de mercado, la búsqueda de una educación de alto nivel como la que puso a Singapur en el primer mundo. Decimos también que entre nosotros el Estado, manirroto, pésimo administrador, mal empresario, genera burocracia y clientelismo y una cultura del trámite. No cumple, en cambio, las funciones que son de su exclusiva incumbencia, como el orden público y la administración de justicia, dejándonos expuestos a la inseguridad y a la violencia.
De modo que nuestro Estado no es, como cree la izquierda, el remedio para combatir la pobreza sino parte del mal. Su único y real beneficiario entre nosotros es la clase política. En sus predios, monopolios y servicios pasta una profusa burocracia, que eleva el gasto público y es entorpecedora, deficiente. "Adelgazar al Estado -dice Mario Vargas Llosa- es la mejor manera de modernizarlo y moralizarlo. Se trata, sobre todo, de poner fin al reglamentarismo kafkiano y a los controles paralizantes y al régimen de subsidios y de concesiones monopólicas, de prendas y dádivas".
Todo esto para nuestra izquierda son herejías de derecha. Los rótulos son su arma de guerra. Izquierda es una palabra que luce como una flor en la solapa. Y derecha, un rótulo sombrío que nos endilgan a quienes nos permitimos recordar unas cuantas verdades de Perogrullo.

¿Perdón y olvido?

24 de mayo de 2012 |Zona Franca| Por: PLINIO APULEYO MENDOZA
Enigmas sobre el marco jurídico para la paz

Los políticos aprueban el marco para la paz. El ciudadano común lo mira como una oferta de impunidad a terroristas. Los militares no entienden, están en la lona.
Preguntémoslo sin pasión: ¿qué espera el presidente Santos del "marco jurídico para la paz"? ¿Qué puerta les abre a las Farc? ¿Cómo lo ven los militares, los políticos y los colombianos rasos? Vale la pena despejar estos enigmas.
El Presidente considera, sin duda, que al diseñar los instrumentos de una justicia transaccional capaz de suspender o rebajar penas y abrir a los comandantes de la guerrilla la opción de insertarse en nuestra vida política, se crean las condiciones propicias para una negociación de paz. ¿Qué lo lleva a considerar que hoy es factible esta opción? Pragmático como es, debe pensar que las posibilidades de triunfo por la vía armada no existen ya ni para el Estado ni para la guerrilla, de modo que el diálogo en busca de un acuerdo de paz sería la única salida. Santos confía en su astucia de jugador de póquer para no ser engañado por la guerrilla. Tal es su carta.
Las Farc, de su lado, ven que hoy una desmovilización concertada puede abrirles una vía inédita hacia el poder, a condición de reconocérseles que son, dentro de un conflicto armado, fuerza beligerante y no terrorista y que sus comandantes, eximidos de sanciones penales, tendrían derecho a ser elegidos. Esta salida, descartada por ellos cuando sólo creían en las armas como vía hacia el poder, se sustenta hoy en dos nuevos factores que les son favorables, uno hemisférico y el otro local. El hemisférico es la comprobación de que líderes que comparten su ideología, como Chávez, Correa, Evo Morales o Daniel Ortega, han llegado al poder por la vía electoral y desde el poder buscan imponer un modelo socialista similar al de Cuba.
El factor local, no bien conocido por los colombianos, es la fuerza adquirida por los brazos políticos de las Farc y, con la plata del narcotráfico, su astuta infiltración en el Poder Judicial, en sindicatos, universidades y medios de comunicación. Sus "opsic" (operaciones sicológicas) cubren blogs, tuits, redes sociales, foros, marchas patrióticas, asonadas, paros cívicos, etc. Que estas acciones pueden permitir a sus aliados llegar al poder lo demuestran los triunfos electorales alcanzados en tres sucesivas elecciones en Bogotá.
Ahora bien, para forzar diálogo con el Gobierno, las Farc, en vez de gestos conciliatorios, cuentan más con el clima de incertidumbre creado en muchas regiones del país por las diarias acciones terroristas de sus bien camuflados milicianos bolivarianos. Su nueva inquietante demostración de fuerza ha sido el atentado que estuvo a punto de acabar en Bogotá con la vida de Fernando Londoño. Realizado con la maligna orfebrería propia de la columna Teófilo Forero, obedece a su fórmula estratégica de que a mayor presión mayor concesión (obtenida del Estado e incluso de una sociedad civil atemorizada).
Entre tanto, ¿qué piensan del marco para la paz políticos, militares y ciudadanos rasos? Los políticos, cuyos intereses se mueven a la sombra del poder, lo aprueban. Lo vimos en la aplastante votación de la Cámara el mismo día del atentado terrorista. Lo que el ciudadano común, sea vendedor ambulante, taxista, oficinista o empresario, mira como una inadmisible oferta de impunidad a terroristas cuyas principales víctimas son hombres, niños y mujeres de la población civil, ellos, nuestros políticos, lo presentan como un triunfo de la paz. Y todavía se preguntan quién quiso matar a Fernando Londoño. Los militares, de su lado, no entienden nada. Están en la lona. "Perdón para los terroristas -me decía un oficial- y para nosotros, suspendido el Foro Militar, todos los riesgos de ser víctimas de una manipulación judicial: ¿para qué combatir?".
Miremos, pues, esta realidad sin dejarnos seducir por cantos de sirena.
Los políticos aprueban el marco para la paz. El ciudadano común lo mira como una inadmisible oferta de impunidad a terroristas: los militares no entienden, están en la lona.
Publicado: Mayo 25, 2012

Instrumento de guerra

17 de febrero de 2012 | OPINIÓN | Por: Plinio Apuleyo Mendoza

Después de fallos tan aberrantes, entiende uno que Luis Carlos Restrepo no quiera ser víctima de un atropello parecido y busque asilo político.

Muchos nos negamos a considerar a Luis Carlos Restrepo como un vulgar prófugo de la justicia.

    A propósito de la orden de captura contra el excomisionado Luis Carlos Restrepo, altos funcionarios, magistrados, dirigentes políticos y editorialistas repiten frente a cámaras y micrófonos verdades incontrovertibles. La primera de todas: que todo requerimiento de la justicia debe ser atendido. Y luego otra, igualmente obvia: que no tiene por qué eludirlo quien está seguro de su inocencia. Si en vez de ello, huye del país, es un prófugo de la justicia. Pues bien, con base en tan universales principios, es el rótulo que ahora se le endilga al excomisionado de Paz.
    El único reparo a estas declaraciones es el de no ver la distancia que existe hoy entre estos sagrados y universales principios y la realidad de nuestra justicia. Para demostrarlo, bastaría recordar por enésima vez el fallo contra el coronel Plazas Vega acompañado de una conminación al Ejército para que pida perdón y al ex presidente Betancur para que comparezca ante la Corte Penal Internacional. Falsos testigos acompañan detenciones o condenas a los generales Arias Cabrales, Jaime Uscátegui, Rito Alejo del Río, al coronel Mejía Gutiérrez y dos mil militares más, fuera de la mayoría de los recluidos en el pabellón Ere de la Picota, empezando por Mario Uribe. Todos han tenido su 'Pitirri'.
    Los medios de comunicación se limitan generalmente a servir de correas de transmisión de inculpaciones y sentencias, sin que la opinión pública disponga de otro elemento de juicio. Quienes por cuenta propia nos hemos ocupado de expresar algunos reparos a tales decisiones judiciales alimentamos la sospecha de que muchas de ellas eran producto de la guerra desencadenada por la Corte Suprema de Justicia contra el expresidente Uribe y sus amigos. Pero me temo que el problema tenga raíces más profundas y peligrosas. En efecto, todo indica que una extrema izquierda, todavía débil en el campo electoral y sin reales opciones de llegar al poder por la vía armada, se ha hecho muy fuerte en el campo de la educación y en el de la justicia, hasta convertir a esta última en un instrumento de guerra.
    Hasta ayer no más, quienes se consideraban inculpados sin fundamento confiaban en sus abogados y pruebas demostrables de inocencia. Plazas Vega y los generales Arias Cabrales y Uscátegui jamás imaginaron que contra toda evidencia iban a ser condenados a 30 o 40 años de prisión. Y ahora, después de fallos tan aberrantes, entiende uno que Restrepo no quiera ser víctima de un atropello parecido y busque asilo político antes de ser condenado como autor de una empresa criminal y traficante de armas.
    En su origen, no fue falsa la desmovilización de la unidad móvil 'Cacica Gaitana'. He escrito en este diario la historia de Felipe Salazar (alias 'Biófilo'). Desengañado, buscó desmovilizarse con 20 guerrilleros, a quienes se sumaron posteriormente diez más. Auténticos también. Los veinte falsos desmovilizados aparecieron a última hora como milicianos bolivarianos remitidos por 'Olivo Saldaña'. Y de ello nada supo Restrepo. Si hubo algún trámite corrupto para hacer pasar como reales desmovilizados a quienes no lo eran, ese delito (o error) debería ser imputable a los militares que cumplían la misión verificadora.
    Ahora bien, muchos de cuantos nos negamos a considerar a Luis Carlos Restrepo como un vulgar prófugo de la justicia y lo vemos como un hombre de trayectoria respetable, no entendemos qué sentido tiene ahora su propuesta de abrir una campaña contra la reelección del presidente Santos, como si los alarmantes desvíos de la justicia fueran endosables al Gobierno. En vez de hundir al país en una discordia política, conviene unir a todas sus sanas corrientes en el empeño de imponer una reforma a fondo de una justicia hoy viciada.

Delírium trémens


02 de febrero de 2012 | OPINIÓN | Por: Plinio Apuleyo Mendoza

Los magistrados Pareja y Poveda quieren poner de rodillas no sólo al coronel Luis Alfonso Plazas, sino a todo el Ejército colombiano.

¿Estaremos asistiendo al derrumbe total de nuestra Justicia?

   ¿Cómo llamarlo de otra manera? Me refiero, claro está, al delirante fallo de los magistrados del Tribunal Superior de Bogotá Fernando Pareja y Alberto Perdomo; fallo que no sólo ratifica, sin una sola prueba, la condena a treinta años de prisión al coronel Plazas Vega, sino que ordena al Ejército de Colombia, en un acto público que tendría lugar en la Plaza de Bolívar, pedir perdón por delitos en la retoma del Palacio de Justicia. Para estos dos adelantados apóstoles del Socialismo del siglo XXI, el Ejército es el verdadero culpable de lo sucedido allí.
    Veamos el espectáculo que nos han diseñado. Desde los balcones de la Alcaldía que miran hacia la Plaza de Bolívar, dos antiguos dirigentes del M-19, el alcalde Gustavo Petro y su Secretario de Gobierno Antonio Navarro, miran complacidos este acto de pública contrición militar, tal vez en compañía de Hollman Morris. En cambio, el coronel Mejía Gutiérrez, que cuando era subteniente recibió tres tiros en la retoma del Palacio, debe pedir perdón. Los buenos, los héroes de ayer, son los malos de hoy. Y a la inversa.
    Pero el delirio de los dos magistrados va más lejos. Ahora el expresidente Belisario Betancur y ministros de su gobierno, como Jaime Castro y Noemí Sanín, deben prepararse para rendir cuentas ante la Corte Penal Internacional, seguramente por delitos de lesa humanidad. No importa que la CPI sólo pueda intervenir en hechos ocurridos en Colombia a partir del año 2002. Los dos magistrados ignoran estos detalles.
    Ignoran también, o pasan por alto, que desde el mes de junio del año pasado no quedó en pie una sola prueba válida contra el coronel Plazas Vega. ¿Quién lo dice? ¿Su abogado, Jaime Granados? ¿Fernando Londoño, Salud Hernández, yo mismo? No, alguien más incontrovertible: el magistrado Hermens Darío Lara, a quien se le confió el estudio del caso Plazas. Sin prejuicio alguno, este magistrado se zambulló durante un año y cuatro meses en los 42.465 folios del expediente, y al final de tan encarnizado trabajo presentó una sentencia absolutoria de 541 páginas. Pudo comprobar que los testimonios de Gámez Mazuera y de Tirso Sáenz, dos personajes con un nutrido prontuario de delitos, eran falsos y que Édgar Villamizar nunca firmó la declaración que con el nombre de Édgar Villarreal había servido de base para la condena de Plazas. En efecto, Villamizar declaró ante el Procurador lo que ya sabíamos: que durante los sucesos del Palacio de Justicia se encontraba en Granada (Meta). Lara pudo comprobar también que en la real desaparición de la guerrillera Irma Franco, Plazas no tuvo vinculación alguna. Comprometido en una acción militar, nada tuvo que ver con quienes eran conducidos a la Casa del Florero.
    Todo se imaginaba el magistrado Lara, menos que los dos colegas que debían suscribir el estudio adelantado por él le negaran su voto y aparecieran con una sentencia condenando a Plazas como "coautor mediato de un concurso homogéneo de delitos de desaparición forzada" (ya no de once personas sino de dos). De modo que con lágrimas en los ojos, según me han contado, Lara no tuvo más remedio que poner su conciencia a salvo de tan feroz atropello con un salvamento de voto.
    Igual escrúpulo movió al Procurador Alejandro Ordóñez a interponer de inmediato un recurso de casación contra el fallo. ¿Estaremos asistiendo al derrumbe total de nuestra Justicia? Espero que no. Figuras honestas en la Corte Suprema de Justicia acabarán midiendo ese delírium trémens de los magistrados Pareja y Poveda, que hoy quieren poner de rodillas no sólo al coronel Luis Alfonso Plazas, sino a todo el Ejército colombiano.

Otro horror

30 de sep. 2011 | COLUMNA| Por: PLINIO APULEYO MENDOZA

¿De dónde salen entonces las imputaciones que han servido de base para condenar a Jorge Noguera a 25 años de cárcel?

Miremos nuestro oficio

5 de agosto de 2011 | OPINIÓN | Por: PLINIO APULEYO MENDOZA
Los medios en Colombia terminan por ser sólo la correa de transmisión de jueces y fiscales, y por esa vía se incurre en linchamientos mediáticos.

La conjura

22 de Julio de 2011 | Opinión | Por: PLINIO APULEYO MENDOZA

Dos izquierdas confabuladas

La imagen real de Álvaro Uribe la tienen los colombianos rasos que le agradecen lo conseguido por él en la seguridad, las inversiones, el auge económico y las políticas sociales.

Los 'parapolíticos' siguen en el olvido del pabellón Ere de La Picota

25 de enero del 2011 |  JUSTICIA | Por INFORME DE PLINIO APULEYO MENDOZA
'Somos inocentes, víctimas de falsos testigos': ex funcionarios cercanos a Uribe. ¿Cierto o falso?

La prueba reina

Plinio Apuleyo Mendoza

Surgen nuevas luces sobre la atrocidad del fallo que ahora condena al coronel Luis Alfonso Plazas Vega a 30 años de prisión. Es un compromiso de conciencia señalarlas

Lo peor que puede ocurrir frente a una injusticia monumental es dejar que el país la olvide.

Fenómeno de aluvión

Plinio Apuleyo Mendoza

Mockus etéreo, brumoso, imprevisible, expuesto a cada paso a rectificarse a sí mismo. ¿Adónde nos llevaría? De pronto ni él mismo lo sabe

Según como se mire, lo que está ocurriendo hoy en Colombia -algo nunca visto- tiene para unos sus atractivos y para otros, riesgos muy grandes. Me refiero al ascenso vertiginoso del profesor Antanas Mockus en las encuestas y al fervor que suscita en estratos altos y medios y en una considerable franja de electores jóvenes que hasta hoy se habían mostrado apáticos a la hora de votar.

Para estos nuevos electores, Mockus -sin duda un hombre honesto- significa al fin un rechazo al mundo político tradicional de Colombia, a sus prácticas y partidos.

Y hay sin duda fundamento para este rechazo. En ese mundo político nuestro el dinero se ha convertido en el gran elector. Ganar una curul en el Congreso tiene un costo muy alto. Y ese costo implica siempre una factura que tarde o temprano cualquier gobierno termina pagando con cuotas burocráticas, subsidios o contratos. Es lo habitual, por obra del clientelismo y de su compañera clandestina, la corrupción.

En América Latina, este divorcio de la sociedad civil con la clase política acaba produciendo, como respuesta, la aparición de un "outsider", ajeno a los partidos, que capta la inconformidad de esa gran franja huérfana de opinión.


Fernando Londoño lo define como un fenómeno político de aluvión. Sucedió en el Perú con Fujimori, en Venezuela con Chávez, en Bolivia con Evo Morales, en Argentina con los Kirchner, en Ecuador con Correa, en Paraguay con el obispo Lugo y hasta cierto punto en Brasil con Lula. Todos ellos llegaron al poder con vagas y generosas ofertas, sin que los electores, movidos por un impulso emocional, supieran realmente qué les esperaba.

En 1990, el Perú tenía un gran candidato: mi amigo Mario Vargas Llosa, a quien acompañé en alguna de sus giras. Pero el apoyo que le dieron grupos políticos tradicionales permitió que un casi desconocido de origen japonés, montado en un tractor (y no en un elefante), ganara las elecciones. Chávez era otro enigma, pero una Venezuela, cansada de adecos y copeyanos, corrió el albur de elegirlo sin saber adónde iba llevar al país. Igual situación ocurrió con la pareja Kirchner venida de la Patagonia, con Rafael Correa y con el folclórico Evo Morales.

Con Mockus, el enigma y los riesgos que conlleva son los mismos. Es etéreo, brumoso, imprevisible, expuesto a cada paso a rectificarse a sí mismo. ¿Adónde nos llevaría? De pronto ni él mismo lo sabe. ¿Una prueba? Recientemente confesó que tenía admiración (o respeto, según rectificó después) por Chávez por haber sido escogido por el pueblo venezolano. 

Olvida nuestro ilustre profesor que Hitler y Mussolini también llegaron al poder por el voto popular. Olvida que no es democrático asumir el control de todos los poderes, encarcelar periodistas, cerrar canales de televisión y expropiar a dedo, por capricho, fincas, empresas, sedes comerciales e imponerle a su país un llamado socialismo del siglo XXI que toma como modelo el régimen totalitario de Cuba.

Olvidando también la amenaza que representaba para el país el campamento de 'Reyes', Mockus llegó a condenar la operación Fénix, y en un improntus inexplicable (luego rectificado a medias) afirmó que estaría dispuesto a extraditar al presidente Uribe y al propio Juan Manuel Santos al Ecuador. 

Con semejantes desvaríos, toda inquietud está permitida. De pronto tendríamos que amortajar la seguridad democrática, y en vez de afrontar la guerra jurídica desatada por la subversión, de restablecer el fuero militar como ha propuesto Noemí Sanín, tendríamos un despistado profesor buscando para el país excéntricas alternativas. Es lo que ocurre siempre con fenómenos de aluvión, como el que nos está llegando por culpa de una efervescencia sin reflexión de jóvenes electores.