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Peláez y Gardeazábal agosto 1 de 2018
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Santos en su laberinto

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS | Publicado: febrero 26, 2014 
Sin saber a qué horas, Santos se quedó irreparablemente solo. Apenas le queda Maduro: ¡qué consuelo!
Si aplaude a Maduro, se cae con Maduro. Si lo censura, Maduro le tumba la mesa de La Habana. Si no toma distancia con los Castro, se va a ir a pique con ellos. Si la toma, sabrá que algunas traiciones no se perdonan.

El problema de los laberintos no está a la entrada, sino a la salida. Los ambiciosos se pierden para siempre buscando el tesoro, y nunca se sabrá si lo encontraron. Los pilotos chambones se matan mirando adelante, sin verificar los caminos de retorno. Por eso no entendimos la jugada de declararle amor al comandante Chávez, cuando ya el sol caía a sus espaldas. Que Santos era desleal, lo puso en evidencia; que jugaba fuerte a las cartas, nadie lo ignoraba; pero que insensato, era dato nuevo, en la sorprendente biografía de Don Juan Manuel.

Cuando desde su posesión declaró amistad sin reservas al tiranuelo de Venezuela, ya estaba marcado el destino de ese sorprendente amigo. Ya tenía quebrada la nación más rica de este continente y todo era cuestión de tiempo en el camino del desastre. Ya había cometido todas las locuras. Ya había hecho todos los regalos, permitido todas las truhanerías de su séquito insaciable y ya se había arrimado a todas las violencias. ¿Por qué se metía Santos en ese laberinto?
No teníamos esa respuesta. Ignorábamos que el ludópata se estaba jugando la carta que supuestamente lo llevaría a la gloria, la de la paz con las Farc. Su hermano Enrique, el mismo que en años mozos posaba con ‘Tirofijo’, cuando al parecer no era delito sino cosa distinguida arrimarse a los bandidos, tenía preparada la escena. Cuba sería el paisaje, porque las Farc necesitaban sentirse entre amigos y porque el golpe fantástico incluía el rescate moral de los hermanos Castro. ¡Menuda empresa!
Y Santos emprendió su camino sin regreso. Si hubiera leído una página de mitología griega, se abría armado de un hilo como el de Ariadna. Pero nunca oyó hablar de esa señora. Ya vería por dónde buscar una puerta de salida.
Y Chávez se murió, después de cumplir su cometido de poner en La Habana los deplorables despojos de la comandancia fariana. Y Santos persistió en su representación, ante la mirada socarrona de los listos y el aplauso de los que se llenaban de mermelada por aplaudir. Pero el tiempo seguía su marcha implacable. Y el chavismo se enredaba más cada día, cometía más violencias, más robos, más idioteces. Y le llegó la hora final. Y Santos no sabe cómo despedirse.
Si aplaude a Maduro, se cae con Maduro. Si lo censura, Maduro le tumba la mesa de La Habana. Si no toma distancia con los Castro, se va a ir a pique con ellos. Si la toma, sabrá que algunas traiciones no se perdonan. Si vuelve los ojos hacia sus amigos del sur, los encuentra más enredados que él mismo. La Kirchner quiere renunciar, pero no puede. Correa perdió las elecciones. Del Foro de São Paulo no quedan sino cenizas. La Rousseff tiene bastante con sus problemas y la Bachelet es socialista, pero no tonta. Sin saber cómo ni a qué horas, Santos se quedó solo, perdido en su laberinto.
Claro que su gran problema es Maduro. Las barricadas no paran de levantarse en todas las ciudades de Venezuela. El pueblo tiene hambre y el Gobierno no tiene con qué darle ni migajas de pan. El mundo entero se hastía del tirano y Diosdado juega su propia partida. ¿Qué hará Santos cuando caiga el telón de esa tiranía? De una cosa estamos seguros. El pueblo de Venezuela no lo dejará subir al carro de la victoria. Ya lo traicionó lo suficiente.
Mientras todo esto pasa, el solitario Presidente le da algo de circo a la opinión colombiana. Les tira carne de general a los lobos, se inventa conspiraciones, ensaya promesas y busca a quién más comprar, y con quién encontrar un punto de consuelo. No sabe qué camino tomar. La oscuridad es infinita y muy cerca se oyen los bufidos horrendos del Minotauro.
Ahora comprende que por su loca ambición se metió en el laberinto. No en balde puso Dante a los traidores en el noveno círculo de los infiernos.
Fernando Londoño Hoyos
Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

No es el de la U

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS | Publicado: diciembre 09, 2013 
Hay tres meses para que todos los colombianos sepan que el partido de Uribe es el que encabeza Uribe y que el de la U es el de las treinta monedas de esta repugnante pantomima.
Desmontado el tinglado de esa farsa, el 9 de marzo Colombia dejará saber que no respeta ni ama a los traidores.
El de la U es un curioso partido que se quedó sin jefes, sin doctrina y sin adeptos. Descontado todo eso no hay partido. ¿De qué y cómo vive entonces el de la U?
El Partido del que hablamos fue fundado en honor de Uribe, para seguir políticamente a Uribe y para librar en su nombre las batallas electorales. Como Uribe era Presidente, se acordó llamarlo de Unidad, para que no fuera tan visible su procedencia y su destino.
A nombre del Partido de la U fueron electos numerosos parlamentarios, que a la sombra del árbol que tan buen cobijo ofrecía ganaron batallas y llegaron al Congreso. A nadie se le ocurría que los votos depositados por Senadores, Representantes, Diputados y Concejales que se presentaban bajo la enseña de la U no fueran uribistas.
Llegó la campaña de Juan Manuel Santos, derrotada como fuera en la Corte Constitucional la segunda reelección de Uribe y ahí estaba, disponible y exitoso, el Partido de la U.
Recordaremos que en aquella campaña hubo un momento en el que los consejeros de Santos resolvieron promover su nombre y su figura, dejando a un lado su origen uribista. Y fue el desastre. Las encuestas se vinieron al suelo y la derrota santista se presagiaba catastrófica.
No hubo más remedio que olvidarse de Santos y volver a Uribe. Y ese viraje permitió la elección del actual Presidente, no por sus merecimientos, ni por su imagen, ni por sus atractivos. El pueblo eligió a Santos, porque venía de Uribe.
Esa pequeña circunstancia la olvidó el doctor Santos desde la ceremonia de posesión el 7 de agosto de 2.010. En su discurso dejó claro, después de varias zalamerías protocolarias en homenaje a quien todo le debía, que tomaría rumbo contradictorio al que se había comprometido en la campaña.
Quedaba el Partido, que seguía llevando la letra que certificaba su linaje.  Pero los traidores no se paran en pelos. Santos se declaró Liberal, como no pierde ocasión de repetirlo, pero sigue usando el distintivo que cree le dará votos y curules en las elecciones próximas. Los congresistas de la U, de su lado, solo miran que el Presidente les reparta mermelada. Con dinero del Tesoro, que es de todos los colombianos y con contratos de la Nación, la U sigue su marcha………..hacia el abismo.
¿Qué piensa la U como Partido? Nada. ¿Qué posición ante la vida tiene el partido y tienen sus miembros? Ninguna. ¿Cómo sobrevive un Partido que no tiene cosa alguna, que no representa nada, que no aspira a nada? Es lo que conviene examinar.
La U no tiene sino una posibilidad de éxito. La de que fructifique el engaño que trama. Pretende que muchos colombianos voten por el partido, creyendo que votan por el de Uribe. Y no habrá marrulla que no se permita, ni bellaquería que no intente, ni trapisonda que le quede lejos con tal de conseguir resultados en su farsa.
Nadie va a votar por Roy Barreras, ni por Armando Benedetti, ni por el desprestigiado General Padilla. Pero calculan que serán muchos los que voten por ellos creyendo que la U significa Uribe.
Hay tres meses para que todos los colombianos sepan que el partido de Uribe es el que encabeza Uribe y que el de la U es el de las treinta monedas de esta repugnante pantomima. Desmontado el tinglado de esa farsa, el 9 de marzo Colombia dejará saber que no respeta ni ama a los traidores. 
Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

El tal paro... ya vuelve

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS| Publicado: sep. 5, 2013 
Los agricultores están defraudados e indignados. El Gobierno los ha engañado. Y saben cuál es la ruta que le duele a su oponente. 
La acaban de recorrer victoriosa e impunemente. Y la intentarán de nuevo.
El tal paro trajo al país una de sus crisis más agudas. Y no se trata de llover sobre mojado con otra burla a las que con justicia cayeron sobre Santos por la ceguera que le impidió ver venir semejante monstruo. Se trata de un diagnóstico confirmatorio sobre su incapacidad para notar los fenómenos sociales y para captar el alma colombiana.
Hemos tenido presidentes muy malos, y nuestra historia reciente muestra más de los que quisiéramos admitir. Pero ninguno antes con tanta ineptitud para entender lo que pasa en torno suyo, la misma que lo lleva a cometer los más graves yerros.
Que el gabinete ministerial es muy flojo, está claro. Pero es mejor que ninguno, como Santos lo ha preferido. En medio de un oleaje embravecido, lo peor es arrojarse a las aguas.
Nada anda bien en el país. Este es uno de los momentos más oscuros de su azarosa historia. La economía, que tantas veces consolaba horas angustiosas, anda a la deriva. La inseguridad se apoderó otra vez de la Nación y lo que acabamos de presenciar es el espectáculo de una sociedad insurrecta y descompuesta. Los bárbaros descubrieron que los muros de la ciudad son ruinas y que volverán al asalto cuando quieran. La militarización no fue un acto de coraje sino imprudente muestra de debilidad y desespero.
El Gobierno había conseguido que se levantaran bloqueos en puntos neurálgicos del país. Lo que dista mucho de tener controlada la situación. Los huelguistas probaron que la dominan y que el Presidente no solo está desordenado y confuso, sino que tiene miedo, que rehúye el combate, que se agazapa y se esfuma. Se saben dueños del terreno y que tienen el respaldo de una sociedad que considera justo lo que piden y que no condena el modo que usan para pedirlo.
Y en medio de semejante caos se precipita la caída del gabinete. Torpe medida, al parecer nacida de la iniciativa de algún ministro y de ningún modo el resultado de una meditación profunda, o tomada como parte de una estrategia seria y largamente meditada. Había que producir una noticia para distraer al público, y se tomó nada menos que esa. La peor de todas.
Cuando escribimos estas líneas, tenemos sabido que el doctor Santos hace consultas y pide candidatos. No sabe de cuáles ministros prescindir ni a cuáles llamar en estas horas de gravedad extrema. Prueba, si faltaba, que hasta el caos se improvisa ahora. Nadie, con mente sana, aceptará el encargo de manejar algo inmanejable ni de sumarse a una causa perdida. Aunque no faltarán los que no quieran dejar pasar la oportunidad para salir en el periódico o para resucitar algún prestigio náufrago. Pero así no se forma un equipo ganador en una hora tan comprometida.
Los agricultores están defraudados e indignados. Si algo habían logrado, tendrán que empezar de nuevo. Si sentían que avanzaron, los han regresado al punto de partida. El Gobierno los ha engañado, porque los hizo hablar con los que se han ido. O con los que se han quedado heridos por mortal desprestigio. Y saben cuál es la ruta que le duele a su oponente. La acaban de recorrer victoriosa e impunemente. Y la intentarán de nuevo.
Todo esto pasa cuando los camioneros no han atravesado un solo aparato sobre las vías y cuando los sindicatos, estudiantes y opositores revoltosos apenas han hecho caminatas de calentamiento. Y cuando todos saben que los del Catatumbo imponen su ley y los del Putumayo van a seguirlos y que el Gobierno no vacila en indemnizar delincuentes, parar erradicaciones de cultivos prohibidos y coquetearles a nuevas zonas de reserva campesina.
El tal paro está de regreso. Y el que no lo vio venir la primera vez lo está organizando la segunda, suponemos que sin quererlo.
Twitter: @Horadelaverdad
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Jugando muy duro

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS| Publicado: agosto 7, 2013 
El Presidente está nervioso. El Presidente está confuso. El Presidente no sabe hacia dónde dirigir su barquilla frágil, y el batallón de consejeros, agentes y asesores que paga con nuestro dinero lo saben mucho menos.
Todo apunta a que serán muy complejos los días que nos separan de las próximas elecciones, y probablemente sean parecidos los que lleguen hasta la entrega del poder, dentro de un año.
El Presidente se nota desesperado, hiperestésico, perdido en la maraña de sus pasiones. Y está jugando muy duro, como el que en unos pocos lanzamientos de dados quiere reponer lo que ha perdido a lo largo de la noche sin fortuna.
La última movida del Catatumbo ha sido desvergonzada y casi suicida. Ha echado mano, para resolver un problema que dejó crecer y no supo manejar, de un elenco deplorable. Todos sabemos en qué parará el sainete. Pero traer a la escena la plana mayor del 8.000, con Ernesto Samper y Juan Fernando Cristo en los papeles estelares; llamar al padre De Roux para que desde la orilla del Gobierno se entienda con su discípulo amado César Jerez; incluir en el equipo al representante Cepeda, y aceptar como legítima contradictora a alias ‘Teodora’ resulta demasiado. Ahora aparecen los alfiles que harán y dirán y escribirán lo que los llamados campesinos, secuestradores de la región, dispongan. Eso es jugar muy duro.
Los del diálogo de La Habana han sacado sus cartas y las tienen sobre la mesa como un desafío impúdico a la paciencia de los colombianos. Curules en el Congreso sin la molestia de ganarlas en las elecciones; prensa escrita, radio y televisión con mermelada publicitaria suficiente para el tiempo que juzguen necesario; zonas de reserva campesina para tomarse el país, todo entero, y, por supuesto, condición para que todo aquello funcione, impunidad total para la interminable cadena de sus crímenes atroces, es el precio que Santos se propone pagar con cargo a los fondos morales y políticos de los que cree disponer como autócrata absoluto. Eso es jugar muy duro.
Y como las encuestas le muestran un ceniciento panorama de derrotas, ha resuelto liquidar a los miembros de la oposición. Para eso tiene la revista de su amigo, que dirige su sobrino, para lanzar las primeras bombas de profundidad. Y en la retaguardia navega un contratista agradecido, el fiscal Montealegre, que se ha mostrado capaz de cualquier cosa.
Ya disparó la primera andanada de misiles, que va contra Antioquia y contra el candidato Luis Alfredo Ramos, a quien los antioqueños, en inmenso número, estiman su líder y su símbolo. Y en la plataforma de lanzamiento ha instalado los que deberán barrer del mapa a Óscar Iván Zuluaga y a su primo hermano doble, Francisco, a quien dice despreciar como contendiente y como persona. Ya Semana ha dicho que estos tres candidatos del uribismo son paramilitares y Santos sigue creyendo que, como pasaba en los tiempos de su niñez, un dicterio de cierta prensa vale mejor que mil sentencias de los jueces. Eso es jugar muy duro.
El Presidente está nervioso. El Presidente está confuso. El Presidente no sabe hacia dónde dirigir su barquilla frágil, y el batallón de consejeros, agentes y asesores que paga con nuestro dinero lo saben mucho menos. Solo tiene claro que el país no lo quiere, que el pueblo lo rechifla en los estadios y los desfiles, que ya nadie se come el cuento de los billones que vienen y de las transformaciones que aguardan. De tanto jugar con el futuro se le secó el presente. Esa flor está marchita y no hay agua que la reviva.
Después de una inversión publicitaria de un billón seiscientos mil millones de pesos, el producto que se vende no lo compra nadie. Los colombianos se sienten empujados a la brava hacia costas que son puro acantilado. Mientras tanto, el desesperado capitán solo atina a jugar más duro, a timonear sin pericia y a buscar, en medio del oscuro horizonte, algún culpable del naufragio inevitable.
Fernando Londoño Hoyos
Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

Las traiciones tienen precio

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS| Publicado: junio 3, 2013 
Maduro trata de conciliar, después de la ventaja que pudo sacar de la entrevista de Santos con Capriles. Pero Maduro no tiene reversa.
Los chavistas, los de verde uniforme y los de roja camiseta para los desfiles, están desesperados. Y necesitan una salida. Necesitan un pretexto, alguien a quien echarle la culpa de tanta desventura.
Nadie tiene la menor duda de que Juan Manuel Santos traicionó al Presidente Uribe Vélez el mismo día de su posesión solemne en la Plaza de Bolívar, en presencia del agraviado, como para no dejar dudas de su felonía. Y al hacerlo de manera tan pública y notoria, notificaba a sus nueve millones de electores uribistas, que tomaba su propio camino, apoyado en fuerzas que juzgaba suficientes para la empresa: políticos que se venderían, medios de comunicación que se hartarían de mermelada, izquierda irrestricta, escenario internacional favorable.
Y muchos de esos cálculos le resultaron buenos, habrá de reconocerse. Los periodistas cantaron las alabanzas que merecía el pacificador con Venezuela; el barril de los puercos le ha funcionado casi a la perfección; el mamertismo lo llena de zalemas y a la derecha la controla con amenazas y garrote. Todo bien. Todo bien, como decía el Pibe Valderrama, para quien alcanzó, como para tantos, la alhacena repleta que le dejó el Gobierno traicionado.
Los que recibieron lo mejor de la traición, fueron los del castro-chavismo, los de aquí y los de allá. Cuba se fortaleció políticamente, Chávez no pareció tan malo ante la prensa de izquierda, y los comunistas criollos, siempre con Piedad y Cepeda a la cabeza, pasaron del infierno y las sombras a la efímera gloria de una celebridad insostenible. Y en medio de tanto disparate, los grandes beneficiarios fueron los de las FARC, esa especie en vía de extinción, militarmente derrotada, políticamente vencida, detestada por todos los colombianos.
Claro que nada era gratis. Santos calculó que de ese modo ascendía los escalones del éxito que ningún colombiano habría logrado. Paz interior, amistades en el mundo, reputación de Libertador y Prócer. A esos halagos se rindió y fueron esas las cartas que jugó. El país se iba al diablo, la economía hacía agua, los programas sociales languidecían, la ejecución de las obras públicas eran una ruina. Pero no importaba. Ande yo caliente y ríase la gente, reza el viejo adagio español. Algún premio Nobel en el horizonte, la Secretaría de la ONU, o siquiera la de la OEA, y como premio de consolación un segundo período, suyo, lo mejor, o de algún escudero audaz, a lo menos.
Pero entre traidores te veas. Santos creyó que las treinta monedas que le entregaban en Venezuela eran de plata de Ley, y que podía fiarse del Coronel y de sus sucesores. Pero no calculaba que la crisis de ese pobre país fuera colosal, irreparable, devastadora. Cuando la gente no encuentra comida, no hay credo político que le valga, ni mausoleo que la consuele, ni misiles ni fragatas, ni tanques que la enorgullezcan. Cuando no enfrían las neveras, ni se encienden los fogones, ni se prenden los televisores, se pierde el último ápice de la pasión política. Y cuando todas esas penurias pasan en el país más rico de América, hasta los más rojos rojitos empiezan a admitir que unos cuantos vivos se los robaron, y unos ilusos, fanfarrones, manirrotos, les quitaron lo suyo.
Los chavistas, los de verde uniforme y los de roja camiseta para los desfiles, están desesperados. Y necesitan una salida. Necesitan un pretexto, alguien a quien echarle la culpa de tanta desventura. Cualquier disfraz es bueno a la hora de la farsa. Y Santos viene como anillo al dedo. Porque ha traicionado a Venezuela, porque le ha quitado soporte internacional, porque ha alentado una oposición demoníaca, culpable de todas las desgracias. Y se acuerdan que lo tienen agarrado por el cuello, con el negocio de La Habana. Y por el cuello lo aprietan, dueños como son de los tahúres y de las cartas.
Maduro trata de conciliar, después de la ventaja que pudo sacar de la entrevista de Santos con Capriles. Pero Maduro no tiene reversa. Diosdado y la cúpula militar lo empujarían al cadalso, si fuere necesario. Alguien tiene que pagar y no serán ellos. A Judas tampoco le recibieron las treinta monedas, cuando quiso devolverlas. Al traidor se le cierran siempre los caminos del retorno.
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Acuerdos con las Farc

OPINIÓN| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS  | Publicado: marzo. 4, 2013 
Pero aún creyendo que Márquez no sabe bien qué es lo que piensa y dice, los acuerdos jamás logrados no alcanzan a entusiasmarnos.
Como nunca en la historia han conseguido acuerdos con las FARC los enviados a La Habana por el Presidente Santos. ¡Como nunca en la historia!
Suena conocida la cantinela. Como nunca en la historia se han hecho tantas maravillas en infraestructura, nos dicen mientras tratamos de movernos por carreteras destrozadas. Como nunca en la historia se han hecho tantas maravillas en materia de salud, les dicen a los infelices que llegan a las puertas de hospitales que se caen a pedazos, a tratar de recibir una atención cada día más pobre e inhumana. Como nunca en la historia se han perfeccionado inversiones en tecnología, en ciencias, en investigación. Como nunca en la historia ha sido tan respetada Colombia en el escenario internacional. Como nunca en la historia ha crecido la ayuda al campo, cuando el campo ve pasar la fila interminable de los cafeteros, bananeros, cacaoteros, maiceros, floricultores, arroceros arruinados. ¡Como nunca en la historia!
Hay que creer lo de las FARC. Lo dice una señora o señorita Marisol Gómez Giraldo, dueña de la verdad revelada sobre estos diálogos. Desde el oráculo de Delfos siempre ha sido así: hay una diosa Pitia que sabe lo que los mortales ignoran.
Pero eso no vale la pena. Lo que vale la pena es llenarnos de ilusión por la noticia de que expertos en temas agrarios como De La Calle, o Jaramillo, de una parte, y de la otra Márquez y Santrich y Granda, han llegado acuerdos nunca soñados. No vale la pena que las partes estén en desacuerdo con aquello de los acuerdos. Porque la encantadora Marisol nos asegura que están en firme y Márquez lo niega. Pero si Marisol lo dice, y ella escribe para El Tiempo, es porque Márquez no anda bien enterado de lo de que en verdad piensa Márquez.
Pero aún creyendo que Márquez no sabe bien qué es lo que piensa y dice, los acuerdos jamás logrados no alcanzan a entusiasmarnos. Aquello de formar un banco de tierras con las que se quiten a los bandidos, es demasiado obvio y demasiado simple como para que alguien se ponga en desacuerdo con ese acuerdo. Lo que es un poco más cuesta arriba es que de verdad el Gobierno le quite la tierra a los bandidos. Ya ha tenido más de dos años y medio para hacerlo en grande y no ha logrado nada. Nada, fuera de decir que en esa materia también se hacen cosas que jamás se hicieron.
Banco de tierras con las que se quiten a los bandidos. Nada original idea, pero tendremos que suponer que nunca antes se le ocurrió a nadie.  Empecemos por averiguar si ese banco empezará con el activo de más de millón y medio de hectáreas que dominan los bandidos de las FARC, que juran no tener un metro de tierra apropiado a la fuerza. Ahí ya naufraga el primero y fundamental acuerdo, tan dispendiosamente conseguido.
En la lista de estos colosales acuerdos, sigue el tema del catastro. Porque es también la primera vez que a alguien se le ocurre que haya un catastro bien hecho sobre las tierras rurales de Colombia. El problema estriba en saber si esas tierras valdrán algo o no valdrán nada después de que se consigan los demás acuerdos sobre tierras. Y si toda la tierra se va a repartir entre campesinos pobres, nos explicará alguien cómo aumentará el recaudo de impuestos que se consiga cobrándole a los más pobres de los pobres, que son los campesinos pobres.
En fin. Que doña Marisol nos puede decir misa, tomando de prestado la frase de Granda contra Santos, y no nos convence. Porque no  nos ha dicho si de verdad las FARC aceptan ser los mayores terratenientes de Colombia; si aceptan “latifundistas” y que cosa es un latifundista; si aceptan la inversión extranjera en el campo; si aceptan la formación de grandes empresas agrícolas y agroindustriales; si respetarán la propiedad agrícola legítimamente adquirida; si renuncian a la conformación de aquellas unidades campesinas donde no entren policías y soldados, porque para armas basta con las de ellos. En fin, que no hemos empezado y ya cantamos los mayores acuerdos jamás logrados. Genio y figura......
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¿Perdón y olvido?

 OPINIÓN| Por: MAURICIO VARGAS  | Publicado: marzo. 4, 2013  
¿Quién debe pagar la factura por el cuento chino de que el atentado contra Londoño no era obra de las Farc?
El presidente Santos salió a los medios a dudar de ello y abrió la posibilidad de que fuera la derecha, para atajar la aprobación, en la Cámara, del ‘marco jurídico para la paz’.
Son buenas las noticias que revela, sin aspavientos, el jefe negociador del Gobierno en La Habana, Humberto de la Calle. Que los diálogos con las Farc hayan pasado de las aproximaciones a los acuerdos, justo en momentos en que la opinión comenzaba a exigirlo, resulta muy positivo. Pero es de rigor mantener el escepticismo, pues parece que una opinión descreída empuja a la guerrilla a parlotear menos y a avanzar más en concretar pactos.
Mientras esto ocurría en Cuba, en Bogotá las autoridades judiciales esclarecían el atentado contra el ministro de Interior y Justicia del primer mandato de Álvaro Uribe, Fernando Londoño Hoyos, hace nueve meses en Bogotá. Con las pruebas recopiladas y la confesión de alias ‘Chapu’, miembro de la banda que cometió el crimen, en el sentido de que la columna ‘Teófilo Forero’ de las Farc pagó mil millones de pesos por el ataque, las versiones propagadas entonces por el Gobierno y varios medios, que planteaban que el atentado terrorista había sido obra de una supuesta mano negra de la derecha, han pasado a los anales de la más vulgar majadería.
Recordemos los hechos: el atentado ocurre a media mañana y, a pesar de que los primeros informes policiales apuntaban a las Farc, pues había datos ciertos de que preparaban carros bomba en la capital –de hecho, uno fue hallado en esas horas–, el presidente Juan Manuel Santos salió a los medios a dudar de ello y a dejar abierta la posibilidad de que fuera un acto de la derecha, destinado a atajar la aprobación esa tarde, en la Cámara de Representantes, de la reforma constitucional que establecía el ‘marco jurídico para la paz’.
La inmensa mayoría de los congresistas corrió como manada de borregos a votar la iniciativa. Decían que así evitaban que los enemigos de la paz se salieran con la suya. Semanas después harían lo mismo con la reforma judicial que el Gobierno impulsó hasta el último minuto, antes de que Santos se diera cuenta, bastante tarde, de que la norma, ya aprobada, estaba llena de micos que favorecían a los políticos más corruptos.
El famoso marco para la paz abre las puertas para que terroristas, secuestradores, reclutadores de menores y autores de masacres no paguen cárcel si un día dejan las armas como resultado de un proceso de paz. Ahora está claro que ninguna mano negra estuvo detrás del atentado contra Londoño para intentar frenar la aprobación de esa norma. Y que fueron las Farc, como dijo la Policía desde el principio.
Aparte de dejar mal parado al Gobierno nueve meses después de su ligereza, el resultado de la investigación judicial pone en la mesa los interrogantes que vendrán si las negociaciones en La Habana, como ojalá ocurra, siguen avanzando en el terreno de los acuerdos. La cuestión es sencilla: ¿qué tanto va el país a perdonar esos crímenes? En el atentado contra Londoño murió uno de sus escoltas: ¿les va a decir el Gobierno a sus familiares que quienes lo asesinaron saldrán libres? ¿A los sobrevivientes de la matanza de Bojayá, hace 11 años, donde las Farc masacraron a 119 campesinos inermes, refugiados en la iglesia del pueblo, les van a informar que sus verdugos quedarán perdonados y en libertad? ¿A los familiares de los muertos y a los mutilados de El Nogal les dirán lo mismo? Son asuntos sobre los que urge iniciar un debate.
* * * *
¿Dónde está? Mientras el ministro del Trabajo, Rafael Pardo, se faja horas y horas en la negociación con los sectores cafeteros en paro, y los ministros de Interior y Hacienda dan la cara ante los medios, el encargado del tema, el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, brilla por su ausencia. ¿Estará contento el Presidente al verlo clavar la cabeza en la tierra como un avestruz, en momentos en que, aparte del paro cafetero, asoman otros de cacaoteros y paneleros?
Mauricio Vargas
mvargaslina@hotmail.com
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¿De quién fue la culpa?

Reflector| Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS | Publicado: Ene.23, 2013 
Les va mal a nuestros negociadores en La Habana, porque calcularon mal al enemigo. Y no ellos. Fueron los que sirvieron de avanzada a esa audacia y ahora ejecutan una hábil retirada táctica.
Y ante el desastre, nada más a propósito que unos culpables.
La búsqueda de culpables es la prueba reina de cualquier fracaso. Por ahí sacamos en limpio cómo le va al doctor Santos con sus tertulias en La Habana. O cómo les va a Sergio Jaramillo y a Humberto de la Calle, sus emisarios para apaciguar la fiera. Les tiene que ir muy mal, ya lo sabíamos antes de abrir el telón a esta representación funambulesca. Pero cuando el ministro Carrillo lanza mandobles contra quienes nos hemos opuesto a que se entregue el país a las Farc, pone al descubierto la calidad de noticias que le llegan desde Cuba.
Pero aunque quieran evitarlo, se dejan conocer la angustia. Que ha llegado al extremo de jugarse una carta tan pesada como la del reconocimiento de Maduro y Jaua, a cambio de que les ayuden con 'Márquez' y 'Santrich'. Por escasamente letrados que sean los del Gobierno en achaques diplomáticos, sabrán que la visita de nuestra Canciller a rendir pleitesía al dueto golpista de Caracas -Maduro y Jaua- supone la bendición colombiana a una dictadura. Esa visita, calamitoso error, fue preparada por el embajador de Venezuela en la OEA, el desapacible Chaderton.
Ya Jaua viajó a La Habana, para hablar supuestamente de política y de béisbol con Chávez, pero en verdad para pagar el favor recibido de Santos, intentando mejorar las maneras de las Farc en la mesa de negociaciones.
Alto precio el que paga Colombia por ese favorcito. Reconocer gobiernos golpistas es asunto en extremo delicado. Y nos parece que aun tratándose de un juego de póquer, demasiado alto. Nos vienen al recuerdo Esaú, cambiando su derecho de primogenitura por un plato de lentejas o Ricardo III negociando su reino por un caballo. Las lentejas o el caballo podían ser muy apetecibles en sus circunstancias, pero siempre parece mejor soportar el hambre o asumir el riesgo.
De modo que estamos de acuerdo en que gobierne un moribundo, o un muerto, que ambas cosas se dicen, y que desde luego no puede tomar posesión de su cargo, con tal de buscar aliados para impedir, prorrogar o suavizar un desastre. En esas andamos. Pero no sobra contratar una póliza de seguro, que es lo que el doctor Carrillo hace, volviendo culpable al uribismo del fracaso santista de La Habana.
Las Farc no se conforman con lo mucho que ya les dieron: reconocimiento político, publicidad gratuita y un salvavidas providencial cuando estaban exhaustas, prácticamente exánimes. Así rescatadas, justificadas y fortalecidas, se sienten con agallas para venir por lo demás. Y lo demás es la Nación entera. Una política agraria a su medida, impunidad total para sus crímenes, ejercicio pleno de un poder político que no llegaron a soñarse y garantías que equivalen al imperio de su fuerza con la destrucción de la nuestra, la legítima de nuestro Ejército, nuestra Policía y nuestros jueces.
Cuando el destape de las cartas ha quedado en evidencia, el Gobierno se siente maniatado entre sus propias redes o perdido en su propia jungla. Y es cuando, desesperado ante el riesgo, pide socorro. Y se lo pide a quienes considera, con muy buenas razones, los jefes de sus contertulios, que son los del gobierno golpista de Venezuela.
Desde cuando leímos El jugador, de Dostoyevski, sabemos de lo que es capaz un jugador desesperado. Aquí lo inaceptable es que el que lanza restos no lo hace con su patrimonio, sino con el de los colombianos.
Les va mal a nuestros negociadores en La Habana, porque calcularon mal al enemigo. Y no ellos, habrá de reconocerse. Fueron los que sirvieron de avanzada a esa audacia y ahora ejecutan una hábil retirada táctica. Y ante el desastre, nada más a propósito que unos culpables. Que por variar somos los que respetuosamente ejercemos lo que llamaba Joseph Folliet la "sagrada función de la protesta".

Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.

La fe perdida

Reflector | Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS | Publicado: dic. 27, 2012 
Los colombianos no creen en nada. Tienen el alma seca de ilusiones y respetos.
Trágica despedida de este año fatídico.
Para mantener alta la imagen del presidente Santos hemos gastado muchos miles de millones de pesos en publicidad y encuestas. Pero lo grave es que perdimos el tiempo y la plata. La inversión no ha bastado para conservar la fe de los colombianos en su propio destino. Aun las encuestas profesionalmente optimistas revelan que nuestros compatriotas ya no tienen en qué creer. Mírese aquella última de Lemoine y se verán sus desoladores resultados, en el fondo los mismos que revela la de Invamer Gallup.
Después de festejar la imagen del gobernante, cada vez con menos entusiasmo, los encuestados consideran que su situación de inseguridad es pavorosa; que la guerrilla gana terreno sin cesar; que las mafias y la corrupción los agobian; que la canasta familiar es menos accesible, y el empleo más remoto y menos gratificante, a pesar de las piruetas del Dane; que la salud empeora en calidad y la educación es artículo de lujo. Parecería que todos tienen los versos de Arciniegas a flor de labios: “Ya la fe de otros años no me escuda, quedó de sueños mi ilusión desnuda y no puedo creer lo que me dices”.
Lo peor de la historia es que la desazón colectiva no se aplica solamente a este ejecutivo que no ejecuta, sino que penetra a fondo las demás instituciones del Estado.
No ha tenido el Congreso sólido prestigio popular. Pero este bate todas las marcas del disfavor público. La gente entiende que hace muy poco y que lo poco que hace lo hace muy mal. No se le escapa al más distraído que nada se legisló sobre pensiones, cuando hasta la señora Lagarde advirtió que por ese hueco negro se podía ir al abismo la nación entera; nada se hizo sobre cárceles, cuando las que tenemos apestan y nos avergüenzan ante los ojos del mundo; quedó trabada la ley de educación, cuando la calidad de la nuestra es la peor del vecindario; la de salud sigue entre promesas y anuncios, lo de siempre; el prometido Código Electoral en promesas se quedó y la ley agraria pasó del Capitolio de Núñez a la Plaza de la Revolución del Che Guevara.
Y cuando el Congreso se mueve, con el alma empalagada de mermelada, lo hace tarde y mal. La reforma de la justicia es el peor papelón de la Historia. La ley de víctimas se quedó sin un peso y la de tierras se confunde maliciosamente con la gestión del Superintendente de Registro sobre baldíos. Y acabamos de cerrar con una reforma tributaria que destroza a la clase media y al propio fisco. ¡Vaya novedad! ¡Una reforma para perder recaudos!
No extrañará a nadie que el Congreso supere el 70 por ciento de desfavorabilidad en el juicio popular. Pero queda lo peor. Y es que comparte honores con la justicia, a la que no se ama, ni se admira, ni se respeta.
Los colombianos han entendido, finalmente, que las altas cortes se convirtieron en una fábrica de sentencias para diseñar un sistema grosero de tributación y de pensiones, del que son beneficiarios sus propios miembros. Han entendido que la Corte Constitucional se especializó en propinar golpes de Estado para expandir sin medida sus atribuciones. Que el Consejo Superior de la Judicatura se convirtió en jubiladero de sus amigotes y en patrocinador de huelgas ilegales. Que la Corte Suprema de Justicia fue en su sala penal fábrica de “pitirris” y abrió por mayoría la puerta giratoria de sus miembros para perpetuarse en su propia mermelada; que el Consejo de Estado se convirtió en triste escenario de morosidad y mediocridad. Y que todos los jueces se dedicaron a la violencia de las huelgas que la Constitución les prohíbe. Galardón final: una sentencia popular condenatoria con más del 70 por ciento de los votos.
Los colombianos no creen en nada. Tienen el alma seca de ilusiones y respetos. Trágica despedida de este año fatídico.
Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin  y no siempre reflejan la opinión o posición de LA OTRA MITAD DE LAS VERDADES A MEDIAS.