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Dic 10 de 1948
Peláez y Gardeazábal agosto 1 de 2018
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Errores militares

22 de marzo de 2012 | OPINIÓN | Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS

A nadie le importa averiguar por qué estamos perdiendo la guerra
"Si al comienzo no muestras quién eres, nunca podrás después, cuando lo quisieres." (Infante Don Juan Manuel en El Conde Lucanor).
El caso de la muerte de un suboficial y 10 soldados en Arauca ha quedado cerrado. El Cabo tuvo la culpa por no cumplir los manuales que le dieron antes de ponerse en marcha con su escuadra. Y como nadie recuerda cómo se llama el Cabo, y como los muertos nunca tienen la razón, la causa se da por concluida.

A nadie le importa averiguar por qué estamos perdiendo la guerra.
En Arauca, como en La Guajira, en Norte de Santander y en el Cesar; en la costa del Pacífico, desde la frontera con el Ecuador hasta los límites con Panamá; en la antigua zona de distensión; en el Caquetá y en el Vichada, y en el bajo Cauca antioqueño y en Córdoba, la situación vuelve a parecerse a la del año 2002.
Libramos las cifras con los ataques certeros de la Fuerza Aérea, contando con respaldos de verificación y toma del terreno de comandos especiales o de la Policía. Lo demás es el desastre.
Los centros de observación serios que nos quedan revelan la verdad. Las estadísticas son las peores del último decenio.

La clave anda muy lejos de Arauca. El Tribunal Superior de Cali acaba de confirmar la condena contra el mayor Mauricio Ordóñez Galindo, y ocho de sus hombres, a la pena de 46 años de prisión, por haber dado de baja a cuatro bandidos que siendo o pareciendo miembros de las Farc azotaban las montañas que descienden hacia Cali. Desesperados los vecinos de la región por las extorsiones, las amenazas y los ataques que padecían, acudieron al Gaula comandado por el mayor Ordóñez. En perfecta operación militar, los sujetos, con tenebroso pasado judicial, lleno el cuerpo de cocaína y licor, portando armas que accionaron contra la tropa, cayeron abatidos.

El Tribunal nunca preguntó a los vecinos si como resultado de la acción militar recuperaron la perdida calma. ¿Para qué? Nunca se manifestó impresionado por el pasado de esos delincuentes. Nunca se inquietó por la desaparición de una pareja que habitaba la zona y que fue puesta por el Ejército a cubierto del fuego que podía desencadenarse. Primero dijeron que nada vieron, y después, manipulados por la Fiscalía, lo vieron todo. Ni la ubicación ni las sombras de la noche les estorbaron la visión. La recobraron como por encanto y luego... desaparecieron. Es imposible contrainterrogarlos, ni reconstruir con ellos la escena. El Juez y el Tribunal se quejan de que los hubieran movido antes del combate, porque se trataba de eliminar testigos. Tome nota el Ejército. De los combates hay que tener testigos. Resguardar civiles es prueba de culpabilidad.

El mayor Ordóñez dio una orden ilegítima. Y la ilegitimidad aparece porque cumpliéndola murieron civiles. ¡Vaya joya de lógica! Y porque en ella se daba, tácitamente, la orden de matar. Y este es el diamante de la corona. Los subalternos pueden obedecer, siempre y cuando "no se trate de una orden de matar" (página 24 de la sentencia).

También falló el mayor, porque no llevó consigo un fiscal. Quede claro: de aquí en adelante, operaciones sin orden de matar y con fiscal a bordo. Si los fiscales se suben a bordo de semejante buque. Y también falló el mayor porque se ofrecieron y dieron recompensas a los que denunciaron a los bandidos. Se trata de un negocio y el móvil del crimen es el dinero. Lo dice el Tribunal.
Hasta hoy teníamos el cuadro dramático de un Ejército que se negaba a combatir. Desde hoy, será peor. No habrá mando que imparta una orden de operaciones.

Arauca y Cali. Es lo mismo. Un Ejército que no puede combatir y al que asesinan a mansalva, porque no combate. Puede seguir el ilustre Ministro de la Defensa inaugurando impresionantes batallones. Más banderas, más himnos, más desfiles. Pierde su tiempo. Dedíquese mejor a combatir sentencias como la de Cali. Por esa y muchas otras parecidas perdemos la guerra.

De sentencias inicuas

09 de febrero de 2012 | Reflector | Por: Fernando Londoño Hoyos

Cuando la política se disfraza de justicia, esto es lo que pasa.

El Ejército y la Policía fueron condenados a sufrir el más detestable de los tratamientos.

   Puestos en la empresa de dictar una sentencia inicua, los dos magistrados del Tribunal Superior de Bogotá que condenaron al coronel Alfonso Plazas Vega pasaron de largo a dictar varias, que compiten en torpeza y perversidad.
    Las sentencias no pueden tener efecto sino respecto a quienes han sido juzgados. Es la garantía fundamental del debido proceso.
    Las sentencias no pueden contener penas que no estén previstas en la Ley. Es parte esencial del principio de reserva, que informa todo el Derecho de Occidente: nulla poena sine lege.
    Las sentencias no pueden suponer tratos crueles, inhumanos o degradantes. Derecho fundamental que contiene el artículo 12 de la Constitución.
    Las sentencias no pueden fundarse en normas posteriores al hecho que se imputa. Las leyes penales no son de aplicación retroactiva, sino a favor del reo.
    Nadie puede ser juzgado más que por tribunal competente para conocer su causa. Es un derecho fundamental.
    Nadie puede ser condenado sino por hechos plenamente demostrados en el proceso, y que le sean atribuibles a título de culpa o dolo.
    En proposiciones tan simples está contenido todo el Derecho que nació de las cenizas humeantes del Antiguo Régimen. Todas las revoluciones que para derrocarlo costaron tanta fatiga, tanto dolor y tanta sangre se resumen en estos principios que patearon los magistrados Pareja y Poveda, para vergüenza suya, de la Justicia y de Colombia.
    Ni las Fuerzas Militares ni la Policía fueron juzgadas con el coronel Plazas. Ni se las citó, ni las oyeron, ni se produjo en su contra prueba alguna, ni se hizo respecto a su conducta estimación de ninguna naturaleza. Y las condenaron.
    Y no solo las condenaron en proceso ajeno. Las condenaron a una pena que no está prevista en la ley colombiana. La humillación pública no forma parte de nuestro sistema punitivo. Aquello fue cosa de otros tiempos. El sambenito de la inquisición; la cabeza exhibida al público por el verdugo después del hachazo o de la guillotina; el cuerpo sangriento expuesto al odio o al terror del pueblo; la cabeza paseada en escarpas o guardada en jaulas; los azotes ante espectadores repugnados o entusiastas; las retractaciones arrancadas en el tormento o las confesiones humillantes, como en los juicios estalinianos, todo es parte de una Historia vencida, que no se puede dejar resucitar.
    El Ejército y la Policía fueron condenados a penas inexistentes y a sufrir el más detestable de los tratamientos, de las degradaciones, de las crueldades. Pedir público perdón por cumplir el deber, por defender los más preciados valores de la Democracia, por arriesgar la vida para salvar la de otros es la peor ofensa irrogada nunca a hombres y mujeres de honor. Esa sentencia no es solo antijurídica, es un detestable acto de terror contra las instituciones más amadas por el pueblo colombiano.
    El Estado también se llevó su parte. Cuando el Tribunal decidió acudir a la Corte Penal Internacional no solo cometió un disparate, sino que nos condenó sin juicio a todos los colombianos. A exhibirnos ante el mundo como un pueblo de salvajes donde no hay jueces, ni garantías para ellos, ni rastros de Estado de Derecho. Esa ignominia la cometieron en apariencia contra un hombre benemérito, cargado de años y merecimientos, el presidente Betancur y contra todos sus ministros. Y no es una compulsa de copias. Porque Pareja y Poveda no pueden ser ignorantes a tal extremo. Ellos saben que la Corte no aceptará competencia por hechos desfasados 27 años respecto a sus atribuciones. Pero no se trataba de juzgar. Se trataba de meter una tarascada, de satisfacer odios, de gozar un triunfo político, a costa de la majestad de la justicia y del honor de Colombia. La de Plazas tendrá tiempo. No hay espacio ni prisa.

Desorden público

06 de febrero de 2012 | COLUMNA | Por: Francisco Santos

Los éxitos se subieron a la cabeza. ‘Jojoy’ y ‘Cano’ son sin duda logros importantísimos, pero ello cambió la dinámica militar que se concentró en este foco y olvidó el control territorial.
A este Gobierno no le gusta escuchar la crítica, del temor de coger carretera o de ir a la finca.
No hay que dar más vueltas: el orden público se les está desmadrando al presidente Santos y al ministro Pinzón. Con unas consecuencias graves. La primera, que el agro se comienza a manejar a distancia otra vez, la extorsión a las empresas vuelve a ser pan de todos los días y en las carreteras se pierde la tranquilidad. La segunda, que se desmorona la confianza de los ciudadanos.
Sí, se siente con mucho más impacto en la periferia, pero ya en otras zonas de mayor resonancia mediática se habla, en voz bajita, pues a este Gobierno no le gusta escuchar la crítica, del temor de coger carretera o de ir a la finca. En ciertos círculos económicos ya se habla de inversionistas extranjeros que dejaron de venir a Colombia. Lo grave es que esto ya lo vivimos hace unos años; lentamente calentaron el agua y cuando llegó Uribe el sapo estaba casi calcinado. Nos fueron cociendo, como sociedad como país, poco a poco. Que no nos vuelva a suceder.
¿Qué está pasando? Muchas cosas. La primera que los éxitos se subieron a la cabeza. ‘Jojoy’ y ‘Cano’ son sin duda logros importantísimos, pero ello cambió la dinámica militar que se concentró en este foco y olvidó el control territorial. Si a esto se le suma que se dejaron perder dos elementos críticos, la red de cooperantes y los soldados de mi pueblo, el resultado es voladura de torres y de oleoductos, presencia guerrillera en carreteras y atentados como los de esta semana. Sin información y sin control territorial sucede lo que hoy está pasando.
Otro elemento clave para entender el desorden es que frente a la reestructuración y adaptación de las organizaciones criminales, la Fuerza Pública sigue sin innovar y malgastando esfuerzos. Un ejemplo: para la protección de torres y oleoductos pide más tropa cuando con elementos tecnológicos y pocos hombres se hace. La adaptabilidad, creatividad y aprendizaje constante que se vio en los ocho años del gobierno anterior se han frenado.
Lo que lleva al punto del liderazgo. Se pasó de la firmeza en el mensaje a las aguas tibias de la confusión. Del micromanejo y conocimiento de la geografía nacional a la delegación y la reacción tardía. Hay, no nos digamos mentiras, una relajación en la fuerza por el liderazgo desligado del trabajo detallado del día y hora el anterior Presidente. Con lo sucedido en las últimas semanas, ¿cuántos generales y coroneles habrían sido llamados a calificar servicios durante la anterior administración?
Y no podemos olvidar el elemento final de esta ecuación, la justicia. Con el fallo de Santodomingo los pilotos de la Fuerza Aérea están muertos del susto y dudan. Con el fallo del coronel Plazas arrinconaron a generales, ministros y presidentes. Con los fallos del DAS, con excepción de los de Noguera y compañía, acabaron con la posibilidad de tener buena inteligencia. Con muchos otros fallos los policías y militares rasos prefieren dejar que sucedan las cosas, pues si disparan acaban en la cárcel. Y con la persecución y acoso judicial al expresidente Uribe se manda un mensaje: la guerra jurídica la ganaron los criminales.
Recuerdo lo que me dijo Uribe cuando me pidió ser su vicepresidente: “Sólo tenemos que lograr una cosa y este país sale adelante, recuperar la confianza”. Ocho años construyendo ese sentimiento de futuro, reglas claras y optimismo que se sentía en el país, poco a poco se pierde, se desmorona, se esfuma. Qué dolor. Dolor de Patria, como dice Uribe.