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De tumbo en tumbo


24 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: Jesús Vallejo Mejía

Cuando estalló el escándalo de la reforma judicial, recibí la llamada de una amiga que estaba muy inquieta con el revuelo que se había producido y quería saber mi opinión sobre lo que estaba ocurriendo.

Esforzándome en resumir el caso, aventuré la siguiente hipótesis:

Santos buscaba a todo trance que se aprobara lo que los escépticos llamamos el  “Marco Jurídico para la Impunidad”, pero necesitaba comprar los votos del Congreso.

El precio del apoyo a tan discutible y poco discutida iniciativa que el Congreso evacuó a las volandas,  no solo consistió en prebendas burocráticas y presupuestales. Era necesario algo más sustancioso y pienso que para tal efecto se urdió la reforma de la justicia, con el objetivo de convertirla, como en efecto se hizo, en una reforma política.

Como las altas cortes empezaron a torpedearla, a alguien se le ocurrió sosegarlas con el halago de la prórroga del período de los actuales magistrados. Tapándoles la boca, el Congreso quedaría con las manos libres para modificar las materias de índole judicial que más le interesaba resolver.

Reitero que todo esto es hipotético, pero tal vez no sea fantasioso.

Lo he hilado a partir de hechos conocidos, sirviéndome además de los agudos y valerosos escritos que al tema de la reforma de la justicia le ha dedicado Ramón Elejalde Arbeláez en “El Mundo”.

Elejalde me abrió los ojos cuando escribió que a su juicio la reforma judicial era una piñata, advirtiendo al mismo tiempo que su trasfondo era una reforma política llamada a resolver principalmente los problemas judiciales de los congresistas.

Esos problemas son reales y muy graves.

Dejemos fuera de debate que los congresistas no son dechados de corrección y dejan no poco que desear, lo que ha dado pie para que la Fiscalía, la Corte Suprema de Justicia, el Consejo de Estado y la Procuraduría los mantengan en la mira, a menudo seguramente con buenas razones.

Pero de ese modo se ha producido un desbalance de poderes en beneficio de la rama judicial y los organismos de control.

Ese desequilibrio afecta a todas luces la independencia de los congresistas, que viven temerosos de la politización de la justicia y la judicialización de la política.

Siendo objetivos, hay que reconocer que esa situación ameritaba regularse de manera que se pudieran evitar los excesos de una justicia politizada, preservando al mismo tiempo dentro de justos límites la necesaria inviolabilidad de los congresistas.

Pero, ¿quién osaría ponerle el cascabel al gato proponiendo reformas al fuero, a la pérdida de la investidura, etc., a sabiendas de que cualquier iniciativa en ese sentido sufriría de inmediato la satanización de parte de una prensa que goza excitando al público con escándalos y debates contra los políticos?

Pues bien, la ocasión la pintaron calva cuando el gobierno se empeñó en el malhadado proyecto de justicia transicional y la iniciativa de una reforma judicial.

Ni cortos ni perezosos, los congresistas aprovecharon la oportunidad para introducir, so capa de esta última, los dispositivos tendientes a solucionar sus propias inquietudes. Y lo hicieron a ciencia y paciencia del gobierno, que no tenía otro remedio que seguirles el juego si quería sacar adelante el primero de esos proyectos.

Digo, entonces, que las dos iniciativas iban de la mano.

Mi amigo Jorge Rafael Vélez dio en el clavo cuando me comentó que, a su juicio, lo que yo he llamado el “Marco Jurídico de Impunidad para los narcoterroristas” anduvo en paralelo con lo que a él se le ocurrió denominar el “Marco Jurídico de Impunidad para los congresistas”.

Ambos estaban hermanados y el gobierno dejó que se moviera el segundo a cambio de que le dieran gusto en el primero.

Los congresistas cumplieron lo suyo y, aparentemente, el gobierno se estaba allanando a dejarlos obrar a su amaño en la reforma judicial trocada en reforma política, sin importarle los llamados a la sensatez que se le hacían desde distintos frentes.

Pero algo sucedió el día jueves, luego de dársele el puntillazo final a la reforma con el visto bueno del ministro Esguerra.

Pienso yo que, alarmado por sus amigos de la Gran Prensa, Santos vio que lo que aprobó el Congreso causaría indignación y decidió entonces  ponerse a la cabeza de los indignados para no arriesgar la suya, prefiriendo sacrificar a su  ministro Esguerra y al Congreso dominado por la Mesa de Unidad Nacional, que ya podría llamarse más bien de Impunidad Nacional.

Como dije en Twitter, Santos resolvió pasar de Judas a Pilatos, lavándose las manos y echándole el agua sucia al Congreso.

Acudió a un expediente discutible como el que más, consistente en invocar la posibilidad de formular objeciones por inconstitucionalidad e inconveniencia contra un acto legislativo, atribución para la que no sólo no está autorizado por la Constitución, sino que la Corte Constitucional implícitamente ha considerado que  no cabe por no ser los actos legislativos materia de sanción presidencial. Así se desprende de las sentencias C-222 de 1997 y C-208 de 2005, entre otras.

Tratando de salvar su imagen ante el público, Santos  ha generado un embrollo jurídico-político de enormes proporciones y muy inquietantes repercusiones. Opino que busca ocultar sus errores de manejo legislativo con nuevos errores más graves aún. Por eso he titulado este artículo “De tumbo en tumbo”.

Pasemos por alto su problema de credibilidad frente al público, que a juzgar por lo que se lee en Twitter anda de mal en peor, y el de lealtad con su Mesa de Impunidad Nacional, que no es de poca monta, para concentrarnos en su decisión de no publicar lo que aprobó el Congreso y devolvérselo a este con objeciones.

Rafael Nieto Loaiza acaba de escribir que con esta decisión Santos está generando un galimatías jurídico. Ni más ni menos, pues con tesis que van y vienen las discusiones pulularán sembrando el desconcierto.

Ya he expresado en Twitter y en declaraciones para “El Colombiano” mi opinión sobre el tema jurídico.

La resumo: acto legislativo reformatorio de la Constitución y ley son figuras distintas. El primero es ejercicio del llamado poder constituyente secundario; la segunda, de la función legislativa. El Presidente en nuestro sistema es colegislador y por ese motivo los proyectos de ley requieren su sanción para convertirse en leyes. El poder de objetarlos es parte de de sus atribuciones legislativas. Para las reformas constitucionales, en cambio, no se requiere sanción. Los actos legislativos se perfeccionan cuando los apruebe el Congreso. El papel del Presidente se limita a ordenar su publicación en el Diario Oficial para que entren en vigencia.

No entremos, sin embargo, en esta discusión y concentrémonos en el caso concreto.

Siempre y cuando lo aprobado en la conciliación que suscitó la controversia esté debidamente firmado por los presidentes de Senado y Cámara y los respectivos secretarios, Santos de hecho procederá a devolverlo con objeciones.

En cuanto a la fundamentación jurídica, ya sus asesores han encontrado algún fallo que con base en la Ley 5 de 1992 le ofrece una remota viabilidad. Como él no es jurista y su formación más bien lo lleva a desdeñar los intríngulis del derecho, con esa opinión se jugará sus restos.

¿Qué podría sucederle?

La primera alternativa consiste en que el Congreso  responda que sus objeciones no son de recibo, bien porque constitucionalmente no proceden, ya porque el término para evacuarlas ya está vencido, dado que los actos legislativos deben debatirse en dos periodos consecutivos de una misma legislatura que ya pasó.

Con esta alternativa, el Congreso le devolvería el balón y el debate ya sería acerca de la publicación del acto legislativo.

La segunda alternativa, muy heterodoxa por cierto, sería que el Congreso abordara las objeciones.

Ahora bien, dada la controversia  tan pugnaz que se ha producido alrededor del asunto, probablemente las aceptaría, dejando incólumes las disposiciones no objetadas. Santos, en consecuencia, procedería a publicar el acto legislativo con exclusión de la parte objetada.

Después de ello, con toda seguridad habría demandas ante la Corte Constitucional, bien por vicios de trámite, ya porque se ponga en cuestión lo decidido acerca de las objeciones, ora por la nebulosa causal que remite al espíritu de la Constitución. Pero ya habría pasado esta tormenta.

Con esta alternativa, todos aparentemente saldrían airosos del incidente. Pero, no indemnes.

Santos tendría que pagarle un precio muy alto al Congreso por haberlo humillado y traicionado. Eso lo veremos cuando se discuta la reforma tributaria y entre en juego el tema de la reelección.

Y queda sobre el tapete un delicadísimo tema institucional, pues el cercenamiento del papel constituyente del Congreso le daría al Presidente un poder inaudito, el de paralizar las reformas constitucionales que no sean de su agrado.

Leí esta mañana unas muy juiciosas declaraciones que dio para El Colombiano mi apreciado discípulo y amigo, el consejero Marco Velilla, acerca de la desinstitucionalización que  estamos presenciando por obra de un gobierno que es muy poco respetuoso del derecho.

Este es tema que habré de examinar más adelante.

Publicado: Junio 24, 2012

Twitter: @jesvalme

MARCO DE IMPUNIDAD

17 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: RAFAEL NIETO LOAIZA

La reforma permitirá que asesinos, secuestradores, violadores y narcotraficantes miembros de las guerrillas puedan ser elegidos a cargos de elección popular.
No serán investigados esos criminales si no caen en la categoría de "máximos responsables".
La aprobación en último debate del "marco jurídico para la paz" y las inclusiones finales que se le hicieron exigen unas nuevas reflexiones.

Como los textos aprobados en Senado y Cámara son diferentes, el martes tendrá lugar la conciliación definitiva.

Sé bien que lo que acá se escriba no tendrá ningún impacto en el ánimo de los parlamentarios (en verdad los columnistas no ejercemos influencia alguna y menos en los congresistas), pero la gravedad de lo que será aprobado exige al menos dejar una constancia.

Sea primero decir que pasó lo esperado: la reforma permitirá que asesinos, secuestradores, violadores y narcotraficantes miembros de las guerrillas puedan ser elegidos a cargos de elección popular.

El Gobierno volvió a meter, por la puerta de atrás, un artículo que permite la elección popular de guerrilleros condenados por delitos atroces.

En este país desmemoriado hay que recordar que una norma con diferente redacción pero el mismo efecto había sido retirada de la discusión en el Congreso, cuando un grupo de los policías y militares secuestrados fue asesinado a sangre fría por las Farc.

Pero el retiro de entonces fue una jugada táctica para que, anestesiados como vivimos y lejanísimo ya el recuerdo de los muertos, ahora se volviera a abrir la puerta a que Timochenko y compañía puedan ser tratados como, por ejemplo, honorables padres de la patria.

La cosa se hizo por vía de entregarle a una ley estatutaria la posibilidad de definir "los delitos considerados conexos al delito político para efectos de la posibilidad de participar en política".

La única restricción estará en que los crímenes de lesa humanidad y el genocidio no podrán ser considerados conexos siempre que se hayan "cometido de manera sistemática".

Pareciera una precisión innecesaria, porque por definición el crimen de lesa humanidad requiere un "ataque generalizado o sistemático contra la población civil".

Pero en realidad no es gratuita: la explícita restricción de que haya sistematicidad beneficia de entrada a todos los asesinos, secuestradores y violadores "ocasionales".

Si eso no fuera mucho, desde ya es posible imaginar a todos los jueces que sostendrán que el delito cometido con "fines altruistas" no es nunca un crimen de lesa humanidad y a todos los congresistas que en la ley estatutaria fijarán unos criterios para definir la "sistematicidad" que permitirán que prácticamente ningún guerrillero quede excluido de los beneficios.

No menos importante es resaltar lo que la norma dice tácitamente cuando establece que sólo los crímenes de lesa humanidad y el genocidio no podrán ser considerados conexos con los delitos políticos.

Eso significa que los guerrilleros responsables de crímenes de guerra y de delitos atroces que no constituyan crímenes de lesa humanidad sí podrán ser elegidos, y que también podrán serlo los terroristas y los narcotraficantes porque el terrorismo y el narcotráfico no son crímenes de lesa humanidad.

Si eso no bastara para asquearse, habría que agregar que el marco permite que sólo "los máximos responsables de crímenes de lesa humanidad, genocidio, o crímenes de guerra cometidos de manera sistemática" sean investigados.

Es decir, que no serán investigados esos criminales si no caen en la categoría de "máximos responsables".

Y remata con la perlita que de aun a los "máximos responsables" de estos crímenes, los más abominables que puedan ser concebidos, les sea suspendida la pena, de manera que aun condenados podrán disfrutar de su libertad sin restricción alguna.

En fin, el senador Roy Barreras, ponente de este engendro, se llevará las palmas de los caraduras.

No tuvo reparo en afirmar, sin sonrojarse, que el marco "no es un instrumento de impunidad, no le rebaja un día de cárcel a nadie, ni le regala beneficios a nadie".

Creerá que somos todos unos p?

Pensándolo bien, quizás tenga razón.
Publicado: Junio 17, 2012

Twitter: @PalomaValenciaL

¿Paz con este Marco?

15 de junio de 2012 |La Claridad| Por: PALOMAVALENCIA LASERNA

Si en las Farc subsiste alguna ideología política no van a transarse tan sólo por concesiones en el ámbito judicial. Exigirán que Colombia se convierta en un Estado socialista o comunista.
No se puede iniciar una negociación habiendo cedido todo lo que se pretendía conceder.
Se aprobó el Marco jurídico para la paz. Muchos están convencidos de que este es un paso que nos acerca a la ‘paz’. Basta recordar la historia reciente de Colombia para entender que se trata de un sueño, una ilusión de los colombianos. Lo cierto es que construir la paz es mucho más complejo de lo que desearíamos. Ojalá la paz pudiera conseguirse a través de una decisión legal.
Sea lo primero, reflexionar por un momento en la noción de ‘paz’. Es un término cuyo uso reiterado lo ha ido vaciando de contenido. La paz para los colombianos es una idealización personalísima e íntima que no se limita a la negociación con uno o dos grupos de criminales. Esas negociaciones tienen resultados positivos, pues siempre será bueno tener menos personas en armas, sin embargo no pueden llamarse paz. Lo hemos vivido, luego de que desaparece por negociación un grupo, aparece otro. El narcotráfico y la cultura mafiosa han destruido la lógica de la vida en sociedad y los millones de dólares del ilícito financian e invitan a nuevos y peores crímenes. Es un círculo que además se nutre de que el resultado final de los violentos es positivo. El mensaje, ya aprendido por muchos, es que después de muchos años de violencia es posible ser perdonado y obtener, además, réditos políticos.
Han existido ya muchas ofertas de amnistía e indultos, pero nunca han sido suficientes para las Farc. El expresidente Betancur hizo un intento de similar envergadura a las Farc, cuando todavía no era narcotraficante, y lo rechazaron categóricamente, el M-19 en cambio la abrazó y se reinsertó a la vida nacional. El expresidente Pastrana también se la jugó por un acuerdo, confiado en que alcanzaría un resultado fue generoso en ofertas y concesiones. La respuesta soberbia y ruin de los violentos bien la conoce el país. Es probable que no haya ningún diálogo y que de haberlo no se obtenga resultado.
Las Farc no están interesadas tan sólo en un perdón y olvido. Si en ese grupo subsiste alguna ideología política no van a transarse tan sólo por concesiones en el ámbito judicial. Exigirán que Colombia se convierta en un Estado socialista o comunista. Pedirán una constituyente, representación política y una serie de privilegios y cesiones que no son posibles. No sólo porque es moralmente inaceptable que los violentos nos impongan las formas de gobierno, sino además porque ninguna nación de estos tiempos podría vincular a los terroristas, a los narcotraficantes como agentes del liderazgo político. Sería un exabrupto, un atropello al derecho internacional y a las víctimas. Si, en cambio, las Farc carecen de ideología política, la negociación tampoco es fácil. Se trata de agentes del narcotráfico y criminales que han ensamblado una sofisticada máquina de poder que se sustenta en el miedo de las comunidades. ¿Qué podría ofrecerles el Estado que pudiera compensar esos recursos? ¿Qué les otorgará igual sensación de superioridad sobre el resto de los colombianos?
El Marco es un error estratégico. No se puede iniciar una negociación habiendo cedido todo lo que se pretendía conceder. Se estableció como mínimo, lo que debía ser el resultado final. Si había que hacer un ejercicio para limitar la justicia transicional hubiera sido necesario establecer más bien límites para que los gobernantes de turno no entreguen más de lo que la sociedad estaría dispuesta a entregar. Una legislación como la que se aprobó es una invitación para que los gobernantes sedientos de vanidad busquen resultados, sin pensar en el largo plazo.
Publicado: Junio 16, 2012

Twitter: @PalomaValenciaL

¿Valores Democráticos en Decadencia?

8 de junio de 2012 |OPINIÓN| Por: JUAN DAVID VÉLEZ

Hoy, después de dos años de las elecciones presidenciales y del Congreso, estamos siendo gobernados por personajes que defendían y prometían continuar una plataforma política que hoy ha sido abandonada, engañando al electorado, a la Patria.
Si el electorado sigue siendo engañado por sus gobernantes, se irán poco a poco desapareciendo los valores democráticos.
Colombia siempre ha sido un país orgulloso de su sólida democracia, somos llamados la “democracia más antigua del continente” y siempre se ha mantenido un respeto entre las diferentes ramas del poder. Sin embargo, Colombia hoy está perdiendo los valores fundamentales de la democracia y estamos corriendo el riesgo de llegar a ser un Estado Fallido, manejado por aquellos que no entienden de democracia, no se comprometen con ella y nunca han luchado por mantenerla: los terroristas de las FARC y su élite política cómplice.
Los colombianos nos hemos mantenido activos en cada una de las elecciones durante las últimas décadas, hemos elegido candidatos que se han comprometido por trabajar por el bien del país y otros candidatos que han sido elegidos o por cargar ataúdes o por astutas maniobras en sus campañas. Hoy, después de dos años de las elecciones presidenciales y del Congreso, estamos siendo gobernados por personajes que defendían y prometían continuar una plataforma política que hoy ha sido abandonada, engañando al electorado, a la Patria y a uno de los principios fundamentales de la democracia y de la vida; la verdad. Podemos seguir teniendo elecciones como Venezuela, Ecuador y otros países que hablan de democracia pero no que resiste ningún análisis. Si el electorado sigue siendo engañado por sus gobernantes, se irán poco a poco desapareciendo los valores democráticos.  
Adicionalmente, la libertad de prensa está siendo grotescamente manipulada con pautas publicitarias estatales, impidiendo desarrollar su papel fundamental que es decir la verdad y el derecho ineludible de ser bien informados. Hoy los colombianos somos sometidos a una selección minuciosa de noticias donde nos quieren vender una realidad totalmente diferente a la que vivimos. En caso de que se hable de forma crítica al gobierno, éste no duda en mandar “emisarios de buena voluntad” (Caso concreto el periódico El Colombiano) para silenciar las válidas y necesarias críticas. Un parecido más a Venezuela y Ecuador, países que sacan pecho hablando de democracia mientras su presidente cierra y demanda a los medios de comunicación que critican su equivocaciones y desafuero. Una prensa libre genera valores democráticos mientras se mantenga la  imparcialidad, prudencia, veracidad y responsabilidad en su información.
La llamada Justicia transicional carece de principios fundamentales y está cohesionada en ser selectiva y en contaminarse de corrupción y maldad creando un problema mayor para Colombia. Para nadie es un secreto que la justicia en Colombia ha cohabitado con el narcotráfico y el terrorismo que la infiltró debilitándola profundamente. Muchos procesos judiciales de personajes públicos se han convertido en una oportunidad para los criminales de  vengarse de quienes han sido sus mayores luchadores de forma democrática. Casos como el de Andrés Felipe Arias, Coronel Plazas Vega, Bernardo Moreno, Luis Carlos Restrepo, General Uscategui y miles de militares están siendo vulnerados por falsos testimonios, venganzas personales o calumnias de aquellos que fueron por ellos combatidos por atentar contra el país. La justicia está al servicio de los delincuentes que encuentran en ella una forma más de combinar todas sus formas de lucha.
Siendo tan incontrovertibles los señalamientos como el deterioro de la libertad de prensa, el transfuguismo político de hacerse elegir con unos planteamientos y gobernar con otros, y un deterioro alarmante de una justicia selectiva; las nuevas generaciones de colombianos debemos entender la importancia de los valores democráticos en nuestra nación. Comprometámonos todos los colombianos a defender las instituciones, respaldando las Fuerzas Militares de Colombia, a participar activamente en la democracia, a buscar y defender la verdad. Es nuestra responsabilidad mantener los valores con respeto, convicción y tolerancia para poder defender desde cualquier lugar los intereses de la Patria. Exijamos a políticos a poner en práctica las palabras de Winston Churchill: “Un político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones, no en las próximas elecciones".
Publicado: Junio 08, 2012
Twitter: @juandavelez

¿Para la paz o para la violencia?

2 de junio de 2012 |Registro| Por: Rafael Nieto Loaiza
La reforma, el ‘marco jurídico para la paz’, es un mecanismo de impunidad. De acuerdo con ella, responsables de los crímenes más atroces y horrendos podrán no ser investigados.
Indigna la hipocresía de tantos dirigentes políticos y opinadores, muchos del Partido Liberal, que se rasgaban las vestiduras por los beneficios a los paras.
La noche del atentado, cuando se lloraba a los escoltas asesinados y se atendían las heridas de Fernando Londoño, y mientras que un General de la Policía señalaba a las Farc como autoras del bombazo, el presidente Santos sugería que una fantasmal “extrema derecha” sería la responsable y batallaba en el Congreso para impulsar el “marco jurídico para la paz”.
Semejante actitud exculpatoria sólo se explica por el afán de Palacio de impulsar un proceso de paz. Con ese propósito quiere una reforma constitucional que le permita escoger los terroristas a los que no se perseguirá penalmente y a los que, ya condenados, se les suspenderá la pena. De acuerdo con la reforma, no importa si los beneficiados son responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra.
Esta fuera de duda que la reforma, el ‘marco jurídico para la paz’, es un mecanismo de impunidad. De acuerdo con ella, responsables de los crímenes más atroces y horrendos podrán no ser investigados o, si ya hubieran sido declarados penalmente responsables, podrán disfrutar de la libertad sin apremio alguno.
La reforma es un retroceso en relación con los avances en verdad, justicia y reparación obtenidos en la Ley de Justicia y Paz. En ella se establecían penas mínimas que, aunque no proporcionales a los delitos cometidos, al menos consagraban la privación de libertad por varios años.
El doble estándar no es gratuito. Responde a una inclinación de sectores que creen que hay “condiciones objetivas” para la violencia y que los que delinquen contra el Estado están movidos por fines altruistas y merecen un tratamiento privilegiado. Por el contrario, las sociedades contemporáneas entienden que la violencia es el verdadero conflicto y que la motivación política de un crimen es un agravante de la conducta y no razón para justificarlo o darle tratamientos penales favorables. En fin, este Gobierno es uno más en la larga lista de quienes han ofrecido indultos y amnistías a los subversivos.
Tampoco sorprenden las posiciones de la izquierda ni el silencio de las ‘oenegés’ que la respaldan. Lo que sí indigna es la hipocresía de tantos dirigentes políticos y opinadores, entre ellos un número importantísimo del Partido Liberal, que se rasgaban las vestiduras por los beneficios a los paras y que hoy empujan sin vergüenza alguna el proyecto de impunidad del Gobierno.
Con todo, ni la impunidad en que quedarán crímenes gravísimos, ni el doble estándar ni la hipocresía de tantos, son lo más grave de la iniciativa presidencial. Lo peor es que la reforma no sólo no contribuye a los propósitos de paz que supuestamente la mueven sino que consigue el efecto exactamente contrario. En efecto, al establecer semejantes beneficios futuros para los criminales, les asegura que sin importar la naturaleza y gravedad de los actos terroristas que cometan hoy, mañana el Estado estará presto para beneficiarlos penalmente y enviarlos felices a sus casitas. En realidad la reforma impulsa la violencia de los terroristas.
Y si con eso no bastará, desmotiva a la Fuerza Pública. ¿Para qué combatir a los criminales si después el Estado les liberará sin importar la naturaleza de sus crímenes? ¿Para qué jugarse la vida por un Estado que después premiará a sus enemigos? Es decir, el ‘marco para la paz’ alcanza lo contrario: impulsa a los terroristas a seguir delinquiendo y, al mismo tiempo, descorazona a quienes nos defienden.
Publicado: Junio 03, 2012

Paradojas

6 de mayo de 2012 | La Claridad | Por: Paloma Valencia Laserna
La seguridad en el país ha venido desmejorando; es alarmante y preocupa, y por eso conviene buscar las posibles causas. Esta semana se han dejado ver un par de paradojas que afectan la seguridad y la justicia, y conviene denunciarlas.
Al Gobierno Nacional no le gusta la crítica política y la oposición está condenada a epítetos para descalificarla como los de ‘mano negra’ o ‘idiotas útiles
En el Congreso se tramita el fuero militar y se discuten los mecanismos para evitar que los delitos de lesa humanidad y los crímenes atroces de los militares sean juzgados por la Justicia Penal Militar -pues según la Comisión de expertos, eso daría lugar a la impunidad; y al mismo tiempo, se avanza en la aprobación del Marco Jurídico para la Paz que otorga beneficios a los miembros de grupos armados al margen de la ley y consagra la impunidad para ellos. La contradicción es evidente: los guerrilleros dedicados al narcoterrorismo y que han sembrado el dolor en tantos pueblos y ciudades colombianas, tienen en Roy Barreras y la Unidad Nacional la garantía para obtener mecanismos para su reinserción en condiciones de impunidad. Esto contrasta con la situación de militares: para ellos no hay rebajas y concesiones; se busca endurecer sus juicios a pesar de que ellos están dedicados a la defensa de la democracia y la protección de la ciudadanía.
Sobre el mismo Marco Jurídico para la Paz muchos colombianos venimos haciendo la advertencia de que se trata de un proyecto que no debe ser aprobado, pues consagra elementos que darán lugar a la impunidad. El texto dice que la Justicia Transicional tendrá criterios de priorización y selección; y corresponderá a la Fiscalía determinar contra quienes suspenderán la ejecución de la pena y contra quienes cesarán la persecución judicial. Y además establece el terrible principio de que sólo se procesará a los máximos responsables de delitos que adquieran la connotación de crímenes de lesa humanidad o crímenes de guerra. No hay que ser un estudioso del derecho para entender que el castigo de estos crímenes será sólo para algunos cabecillas; o incluso los cabecillas podrán responsabilizar a mandos medios para salir libres.
En ese mismo sentido, se expresó el expresidente Uribe y, además, recalcó la necesidad de que los derechos políticos de los reinsertados fueran limitados para evitar que la violencia sea -otra vez- un vehículo político. Sin embargo, aquellos comentarios fueron ignorados; no le merecieron al Gobierno ninguna respuesta. Paradójicamente apareció Human Rights Watch y opinó lo mismo; pero la voz de Vivanco removió al Gobierno, lo que ha dado lugar a nutridas respuestas y justificaciones del proyecto.
El hecho es desconcertante; corrobora que al Gobierno Nacional no le gusta la crítica política y que la oposición está condenada a epítetos para descalificarla como los de ‘mano negra’ o ‘idiotas útiles’, y muestra esa tendencia a prestar más importancia a los organismos internacionales que a los propios nacionales. Sobre la ausencia de oposición y la necesidad de que este Gobierno oiga a sus críticos se ha dicho mucho, así que conviene adentrarlos en el análisis de la internacionalización de nuestros problemas.
La idea, ya muy arraigada entre nosotros, de que la comunidad internacional vive pendiente de lo que sucede en Colombia es falsa, y confunde esa comunidad con la sociedad global. Lo cierto es que los colombianos somos los únicos llamados a solucionar nuestro conflicto, pues nos afecta a nosotros. Se trata de la construcción de nuestra sociedad y nuestra nación. Las colaboraciones internacionales son bien recibidas, pero no pueden marcar la pauta de nuestro debate y nuestras decisiones.
Fecha: Mayo 4, 2012

Lineamientos para una paz negociada (II)

10 de abril de 2012 | Zona Franca | Por: JOSÉ OBDULIO GAVIRIA
'Debemos darle al guerrillero un tratamiento privilegiado como delincuente político, como combatiente y como rebelde'.
Roy Barreras emprendió jubiloso la vocería de 'La unión hace la fuerza' -ver artículo del 4/4/12- y, como por ensalmo, sus acciones políticas se valorizaron:
Lo recibieron en Palacio día por medio; le asignaron (casi como fideicomisario) varias entidades públicas; y a su sede llegaron prosélitos que querían ser 'clientes' del nuevo rey Midas de la burocracia y la contratación.

-Reúnase con los que escribieron los "lineamientos para el proceso de paz y la justicia postconflicto" -le ordenó el consejero presidencial- y háganlo fuera de Palacio para que evitemos suspicacias. El proyecto de acto legislativo va a aparecer como iniciativa suya, pero Gobierno y oenegés saldremos a respaldarlo.

Al día siguiente, Barreras estaba en las suntuosas oficinas de una oenegé donde dos conocidos intelectuales lo esperaban sonrientes.

-Senador -dijo el que parecía el líder-, el presidente Santos quiere construir verdaderas bases para la paz, que comienza por reconocer a las Farc su lucha por una reforma agraria, por la reparación de las víctimas del genocidio de la UP y contra la injusta distribución de la riqueza... La insensibilidad de las élites ha impedido realizar unas aspiraciones tan justas. Santos no duda en declararse traidor a esas élites y espera que la guerrilla así lo entienda.

Barreras hizo un gesto de asentimiento y esperó más datos.

-Colombia -continuó el intelectual- tiene una larga tradición de tratamiento privilegiado al delincuente político y de negociaciones de paz. Hay que tenderles generosamente la mano a unas guerrillas desviadas pero altruistas. Recomendaremos al Presidente que el Estado reconozca -junto a la responsabilidad de los actores armados no estatales- la responsabilidad parcial histórica del Estado y sus agentes comprometidos en crímenes de guerra. Esa es una condición sine qua non para la paz con las Farc. Santos quiere pedir perdón por los crímenes que ha cometido el Estado en la lucha contra la insurgencia, como ya lo hizo con las de El Salado.

Barreras miraba con ojos desorbitados.

-¿Y los crímenes atroces?, ¿qué hacemos con ellos? -preguntó.

-Hay que ser audaces. Es una insensatez argüir, como hacían los áulicos y los intelectuales más orgánicos de Uribe, que los guerrilleros no son rebeldes sino terroristas y que el delito político es una figura perversa por cuanto incentiva la violencia. Debemos darle al guerrillero un tratamiento privilegiado como delincuente político, como combatiente y como rebelde. Y no podemos tenerles miedo a amnistías e indultos; y en general, a las salidas políticas negociadas a la guerra. Hay que derogar las normas que imponen la muerte política a los comandantes por haber cometido delitos graves en el marco de la confrontación armada.

-Esas reformas no pasarán en el Congreso -se atrevió a revirar Barreras.

- ¡Pasan! Santos tiene los votos. Olvídese, senador, de la inguandia de "tolerancia cero hacia la impunidad de los crímenes atroces". Recuperemos el balance entre memoria y olvido; y entre castigo y clemencia. Recuperemos la capacidad regulatoria del delito político.

-Pero... -intentó ripostar Barreras.

-Nada de peros, senador. Los líderes de la insurgencia prefieren morir antes que aceptar un simple sometimiento y privación de la libertad o que se les iguale penalmente con los paramilitares.
Convénzase usted y convenza a sus colegas de que no hay transacción posible entre las exigencias de impunidad de los jefes guerrilleros y las demandas de verdad, justicia y reparación del derecho contemporáneo. Y recuerde que aquí lo que tenemos que sopesar es un valor fundamental, la paz, frente a valores menores.
Y, efectivamente, ahí, mal que bien, Roy ha ido haciendo la tarea.

El submarino de la paz

3 de abril de 2012 | ANÁLISIS | Por: Miguel Gómez Martínez
Como un submarino, invisible y silencioso, avanza la estrategia del gobierno para llevar al país a un nuevo proceso de paz.
Como en un rompecabezas, las fichas van encajando sin que la opinión pública conozca el diseño final.
La primera fase consiste en reactivar la tesis de que la única salida real para el conflicto es la negociación. Desde el discurso de posesión, el presidente Santos ha venido acariciando el tema alrededor de la figura de la llave que tiene en el bolsillo que abriría el diálogo con la guerrilla. Para ello ha contado con el coro de áulicos encabezados por Piedad Córdoba, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Horacio Serpa, El Espectador, El Tiempo, El Nuevo Siglo, La Silla Vacía, casi todas las emisoras y canales, los programas de opinión, los intelectuales, las ONG, Chávez, Correa, Evo, Dilma, Ollanta, Raúl, Cristina y otros cuyos nombres se me escapan.
El segundo capítulo es el marco jurídico para la paz. Como vamos a negociar con violadores de los derechos humanos y criminales de guerra, hay que ofrecerles impunidad. El marco jurídico para la paz es la ley de los victimarios. Mediante una sofisticada jerga jurídica se propone en la Constitución que una ley definirá “los casos en los que procedería la suspensión de la pena y se autoriza la renuncia a la persecución judicial penal”. Esto, en lenguaje de legos, es garantizar que los que se sometan al proceso de paz no irán a la cárcel. Otros prefieren llamarlo amnistía.
Para que todo esto cuaje, se requiere la benevolencia de las ONG, siempre dispuestas a exigir lo máximo cuando se trata de violadores de los derechos humanos paramilitares pero suaves cuando se trata de violadores de derechos humanos de la guerrilla. Por ello el reversazo del fuero militar luego de las protestas escuchadas en Washington. El nuevo proyecto de fuero es una obra maestra de ilusionismo. En apariencia amplia el marco de protección para los miembros de la fuerza pública pero en realidad, dados los compromisos internacionales firmados por Colombia y que forman parte del  bloque de constitucionalidad, los militares no gozarán de mayor seguridad jurídica. Además, como se trata de un acto legislativo que deberá ser reglamentado por una ley estatutaria, estamos hablando de un año adicional de demora, tiempo valioso para seguir recorriendo el camino hacia el diálogo con la guerrilla.
¿Por qué utiliza el gobierno esta estrategia submarina? Esa es una pregunta importante. La razón fundamental es de tipo mediático. Si los colombianos se huelen, así sea de lejos, que volvemos a una estrategia similar a la tragedia del Caguán se opondrían radicalmente. Hay por lo tanto que volver a ambientar la idea de que la paz está al alcance de la mano y que la guerrilla esta vez sí es honesta y transparente en sus intenciones.
La guerra se perdió hace muchos años cuando renunciamos a la victoria militar. El mayor triunfo de la guerrilla es haber convencido a los líderes de opinión en Colombia que la guerra no puede ser ganada. Y como bien decía Richard Nixon, “si no estás listo para hacer la guerra, haz la paz.”

Lo mismo de antes

1 de abril de 2012 | OPINIÓN | Por: Francisco Santos
- Senador ROY BARRERAS - Traidor, lagarto "voltiarepas"
Y ahora nuevo mejor 'amiwis' de las Farc (N.del E) - 
Los 'vivancos' y 'gallones' del país y del mundo se arropan en la misma complicidad ideológica que deja en claro que una masacre de uno es repudiable y merece, es más se exige, sea castigable mientras la del otro no.
Las víctimas de las Farc, de sus masacres, de sus atentados terroristas, de sus secuestros, de sus mutilaciones, tendrán que aceptar con resignación que no habrá ni justicia, ni verdad ni reparación.
Una voz solitaria se alzó en el Congreso en contra del horror de reforma constitucional, mal llamada marco para la paz, la del congresista de la U Miguel Gómez Martínez. Y no es fácil hacerlo porque hablar contra la paz es como hablar en contra del niño Dios. Pero cuando se mira en detalle lo aprobado no deja uno de quedar sorprendido frente a la patria boba que de nuevo vivimos.
La ausencia de debate muestra un doble discurso frente a las víctimas. No se ha escuchado una voz para criticar esta amnistía por la puerta de atrás para los guerrilleros de las Farc y del ELN, la del Polo o las de las ONG retumban en su silencio. Las víctimas de estos grupos, de sus masacres, de sus atentados terroristas, de sus secuestros, de sus mutilaciones, de sus desplazamientos, de su reclutamiento forzado, de sus violaciones tendrán que aceptar con resignación que sus victimarios sean congresistas, alcaldes y de pronto presidentes. Y que no tengan ni justicia, ni verdad ni reparación.
¿Esa es la evolución de este país ahora en la administración Santos? ¿Dónde quedó el discurso que escuchamos de los medios que también han guardado un vergonzante silencio? ¿Dónde está la voz de la oficina de DD.HH., de Naciones Unidas que parece silenciada por la complicidad con la paz?
El marco para la paz es una amnistía disfrazada no nos digamos mentiras. Por eso lo elevan a rango constitucional. Los 'vivancos' y 'gallones' del país y del mundo se arropan en la misma complicidad ideológica que deja en claro que una masacre de uno es repudiable y merece, es más se exige, sea castigable mientras la del otro no. ¡Qué indignación!
Pero no para ahí el desatino de esta propuesta. Por un lado le manda la señal equivocada a las Farc. Les dice tranquilos cometan todos los horrores que al final negociamos y así esto acaba en una amigable componenda como la que trataron de arreglar sin éxito Gaviria, Samper y Pastrana (en el exceso). Por otra parte entregan, antes de una negociación, la joya de la corona y gastan un fusible, el Congreso, que da un margen de maniobra absolutamente necesario. Y finalmente, la bobadita de mensaje a las Fuerzas Armadas quienes victoriosas después de los ocho años de respaldo indeclinable y franco ahora tienen que aguantarse las dudas del debate del fuero militar y una llave de la paz que Santos ya sacó y el país no se ha enterado.
¿Qué se va a entregar en un acuerdo de paz? Ya se entregó de antemano que paguen unos añitos de cárcel. A cambio de nada y con el apoyo del Partido Conservador y de la U. Es increíble que este debate haya sido tan precario. Demuestra que el norte ideológico de estos partidos muchas veces está más ligado a la burocracia que a la defensa de los colombianos que recibieron una segunda oportunidad en el gobierno pasado después de sentir durante décadas el azote de los violentos.
Pero, bueno, está de nuevo la socialbacanería, como le dice Uribe, en el poder. Esa elite bogotana que desconoce el país por fuera de la capital, Anapoima o Cartagena, coopta medios con pauta, gobierna a punta de encuestas y hace lo que le conviene a estas y no al país.
Así se dilapida una fortuna que se recibió. Para no hablar de los huevitos que hace rato murieron.


@fsantosRCN