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Esto no es un chiste

OPINIÓN| Por: Los Irreverentes| Publicado: febrero 15, 2017 

Algunos insinúan que la confesión de Otto Bula es una anécdota, cuando seguramente estamos frente al mayor escándalo de la historia.

Si los grandes medios aun tuvieran el monopolio de la información como hasta hace algunos años, las gravísimas denuncias de la infiltración de dineros de Odebrecht a la campaña de Juan Manuel Santos habrían sido perfectamente silenciadas.
Pero el mundo de la información cambió y para bien. Ahora, los ciudadanos tienen acceso a ríos de noticias y participan activamente en el devenir nacional gracias al poder de las redes sociales, hecho que a muchos les incomoda, sobre todo a aquellos que están involucrados en hechos de corrupción.

La ciudadanía tiene el deber de impedir que el tapen-tapen y la campana neumática que muchos –no todos- medios convencionales de comunicación quieren ponerle a la confesión del agente corruptor de Odebrecht, Otto Nicolás Bula Bula que si bien ha dicho no tener pruebas de que Andrés Giraldo entregó el dinero a la campaña del presidente, lo cierto e incontrovertible es que Odebrecht dio esos recursos para favorecer dicha candidatura y no para enriquecer al corrupto mediador.
Esto no es un chisme, ni una infamia, ni un acto premeditado para buscar réditos políticos. Colombia puede estar metida y sin que lo sepamos en el más grande escándalo de corrupción de toda su historia. La primera gran vergüenza la vivimos cuando Ernesto Samper le empeñó la dignidad de la República a un cartel del narcotráfico.

La situación no se puede chulear por cuenta de una supuesta carta firmada por Bula cuya autenticidad está en duda y que de ser cierta debe evaluarse si la escribió como consecuencia de algún tipo de constreñimiento por parte del gobierno nacional, o si ésta fue motivada por la amenaza del presidente Santos de extraditarlo a los Estados Unidos.

Como si no se hubiera aprendido la lección, exactamente 20 años después de esa nauseabunda transacción, Juan Manuel Santos, para su reelección de 2014, permitió el ingreso de dineros fruto de la corrupción a las arcas de su campaña.
Y frente a semejante escándalo, el presidente de la República ha guardado un silencio sospechoso que raya en la cobardía. La fuerza de las evidencias deja muy poco espacio para las dudas. Es claro que el delgado por Roberto Prieto para recibir el dinero el señor Andrés Giraldo, está mintiendo.

Ha quedado confirmado que la persona que coordinó la reunión en la que Otto Bula entregó el maletín con el primer medio millón de dólares fue, precisamente, Eleuberto Martorelli quien era el presidente de Odebrecht en Colombia.

Claro. Roberto Prieto, que cree ser un intocable y que la justicia jamás podrá investigar las fechorías que ha cometido desde que Juan Manuel Santos asumió el poder, intenta manipular la situación al decir que una “mafia cordobesa” puede hacerle daño. No. Acá la única afectada ha sido la democracia colombiana que él, Roberto Prieto, le vendió a los corruptos de Odebrecht.

Mientras en el Perú, Brasil y Panamá las investigaciones avanzan sin miramientos ni consideraciones adicionales al esclarecimiento de la verdad, en Colombia se puso en marcha un plan para callar el escándalo, buscando convertir a la gravísima confesión de Otto Bula en un hecho más del anecdotario nacional.

Lo cierto es que la fuerza de los acontecimientos es imparable. La caja de Pandora ya se abrió y esto no tiene reversa. Para desgracia de nuestro país, nos veremos obligados a sortear una profunda crisis que claramente afectará a la plana mayor del santismo. Roberto Prieto no es el único miembro del primer anillo presidencial untado hasta la coronilla.

La investigación debe abarcar todos los rincones por los que pudieron entrar esos dineros e identificar a las personas involucradas. Además de las cuentas maquilladas de la campaña de Juan Manuel Santos, el inofensivo y anacrónico consejo nacional electoral debería ordenar una investigación pormenorizada de la contabilidad de la fundación Buen Gobierno, ente que sirvió como una fachada para hacer campaña a favor de Santos por fuera del calendario electoral. (Sobre el papel de la fundación Buen Gobierno,  puede leer “El Tejemaneje” del 10 de febrero)

Por su parte, la fiscalía está en mora de llamar a entrevista a los receptores del dinero. ¿Cómo entender que la confesión de Otto Bula fue hace más de dos semanas y los investigadores no hayan llamado a los implicados para que den su versión de los hechos?

Dicen los cándidos defensores de oficio de Santos que no hay pruebas de que el dinero haya entrado a las arcas de la campaña. ¿Acaso esperan que surja una consignación bancaria a un giro electrónico? Si Otto Bula, que no tiene nada más que perder, asegura haber entregado ese dinero es porque además de su decir debe tener en su poder elementos probatorios que respalden su versión.

Que los directores de algunos medios que han sido perfectamente sobornados por el gobierno dejen de creer que podrán convertir este monumental escándalo en un hecho jocoso. Se lee en las redes sociales a algunos periodistas tratando de desvirtuar a Otto Bula, al decir que es un criminal. Por supuesto que lo es. Odebrecht no iba a buscar en un monasterio Cartujo a la persona que encargarían la misión de sobornar funcionarios y comprar la campaña de Santos. Necesitaban a un granuja y Otto Bula lo es. Como también lo son todos aquellos que se beneficiaron con los billetes que había en los maletines de cuero que él les entregó a nombre de Odebrecht.


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