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Dic 10 de 1948
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Franqueza obliga

Fernando Londoño Hoyos

Haga memoria, caro lector, y comprobará que hace ya mucho tiempo no oye decir que estemos en el fin del fin de la guerra

 Haga memoria, caro lector, y comprobará que hace ya mucho tiempo no oye decir que estemos en el fin del fin de la guerra. Al contrario, con todo lo interesadas y malintencionadas que sean, se levantan voces en su entorno que hablan de un nuevo principio, de un resurgimiento de los grupos violentos en Colombia.
Algo muy grave ha tenido que pasar y conviene averiguarlo. Porque ya no sabemos de las hazañas del Ejército que derrota, aquí o allá, a la guerrilla de las Farc o del Eln. Que cuando se registra alguna acción, invariablemente está ligada a un bombardeo de la Fuerza Aérea o a cierto operativo de la Policía. Esa extraña suerte de abulia para el combate proviene de las fuerzas de infantería, hasta ayer las que llevaban banderas de victoria por todos los rincones de la Nación.
Si afinamos el análisis, no podrá remitirse a duda que tiene el fenómeno conexión causal con los acontecimientos del 29 de octubre del 2008, cuando en rueda de prensa el presidente Uribe y el ministro Santos anunciaron la destitución de 27 militares, desde generales a sargentos, relacionados con la muerte de los jóvenes de Soacha.
Agreguemos que un año después de aquella injusta purga no hay una sola investigación, ni un cargo, administrativo o penal, contra ninguno de los destituidos y que conocido el expediente que contra ellos montó el general Suárez, no hay en sus pesadas páginas una sola referencia a que pudieran tener responsabilidad, por acción o por omisión, en aquellas muertes que nadie probó producidas a mansalva.
Derrotadas las Farc en la batalla, vinieron en su ayuda los guerrilleros de código y escritorio, que apoyados en la debilidad del mando civil han tenido un éxito portentoso. El Ejército no quiere combatir. Los oficiales no salen de sus unidades a buscar enemigos para enfrentarlos, sino repasando en su memoria pesadas instrucciones que les entregan para no incurrir en un exceso, en una desproporción de fuerzas, en una equivocación. Si antes temían no ser eficaces, hoy le huyen a la eficacia como a la peste.
Cuarenta años de cárcel es peor que la muerte, para los hombres que aprendieron a enfrentarla con una sonrisa en los labios y en el corazón con la alegría de sacrificarse en el altar de la Patria. Pero la infamia, el deshonor, la ruina moral no están entre sus cálculos. Ni en los de ningún ejército del mundo.
Estamos librando, desde esa cenicienta mañana de aquel octubre, la más grotesca guerra que jamás se libró. No la que enfrenta al enemigo para destruirlo, sino la que responde a la Fiscalía por cualquier acción triunfante.
El jefe de tropa sabe que terminada una operación exitosa se convierte de jefe de la unidad militar en "primer respondiente" ante una Fiscalía plagada de mamertos. Porque la Justicia Penal Militar salió de la Constitución por un papel que firmaron entre el ex fiscal Iguarán y el ex ministro de Defensa Camilo Ospina.
No podemos olvidar los días en que el presidente Uribe ordenaba a todos los comandantes que salieran de las oficinas para acudir al combate. No quiero un ejército de burócratas. No quiero ver oficiales llevando y trayendo papeles en los pasillos de los edificios. Los quiero guerreando por esta Patria que vamos a salvar, era el mensaje del Presidente. Siete años después, el mismo Presidente les exige que llenen papeles, que no olviden los sellos y las firmas, que se llenen de actas, declaraciones e informes. Y que tengan cuidado si producen bajas enemigas.
Ahora se llaman 'falsos positivos'. Abajo la guerra y que viva el papeleo, es la consigna nueva. Lo que supone, obviamente, ganar en el papeleo y perder la guerra. Por eso desapareció el fin del fin del vocabulario militar. Dicho sea con honrada franqueza.

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