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El mayor Ordóñez

20 de octubre de 2011 | Reflector | Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS

El que se pregunte por qué vamos perdiendo, lea esta historia. Así paga esta Patria a quienes mejor la sirven
El Mayor Ordóñez fue durante los años de su Escuela Militar modelo de estudiante, por lo que pudo graduarse con los mayores honores que sus superiores le podían dispensar. Y por sus altas calidades de soldado, de oficial sin tacha y de enamorado de su Ejército, fue ascendiendo entre la admiración de sus compañeros, sus superiores y sus subalternos.
No puede extrañar, a quien conozca siquiera un poco de la vida militar, que con los honores y las responsabilidades llegaron los desafíos académicos y las duras pruebas de los cursos de combate. Mi Mayor fue graduado como contraguerrillero, luego como paracaidista y enseguida como Lancero, que es la crema de nuestro Ejército. Más adelante fue seleccionado para el curso de Comandos y distinguido como Instructor de Lanceros.
Esa sucesión de honores en la formación del guerrero vino acompañada del mayor número de condecoraciones y distinciones que podía recibir un oficial de su edad y su rango. Más de doscientas medallas iluminaron su pecho de combatiente. Conoció todas las fatigas, padeció todos los dolores, asumió todos los peligros. Pero su amor a la Patria lo justificaba con creces.
Muy cerca de Cali, donde trabajaba el Mayor, en el vecindario de casas señoriales de veraneo, merodeaba una cuadrilla de las Farc, integrada por desalmados bien conocidos en la región. El boleteo, la extorsión, la intimidación eran el pan cotidiano de moradores y visitantes. Que por eso acudieron al Mayor Ordóñez en busca de seguridad y de paz.
Una primera operación terminó en fracaso. La gente que padecía estos horrores redobló las súplicas. Y vino una segunda orden, planificada y dispuesta con perfecta técnica militar.
Esta vez hubo éxito. Se estableció contacto a la medianoche y cuatro bandidos fueron dados de baja. El Mayor ordenó asegurar la zona y le comunicó el hecho a la Fiscalía. Los fiscales acudieron, pero prefirieron dejar su tarea para la mañana. Todo estuvo en regla, por supuesto.
Pasó el tiempo. Mucho tiempo. Y la Fiscalía y los abogados que sabemos encontraron un testigo muy apropiado. El mismo que en su primer testimonio dijo no haber visto nada lo pensó mejor y ya lo recordaba todo. Todo lo que se le pedía que recordara. Los hombres de Ordóñez fueron llamados a juicio por uso excesivo de la fuerza. El General Juan Salcedo Lora acudió al proceso como experto en estrategia y operaciones tácticas. El juez prohibió que se le llamara General. Era una forma de intimidación para su Despacho.
Y vino lo más increíble. Ordóñez también fue incluido en el proceso. Porque se encontraron muchas llamadas a la tropa en esas horas. No era para cumplir deberes de mando. Era para instigar a unos criminales, los oficiales y soldados. Y en su contra hubo una prueba final, la que ofrecían todos sus cursos de combate y todas sus condecoraciones. El Ejército había educado a un criminal en potencia, a un asesino que esperaba una oportunidad para matar. Y fue condenado a 46 años de prisión. Sus subalternos, inclusive los que no dispararon un tiro, a 40. El testigo falsario seguirá protegido y todos los oficiales compañeros de Ordóñez tendrán aprendida la lección. Si es delito combatir, es peor delito ordenar que se combata.
El Mayor Ordóñez se pregunta qué le hubiera pasado si archiva las peticiones de la gente que le pidieron protección. Nada, sin duda. Y así, es como termina su relato, esa mañana en que fue detenido, habría podido acompañar al jardín a su hijita de 2 años. La que no verá crecer. La ha perdido para siempre. Como a su esposa, a sus padres, a su Ejército. Solo le quedan el deshonor y la cárcel. Así paga esta Patria a quienes mejor la sirven.

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