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Dic 10 de 1948
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Historias que duelen


Por: Luis Guillermo Restrepo S.

Enero 31 de 2010


¿Cuánto daño le han hecho a Colombia el amancebamiento público y notorio de la política con los criminales y la ausencia de justicia? La respuesta se puede encontrar en los magnicidios que aquí se han cometido y en la forma en que los criminales se han transformado en fuentes de primera mano sobre el acontecer nacional.
Escuchar las entrevistas que realizó la W en esta semana, en especial el testimonio del ‘Zarco’, uno de los sicarios de ‘Rasguño’, da una idea de hasta donde se ha llegado en esa relación, realizada ante los ojos de todo el mundo y sin que hubiera un asomo de interés en impedirla. Allí se puede saber cómo se realizó la infiltración de la mafia en la campaña de Ernesto Samper y cómo se apoderó de la política en el norte del Valle, estigmatizando de paso a una región poblada por gente pacífica, trabajadora y decente.
También se puede conocer el diabólico juego de dirigentes y capos que contrataban a los mismos sicarios para matarse entre ellos. Y la manera en que jefecitos de Cartago se convirtieron en figuras prominentes que llevaban y traían plata o mensajes entre muchos de los grandes líderes nacionales y los mandamases de la delincuencia organizada, mientras devoraban el gobierno de esa ciudad. Así se fue construyendo el régimen que mandaba en épocas de Samper, aprovechando que el Presidente de la República era el personaje más débil de toda la Nación. Por eso da pena ver que Samper insista en mangonear el liberalismo como si él no fuera el causante directo de su ruina.
Confío en que Samper y Serpa no estén involucrados en el asesinato de Álvaro Gómez. Pero tengo claro que sus cuatro años en el Gobierno fueron una batalla suya y de los usufructuarios del poder por evitar su caída, mientras la incertidumbre se respiraba en las calles. Porque detrás de su elección estuvo la mafia, financiando su campaña y comprando dirigentes políticos. Como estuvo detrás de los asesinatos de Luis Carlos Galán o de la persecución contra la Unión Patriótica o del crimen contra Gómez Hurtado y Gerardo Bedoya Borrero.
Eso lo sabe todo el mundo. Las revelaciones de ‘Rasguño’ o las defensas del embajador Frechette ayudan a tener una idea de lo que ocurrió en esas épocas, cuando el Presidente sacrificó la tranquilidad de su país para no caerse. Es claro entonces que el golpe de Estado no lo iba a dar Álvaro Gómez: ya lo había dado la mafia al patrocinar a Samper y al permear las instituciones, como lo demostró el proceso 8.000. Infortunadamente, la justicia no pudo enfrentar al peor de los enemigos, en tanto el Gobierno se consumía en su afán de ser absuelto por la Cámara de Representantes.
Y el rumor, así como las informaciones de la prensa, reemplazaron al Estado en la tarea de encontrar la verdad y revelarla. Es lo que está ocurriendo hoy, quince años después. Y de nuevo, medios como la W están contando cómo se transformó la política en Cartago y en el norte del Valle. Cómo se consolidó un complejo y poderoso entramado que usa las alcaldías y los cargos públicos para legitimar despojos y fortunas mal habidas. Cómo se construyeron partidos cuyos votos no nacen de la convicción y el amor por un ideal, sino de la mezcla de miedo, plata y corrupción.

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