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No es tiempo de diálogos

Lunes, 27 de Septiembre de 2010 Por: Saúl Hernández Bolívar


Mientras algunos predicaban que las Farc se habían recompuesto y que la Seguridad Democrática estaba agotada, cayó el ‘Mono Jojoy’, el más temible y sanguinario cabecilla de las Farc.

Ya lo habíamos dicho: los compañeros de ruta de la subversión, esos activistas que por evidente complicidad deberían estar en la cárcel, están tratando de lanzarle un salvavidas a las guerrillas vendiendo la idea de que su poder de hacer daño sigue intacto y que eso hace perentorio el diálogo para detener la ‘guerra’.

Sin embargo, con este golpe letal se impone la tesis de que las arremetidas de las Farc no son más que acciones desesperadas de una guerrilla acabada que ha hecho acopio de arrestos para golpear un eslabón débil de la cadena, como lo es la fuerza policial ordinaria, que está para mantener el orden dentro de las comunidades, no para el combate.

Esos golpes fueron cuidadosamente planeados con el objetivo de poner en la mesa el tema de la negociación con el nuevo Gobierno. “Hombre, conversemos”, había rogado ‘Alfonso Cano’.

Pero, para ello, habría que plantearse algunas preguntas: ¿Tiene sentido, actualmente, entablar diálogos con la guerrilla de las Farc? ¿Qué pueden ofrecer a cambio? ¿Por qué gentes tan diversas abogan por el diálogo? ¿Debe prestarse atención a sus llamados?

Lo primero que debe tenerse en cuenta es que las Farc aún pueden hacer mucho daño con los cerca de 8.000 combatientes que tienen en filas, a pesar de que en su mayoría están relegados a áreas alejadas de los centros de poder.

Para muchos, ese hecho es una realidad que amerita negociaciones de paz para evitar más muertes de colombianos.

Otras personas que están a favor del diálogo tienen el anhelo de que los recursos económicos que se invierten en las FF.AA. vayan a engrosar el monto de la inversión social en Colombia, lo cual es utópico porque las Farc no son el único factor de desestabilización del orden público que hay en el país y porque el territorio nacional es inmenso.

Pasarán años antes de que la fuerza pública pueda dedicarse solo a hacer presencia –además de cumplir tareas sociales–, pero desmantelarlas conducirá de nuevo a la ausencia de Estado que nos llevó al caos.

Finalmente, están a favor del diálogo los que quieren echarle un salvavidas a las Farc y a sus líderes, principalmente, y que ahora arreciarán su campaña para evitar que a otros les suceda lo mismo que a ‘Jojoy’. 

Entre estos están personajes como los congresistas Piedad Córdoba e Iván Cepeda; el Polo Democrático, del que hace parte el Partido Comunista, bastión político de las Farc; y, recientemente, el ala neogolcondiana de la Iglesia Católica, en cabeza de los monseñores Juan Vicente Córdoba, secretario general de la Conferencia Episcopal, y Rubén Salazar, presidente de la misma. Esto sin hablar de quienes apoyan a las Farc desde el extranjero.

Pero, a pesar de esos esfuerzos, la realidad demuestra que no hay lugar a diálogos con las Farc porque esta ya no tiene nada que dar a cambio. Es decir, se ha llegado a un punto en la confrontación en el que la guerrilla está obligada a ceder en todo, a cumplir las condiciones que se les impongan, si es que sus miembros quieren tener la oportunidad de abrigar otro destino que una cárcel o un cementerio. 

Un hipotético escenario de negociaciones con las Farc solo sería viable si entregan a todos los secuestrados, cesan todo acto de violencia, liberan a los menores reclutados y colaboran en labores de desminado, entre otros temas.

Obviamente, no habría tampoco despeje alguno. No obstante, ‘Alfonso Cano’ ya dijo que no aceptan condiciones lo cual entraña un malentendido: es el país el que no las acepta, es el pueblo colombiano el que ya no está dispuesto a dar concesión alguna.

Mas, de fondo, subyace el obstáculo de que no hay nada qué negociar con las Farc. No están en posición de exigir que se discuta el modelo social y político, como lo han predicado durante tantos años.

Tampoco pueden pedir participación política de manera automática y concedérsela como se hizo en otros tiempos con el M-19, el EPL o la Corriente de Renovación Socialista. Y, muchísimo menos podrán salírsele por la tangente a los procesos judiciales. 

A los jefes guerrilleros los espera un mínimo de cárcel a través de la Ley de Justicia y Paz; menos que eso es imposible. 

Entonces, preguntémonos: ¿la arrogancia de estos criminales cabe ya por los umbrales de la cárcel? 

Si la respuesta es ‘no’, no hay lugar a diálogos con los guerrilleros.

Link original El Mundo.com 

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