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Dic 10 de 1948
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El Presidente que conocimos

Por: Fernando Londoño Hoyos
Álvaro Uribe está en la línea de los hombres más talentosos que en la vida pudimos conocer. Su inteligencia es a veces ofuscante, desmedida, sin concesiones ni parcelas

Van estas líneas como un intento por explicar al hombre que conocimos con tanta intensidad que suple el recortado tiempo en que pudimos batallar a su lado.
Damos fe de la radical limpieza de su conducta. No fue por audacia ni casualidad que desafiara la maledicencia de ese ejército de investigadores retribuidos por el ánimo implacable de hacerle daño moral. El presidente Uribe, como lo dice en una de esas expresiones bastas que con frecuencia usa para desesperación del público de barrera, no tiene rabo de paja. Jamás hizo contacto, ni de lejos ni de cerca, con guerrilleros, paramilitares o mafiosos.

Su lucha política y su gestión como administrador fueron tan transparentes como resueltas y valientes. No pasó por la mente del presidente Uribe la bajeza de un crimen o de un abuso. Lo suyo no es la matonería de los cobardes, ni la crueldad de los déspotas.

Si como hombre de guerra ha sido inmaculado, y cuesta que lo sean los vencedores, como hombre de gobierno no tiene tacha. Álvaro Uribe nunca guardó algo ajeno en sus alforjas. Llamará la atención que una prensa despiadadamente crítica no pueda exhibir un caso, tan solo uno, en que pudiera quedar comprometido el honor del Presidente. Que tire la primera piedra el que pueda hablar de un negocio turbio con alguna remota conexión en la Casa de Nariño.

Álvaro Uribe está en la línea de los hombres más talentosos que en la vida pudimos conocer. Su inteligencia es a veces ofuscante, desmedida, sin concesiones ni parcelas. Le vale igual para tratar de matemáticas que de filosofía, o simplemente para ser lo que más le gusta, práctico y directo. No se pierde en un raciocinio ni se enreda en una explicación.

No es nuestro Presidente ahora un buen lector. Pero tuvo que serlo. Cuando recita viejos poemas o va directo al grano en una disquisición lógica o axiológica u ontológica o histórica, deja saber de su amistad con los libros, así la tenga en receso. Y los muchos que leyó los tiene tan presentes como si estuviera recorriendo sus mejores líneas. Queremos decir que su memoria es desconcertante, pero que no la deja extraviar en el detalle pobretón o subalterno. Condición que reluce cuando de catar buenos textos se trata. Lo seduce la prosa buena, el pensamiento profundo, el gayo estilo.

Nunca ocultó el Presidente su pasión por las cosas, que se manifiesta en esa casi obsesiva devoción por el detalle. En un país de políticos diletantes con ínfulas de sabios, este se la juega por el número exacto, la geografía minuciosa, la oportunidad precisa. A Uribe no se le puede llegar con teorías que sustituyan la realidad, ni que la encubran. Con frecuencia se deja engañar. Porque no sabiendo mentir, es peligrosamente confiado, especialmente con los que tiene a su lado, o al lado de su corazón.

Esa devoción del Presidente por las cosas, con la que cumple el sagrado mandato orteguiano, lo lleva a quehaceres, actitudes y posiciones humildes. Su aversión a las formas más altas y delicadas, a ciertos refinados gustos, a ciertas sutilezas de la conducta, lo muestra en ocasiones bronco o distante. Su advertida incapacidad para la diplomacia tiene la contrapartida de la sencillez y la franqueza, no siempre aconsejables para el príncipe. Es curioso que hombre tan pragmático y aparentemente tan duro tenga la más extraña capacidad para llegar al corazón de la gente, en especial de la humilde. Pero no solo llega, sino que se instala y permanece. Su fama crecerá también "como la sombra cuando el sol declina".

Y nos quedan sus dos grandes pasiones. La de mandar y la de servir trabajando. La primera parece escapada de la obra de Marañón sobre el Conde Duque de Olivares. No menos noble ni absorbente que la del gran valido, es la de Álvaro Uribe. Pero tampoco menos devoradora ni peligrosa. Y para trabajar, parece nacido de la raza de los titanes. Es humanamente inexplicable. Otro como él no volverá.

Fernando Londoño Hoyos


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