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El negocio imposible

10 de febrero del 2011 | OPINIÓN | Por: Fernando Londoño Hoyos
De cómo no hay acuerdo factible con las Farc sino con cárcel mediante para todos sus jefes.
El presidente Santos volvió a referirse al tema crucial de la paz con la guerrilla. Será del caso aplaudir la utilización de un lenguaje más directo y un estilo menos esquivo hacia los temas esenciales de la cuestión. Pero el punto central radica en que, después de imponer condiciones previas a cualquier ensayo, repitió aquello tan poco estricto de que "la puerta no está cerrada".

A través de su vocera y amiga, la conocida Teodora Bolívar, las Farc se muestran dispuestas a liberar a los que sigue llamando, para su perdición sin saberlo, presos de guerra. Y consideran que cumplido ese acto de mentida benevolencia, y si es posible antes, el Gobierno aceptará entablar conversaciones que conduzcan a una solución política. Los jefes guerrilleros y sus simpatizantes se llevarán la mayor sorpresa de sus vidas.

En Colombia se ha hecho muchas veces la paz. Lo que demuestra lo frágil que es ella o la escasa visión con que se la ha intentado. Cada cierto tiempo, fatigadas las partes de cometer y sufrir atrocidades, acordaban detenerlas, ofreciendo el Estado ciertas ventajas a los que dejaban las armas. Con una invariable y esencial, que era el otorgamiento de la amnistía y el indulto, para que los antiguos combatientes volvieran a sus casas de inmediato. Esas figuras, valga aclarar, solo eran constitucionalmente posibles para delitos políticos, con exclusión de los que se llamaban atroces.

Con tal de salir del terrible atolladero de una confrontación armada, los juristas encontraban la forma para santificar la convenida estratagema y conseguir que todos olvidaran esa condición, siempre incumplida. Guerrilla sin barbarie es tan posible como el círculo cuadrado. De modo que bastaban algunos párrafos convenidamente tramposillos para salvar el problema. Los guerrilleros perdonados, las armas archivadas, las víctimas olvidadas y el Gobierno, a gozar de su victoria. Así fue siempre.

Pero sucede que ahora no se puede. Con el ingenuo propósito de prohibir las guerras, que es como prohibir la maldad, se fue diseñando un Derecho Internacional Humanitario, que, por una parte, trató de humanizar los conflictos y, por la otra, consiguió hacerlos irreversibles. Porque creó una serie de humanitarias condiciones de comportamiento, cuya violación es imperdonable e imprescriptible. Inclusive, si el Estado las perdonare, la Comunidad Internacional asumiría el poder de hacer justicia en sus tribunales.

Para darles algún rodeo manejable a aquellas disposiciones que impiden las desmovilizaciones, Colombia se montó en el tren de una Ley de Justicia y Paz, por la que se castigara a los transgresores de los Protocolos de Ginebra, que es como se llaman estos acuerdos, de modo que las penas fueran soportables y la paz, posible. Pero como la izquierda olfateó que se trataba de favorecer crímenes de la derecha, alzó las banderas del DIH y cerró las puertas que Santos dice abiertas.

No hay miembro del secretariado de las Farc que no tenga en su prontuario todos los crímenes descritos en los Protocolos dichos, sin que falte alguno. Luego no se puede amnistiar ni indultar a nadie. Ni siquiera acudiendo al viejo hábito de los fingimientos y las piruetas dialécticas. Si Colombia no condena, lo hará la Corte Penal Internacional. La puerta que no se cierra conduce a la cárcel, aquí o en Ámsterdam. O en los Estados Unidos, por aquello de la extradición. Cano y Fabián Ramírez y Timochenko pueden ir escogiendo sitio.

Cuando se hablaba de los llamados 'paras', los acólitos de las Farc no entendían que el rezo también era para sus jefes y amigotes. Es bueno que Teodora lo comprenda. El presidente Santos lo tiene claro. Y por eso no precisa el lugar al que lleva la puerta sin cerrojo.

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