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Sin el uribismo no le alcanza

15 de abril de 2012 | Registro | Por: RAFAEL NIETO LOAIZA

Por Uribe pasamos de ser ‘estado fallido’ a la niña que todos pretenden. Si Colombia está de vuelta, para usar la expresión de la carátula de Time, es por cuenta del liderazgo, tesón y trabajo de Uribe.
La gente votó por Santos porque se presentó como el continuador de las políticas de Uribe.
Con su entrevista a CNN, Santos quería provocar a Uribe. Y lo consiguió. El expresidente embiste si le muestran la muleta. ¿Por qué abandonó su mantra de no pelear con Uribe? No lo sé y no logro entenderlo. Pero ya no podrá decir que Uribe pelea solo. Ahora quien abrió fuego fue él y de manera innecesaria. En su impacto más grave, erró en el cálculo político.
Decir que los trinos de Uribe “lo tienen sin cuidado” fue descortés. Aunque no puede gobernarse por la opinión pública y es deber del Presidente tomar decisiones adecuadas aunque sean impopulares, el comentario cojea por varios flancos. Por un lado, porque si un presidente vive pendiente de encuestas y de la opinión es Santos. La hipersensibilidad de algunos de sus asesores por lo que columnistas dicen es bien conocida, como son conocidas las llamadas para pedir que se modifiquen noticias y enfoques que no les gustan. Por el otro, porque la opinión de Uribe tiene un valor especial que debería ser considerado por cualquier gobierno y en particular por éste. Por Uribe pasamos de ser ‘estado fallido’ a la niña que todos pretenden. Si Colombia está de vuelta, para usar la expresión de la carátula de Time, es por cuenta del liderazgo, tesón y trabajo de Uribe. Así que mal hace un gobernante si desprecia las opiniones de quien tiene tanta experiencia y conocimiento y el país tanto le debe.
Pero además Santos es Presidente por Uribe. Fue Uribe quien lo revivió políticamente al darle la tarea de fundar el Partido de la U y al ofrecerle el Ministerio de Defensa. Y cuando la candidatura presidencial de Santos hacía agua, parecía no tener nada que ver con el Gobierno, fue el giro de identificación total con Uribe lo que lo devolvió a la vida y lo catapultó al triunfo. La gente votó por Santos porque se presentó como el continuador de las políticas de Uribe.
Por supuesto, Santos es Santos y no es Uribe. No es un clon ni una marioneta. Tiene el derecho y el deber de hacer su propia gestión y de marcar su impronta. Pero debe hacerlo sin darle la espalda al mandato de sus electores. Claro que los presidentes no están obligados a hacer todo lo que ofrecen en campaña. Es indispensable análisis permanente de prudencia, conveniencia y coyuntura. Pero tampoco pueden dejar a un lado los principios por los cuales fueron elegidos, las políticas por las que los votantes acudieron a las urnas. La traición a los electores es inaceptable porque pone en peligro las bases mismas del sistema democrático. Si un gobernante pudiera alegar que después de elegido no se debe sino a sí mismo, sembraría aún más desconfianza en el sistema.
Ahora, lo verdaderamente preocupante es la afirmación de Santos de que Uribe “es parte del pasado”. Uribe no es Presidente, pero está lejos de no tener futuro. Su fuerza política es innegable, como innegable es su calado popular, las simpatías y el fervor que despierta en las masas. Santos se equivoca al medir a Uribe por los comentarios de la prensa bogotana. Es en las regiones donde el expresidente tiene su respaldo. Graduarlo definitivamente como enemigo era innecesario e inconveniente. Nada bueno sale para el país del enfrentamiento entre sus únicos líderes nacionales. Y puede ser peligroso. Si quiere la reelección no podrá conseguirla moviéndose al centro izquierdo. Sin el uribismo, no le alcanzan las mayorías.

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