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Una caricatura vale mil palabras

27 de marzo del 2011 | OPINIÓN | Por: Rudolf Hommes

A la gente la desplazaron de sus tierras a sangre y fuego. El Gobierno les ofrece restitución y muchos están volviendo ilusionados a que les devuelven la tierra. Pero han quedado expuestos a que los maten, probablemente los mismos que los desalojaron.
La indignación y el deber de escribir sobre estos hechos entran en conflicto con el temor de ser repetitivo y la creciente sensación de impotencia frente a atrocidades como la que está pasando en Apartadó y en otras partes de Urabá, donde mataron la semana pasada a tres líderes campesinos que trabajaban por la recuperación de la tierra en esas regiones, con los cuales suman ya 50 los líderes asesinados por ese motivo. 

La última vez que escribí sobre esto fue el pasado 9 de diciembre cuando la tragedia de La Gabriela y los estragos del invierno hicieron de nuevo evidente que los desplazados están condenados en las ciudades a peligros que pueden ser tan graves como aquellos de los que salieron huyendo en sus regiones de origen. En esa ocasión me referí a la enorme capacidad de síntesis de una obra de arte, la película Retratos de un Mar de Mentiras de Carlos Gaviria, para encapsular esta tragedia en la historia de dos jóvenes desplazados que después de haber perdido su hogar en un derrumbe resuelven volver a su pueblo en Sucre o en Córdoba para encontrarse cara a cara con los fantasmas de sus seres queridos y con sus asesinos. 

Estaba pensando cómo abordar de nuevo este horror y como contribuir a que esto no siga así, cuando vi la caricatura de Matador en El Tiempo del sábado pasado que se titula ‘Tierras y Cruces’ y lo dice todo. Difícilmente se puede pensar en una mejor manera de retratarlo. Matador pinta un campo santo en donde están escritas sobre la tierra la palabras ‘Restitucion de Tierras’ y las Ts son cruces que se yerguen en tercera dimensión a la cabecera de tres tumbas recién tapadas.

Con el apoyo de una evidente mayoría de la opinión pública, el Gobierno ha asumido con valor y voluntad política la responsabilidad de resarcir a las víctimas de la violencia rural y se ha comprometido con dos programas, uno de restitución y otro de distribución de tierras que han inducido una cerrada oposición de la derecha y un gran alivio en el centro y en la izquierda moderada. El debate entre estas dos maneras de pensar se lleva a cabo por Twitter y en los demás medios de comunicación. 

El Congreso tendrá que decidir cómo van a quedar las leyes que regulen estos procesos. Pero, en realidad, no es ese el dominio en donde se va a definir el futuro de los programas que hasta cierto punto coincide con el futuro de la paz en Colombia y el eventual arribo a la tierra prometida: No puede concebirse prosperidad democrática si no dejan que la gente recupere sus tierras o viva tranquila, y si no permiten que la tierra quede mejor distribuida al cabo de unos años. Los que se oponen a que esto suceda lo están haciendo con violencia y con su propio brazo armado que se confunde con el de las mafias.

Lamentablemente también ha tenido lazos con el aparato de seguridad del Estado que hasta hace poco se hizo el de la vista gorda, fomentó y apoyó desplazamientos forzados en las regiones donde tienen lugar las restituciones que están provocando estos crímenes. 

Las autoridades tienen que romper definitivamente con estas amistades y recuperar el control de esos territorios para garantizar la vida de las víctimas.

El País– Cali - Colombia

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