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Dic 10 de 1948
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El descabello

EL TIEMPO

Jose Obdulio Gaviria

El descabello



¿Por qué crecieron las Farc como crecieron? Porque durante lustros, a nuestros gobernantes les metieron el dedo en la boca.
Decir hoy lo que se dice; pensar lo que se piensa (mayoritariamente) es muy fácil. Pero haberlo pensado antes del 2002 fue una proeza conceptual. Hoy tenemos miles de testimonios que describen la realidad interna de las Farc como banda criminal o secta coercitiva. Antes, la única literatura a disposición de estudiosos, o de curiosos, eran libros que militaban en la banda; hoy, al revés, tenemos descripciones detalladas de su vida íntima, métodos de reclutamiento, procedimientos 'disciplinarios' internos, negocios gorobetos, trato vejatorio a la población.
Todo consignado en informes (dramáticos) de desmovilizados, entrevistas de ex jefes guerrilleros como 'Saldaña' y 'Karina', estupendos libros como Lejos del infierno (de los norteamericanos rescatados en la operación Jaque), Años de silencio, de Óscar Lizcano, y, sobre todo, el testimonio de Zenaida Rueda, en Confesiones de una guerrillera (arrepentida, agregaría yo).
¿Qué le da una estatura magnífica a la doctrina de la Seguridad Democrática, formulada por Uribe en 1995? Que él, contradiciendo a los políticos importantes, al periodismo y a la academia, no se plegó a la definición que las Farc dieron de sí mismas ni aceptó considerarnos como país en estado de guerra civil o conflicto interno armado. Los 'conflictistas' parecían no darse cuenta de que eso exaltaba, enaltecía y fortalecía a las Farc y debilitaba la posición de los gobiernos.
Se preguntarán qué diablos puede influir sobre la vida de la gente, el que se confundiera nuestra situación de violencia o graves disturbios (realidad), con guerra civil (apariencia). Pues, que las palabras y los hechos están íntimamente unidos: una palabra puede desencadenar un hecho; y los hechos quedan resumidos, explicados y descritos por palabras. Así, por ejemplo, el presidente Gaviria, embebido en la definición de beligerancia, se dedicó a buscar un "tratado de paz" con los tipos, a través, nada menos, que de una nueva Constitución; Samper, ni qué decir, todavía cree que los policías secuestrados en su cuatrienio álgido son prisioneros de una guerra que no era tal; y, Pastrana... Para qué echar carreta si todavía quedan tantos rezagos de su pérfida zona de distensión.
En la escena internacional es en donde más daño nos ha hecho la falsa definición de guerra civil. Al fin y al cabo, por allá no les gusta jugar con los conceptos, y suelen llevar las concepciones teóricas hasta sus últimas consecuencias prácticas. Pongamos el caso de la cooperación ciudadana con las autoridades: en una guerra civil, buscarla, es violar flagrantemente el derecho internacional humanitario. ¿Cómo?, exclamarán muchos. Sí, porque la población civil debe ser mantenida por fuera del conflicto.
Ahora, el inefable Ibáñez, el de la Corte, viene a contarnos, en una de sus mil entrevistas semanales (El Espectador), que él fue uno de los que nos metió en el berenjenal internacional de los mediadores, observadores y pescadores de río revuelto. Dice que él, por instrucciones de Pastrana, entronizó a las Farc en Nueva York con el calificativo que ellas adoran: ejército insurgente 'altruista' o fuerza beligerante con derecho a intercambiar prisioneros con el Estado. Ibáñez se declaró, incluso, orgulloso de haber concretado un 'acuerdo humanitario' con las Farc (¿?).
Este tema de la calificación de nuestra violencia como guerra será crucial y definitivo en la próxima campaña. El uribismo se propone avanzar y profundizar en la lucha contra el crimen (así define el problema); el antiuribismo buscará una solución negociada con los 'altruistas' (así definen a los 'beligerantes'). Si ganan los segundos, el altruismo volverá a campear con sus andanzas asesinas y secuestradoras; si ganan los primeros, los altruistas sufrirán, por fin, el descabello.

Jose Obdulio Gaviria

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