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Hablar con asesinos

4 de septiembre de 2011 | OPINIÓN | Por: Héctor Abad Faciolince
Íngrid Betancourt estuvo en el Caguán durante el despeje; les dio la mano a los líderes guerrilleros y creyó haberse ganado su lealtad.
Esa confianza en la amistad con los bandidos fue una de las causas que la llevó a cometer el acto temerario de irse por tierra a San Vicente. Creía que si la secuestraban, sus “amigos” la liberarían pronto. También el presidente Pastrana fue a darles la mano a Tirofijo y a sus secuaces. No le bastó el desplante de la silla vacía para desistir. Insistió —con ingenuidad—, en un despeje que sólo fortaleció a la guerrilla y nos dejó como estela el largo gobierno de Uribe, un gobierno cimentado en la exasperación de la mayoría de los colombianos, hartos del secuestro y de los métodos criminales de las Farc.
Varias veces me invitaron a ir al Caguán, como periodista, a conocer a los guerrilleros. Me salvó de esa vergüenza una alergia que tengo de nacimiento: se me ampolla la mano si se la doy a un asesino. He tenido la suerte de no tener trato (ni siquiera literario) con sicarios. No le he dado la mano a mafiosos ni a guerrilleros ni a paramilitares. Estaría dispuesto a estrecharla si se han desmovilizado, han pedido perdón y han pagado por sus crímenes ante la justicia. Antes no.
Yo no estoy seguro de que Piedad Córdoba sea Teodora Bolívar. Eso lo deben establecer los jueces colombianos. De la lectura de los expedientes y de las pruebas que se han presentado, yo tengo la impresión, sin ser un criminalista, de que Piedad y Teodora son la misma persona. Si esto se confirmara, si fuera ella la del trato amistoso y conciliador con criminales, me parecería que las sanciones de la Procuraduría son lo mínimo que se merece. He repudiado públicamente —desde un punto de vista periodístico— la manera de actuar de Jorge Enrique Botero. Él ha aprovechado su cercanía con líderes de las Farc para hacer reportajes en los que mezcla irresponsablemente realidad y ficción. Ocultó durante meses información fundamental sobre Clara Rojas y su maternidad, simplemente para dar un golpe mediático con un libro inexacto.
Es posible que un reportero tenga el deber de hablar incluso con el diablo. Pero debe saber que si va a entrevistar a una persona que está armada y tiene un grupo de matones alrededor (mafioso, paramilitar o guerrillero que sea) su manera de preguntar se verá afectada irremediablemente por el miedo y la intimidación. Es muy difícil hacer contrapreguntas duras ante las respuestas dictadas por la propaganda si estamos frente a un tipo armado. Por eso la cautela al relacionarse con bandidos tiene que ser extrema; todo debe estar autorizado por el director del medio. Y el resultado de esas entrevistas analizado con lupa en la redacción.
Ernesto Yamhure se presenta con una breve biografía en su página de Twitter: “Católico, columnista de El Espectador y Caracol, periodista de La Hora de la Verdad”. Debería actualizarla. Los tres medios para los que trabajaba como periodista le han aceptado la renuncia. La Iglesia Católica excomulga por abortar, pero no por hablar con asesinos. Para seguir en su Iglesia le bastará confesarse y arrepentirse. Su Dios es misericordioso; más misericordioso que el periodismo o la ley. Pero está bien que haya salido de los medios pues consultar sus opiniones con un asesino es inaceptable.
Ojalá este episodio sirva para que todos los periodistas colombianos nos alejemos del trato familiar con esas dos agrupaciones de criminales que han convertido a nuestro país en un infierno en los últimos decenios. No podemos ser tolerantes ni con los paramilitares, ni con las actuales bacrim, ni con las narcoguerrillas del ELN y de las Farc. Aquí muchos han banalizado el mal; muchos han tolerado y ensalzado a los asesinos de ambos bandos. Muchos se han regodeado con los sicarios hasta casi justificarlos. Entre las cosas tolerables no está la cercanía con los criminales. Esto no cae en el terreno de la tolerancia sino en el de la complicidad.

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