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La corte de Juan Manuel


25 de septiembre de  2011 |  OPINIÓN | Por: María Jimena Duzán
En ese ambiente conspirativo y decadente que está tomando la Unidad Nacional, difícilmente pueden florecer las prácticas del buen gobierno.
Juan Manuel Santos ha dicho que su Unidad Nacional es una coalición para gobernar y no para quedarse en el poder. La frase es de estadista y no hay duda de que le quedó bien jalada: al pronunciarla, uno siente que está concebida para devolverle a la política colombiana cierta dignidad, cualidad de la que hace rato carece.
Sin embargo, para que la política en Colombia se vuelva digna el presidente Santos va a tener que hacer algo más que buenas frases, porque hasta el momento el talante que se le ve a esta Unidad Nacional que él impulsa no es precisamente el más altruista.

No se necesita ser un científico político para descubrir que esta Unidad Nacional no está integrada por partidos que cumplan la función de ser los vehículos de la expresión de las mayorías, sino por partiduchos que han sido captados por intereses personales y mezquinos; los mismos que se han acostumbrado a que la política se ejerce con un pie en la legalidad y el otro en la ilegalidad.

No hay ningún partido de la Unidad Nacional que no ande envainado con los avales dados a candidatos que tienen presuntos nexos con los paramilitares o con las Farc o el ELN, con lo cual se afianza la tesis de que el escándalo de la parapolítica en realidad no cambió la manera de hacer política en Colombia. Muy por el contrario, ya se ha vuelto costumbre dentro de los partidos que integran la Unidad Nacional recurrir al argumento de que si los medios cuestionan el aval de un candidato por presuntos vínculos con la ilegalidad, no es porque las acusaciones sean reales, sino porque se trata de un complot urdido por el contrincante para evitar que este llegue al poder. De esta forma, todos los partidos terminan legitimando a sus candidatos cuestionados entre sí sin el mayor reparo ético.

Al no haber partidos sino partiduchos, la Unidad Nacional corre otro riesgo: el de quedar reducida a una coalición de intrigas y de inquinas personales que le recuerdan a uno las épocas en que los cortesanos entraban a las cortes y se cuidaban de no darles las espaldas a sus contertulios por temor a terminar asesinados.

Con esa prevención están entrando a Palacio los unos y los otros. Uribistas a rajatabla, como Óscar Iván Zuluaga, y antiuribistas, como Juan Fernando Cristo; antisantistas de gran caletre que han sido nombrados ministros, como Juan Camilo Restrepo, y conservadores uribistas que le hicieron la vida imposible a Noemí Sanín hasta sacarla del ruedo; exmockusistas que hoy se toman fotos al lado de Santos y Uribe como si fueran viejos compadres (caso Lucho Garzón); reeleccionistas que propusieron la reelección del presidente Uribe y que hoy sin ningún empacho proponen la reelección de Santos mientras le sonríen a Germán Vargas Lleras en las reuniones de Palacio, el principal damnificado de que la reelección de Santos coja vuelo.

En semejante sancocho ya no se sabe quién es quién, ni qué ideas respaldan unos y otros, porque todos, en algún momento de su vida política, se han traicionado entre sí, comenzando por el presidente Santos, quien fue el primero en traicionar el ideario de Álvaro Uribe al imponer una agenda de gobierno diametralmente opuesta a la que le dio el triunfo en las urnas en las pasadas elecciones presidenciales.

En ese ambiente conspirativo y decadente que se está tomando a la Unidad Nacional, difícilmente pueden florecer las prácticas de buen gobierno. Y si el presidente Santos quiere convertir la Unidad Nacional en una coalición para gobernar y no en una corte en la que imperen la intriga y la conspiración mientras todo el mundo adula al rey, le va a tocar dejar de ser tan complaciente con sus cortesanos e imponer sobre ellos el interés general. Si el presidente toma sus decisiones por encima de esas inquinas y peleas intestinas que lo rodean y piensa en los millones de colombianos que están esperando que los saque de la miseria; que les devuelva la tierra que les quitaron los violentos; que les construya las carreteras prometidas y que aún no llegan y que les solucione sus problemas de vivienda y salud, la política en este país volverá a tener algún sentido.

De lo contrario, la noticia diaria quedará circunscrita a las conspiraciones cortesanas, a la zancadilla de la semana, mientras la política, entendida como el vehículo que puede cambiarle la vida al ciudadano, irá quedando cada vez más en manos de la ilegalidad.

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