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Salvo mi corazón…

07 de febrero de 2012 | OPINIÓN | Por: Fernando Londoño Hoyos

…es la seguridad al derecho y a la vida social lo que los cimientos al edificio que se levanta buscando el cielo con sus audaces agujas.
Ni la paz, ni el orden, ni la justicia pueden establecerse faltando la seguridad.
... todo está bien. Habrá reconocido, querido lector, el electrizante final del soneto de Carranza. El universo entero puede estar bien. Pero si anda mal el corazón, sobra todo lo demás.

Hacemos este recuerdo poético en homenaje de aquellos que sienten que todo va bien en Colombia, salvo la seguridad. Con lo que dicen, en el fondo, que nada está realmente bien.
La seguridad es valor primero y fundante, como dijera el mejor filósofo de América, Carlos Cossio. Con lo que quiso decir, que es la seguridad al derecho y a la vida social lo que los cimientos al edificio que se levanta buscando el cielo con sus audaces agujas. Ni la paz, ni el orden, ni la justicia pueden establecerse faltando la seguridad. Como condición previa, han de dedicarse a ella los mejores esfuerzos, bajo la pena de que queden arruinadas todas las ambiciones colectivas. Sin seguridad no hay nada.

Lo dicho, que casi nadie se atreve a discutir, vale también para que hecho análisis más cuidadoso, tenga de admitirse que las demás cosas que se suponen buenas, no lo son tanto, o no lo son en absoluto cuando la gente está insegura.

La prosperidad es una ficción, como todo lo que quiere sostenerse positivo y maravilloso en una comunidad insegura. La buena economía no durará mucho, porque las inversiones se acobardan y la producción decae; los servicios públicos, por sólidos que se miren, empezarán a fallar; la educación y la salud serán cada vez menos fiables; las obras públicas declinarán, porque ejecutarlas se vuelve una aventura; la justicia se contagia y se vuelve tornadiza o agresiva.

Los últimos acontecimientos son desoladores. Volvimos a escenas que recordamos familiares por aquellos años trágicos de finales del pasado siglo y que casi teníamos olvidadas. Los pueblos en ruinas, soldados y policías muertos, toda su fuerza impotente para enfrentar el crimen, y el pueblo, tantas veces silencioso, soportando la cruz de las extorsiones, las amenazas, los chantajes.

Algo, que no se quiere reconocer, anda muy mal. Le hemos cedido el espacio vital a los violentos y no tenemos energía para medir la magnitud de nuestros males. Denunciarlos se vuelve un delito y pedir remedio un desafío. Está comprobado que los gobiernos débiles suelen ser agresivos con cualquiera expresión de crítica, con cualquier pedido de acciones eficaces. Estamos entrando en ese peligroso terreno de tener por demonios a los que apenas se limitan a protestar con razones.

El Gobierno está haciendo muy poco por corregir tantos entuertos. Su condenable simpatía con vecinos belicosos le impide obrar en las fronteras y denunciar condescendencias y socorros que al otro lado de ellas reciben los criminales. La ausencia visible de estrategias serias de recuperación del orden, lo condena a acciones carentes de sentido, a movimientos nerviosos en lugar de políticas comprensibles, transparentes y firmes. Y como si fuera poco, una sorpresiva afición por la más barata demagogia, lo está convirtiendo en azorado impulsor de estas tendencias disolventes y anarquistas.

Si nadie sabe bien a derechas lo que pasó este fin de semana en Necoclí, es porque aquella concentración resultó un fiasco. Pero el Presidente y ciertos compañeros de su "Mesa" de Unidad Nacional quieren jugar con fuego. Lanzar una campaña de deslegitimación de la propiedad, sin señalar culpables ni precisar hechos, sino así, en abstracto y sin precauciones por respetar la verdad y el Derecho, es una irresponsabilidad manifiesta de efectos probablemente trágicos. El que no tiene se siente víctima, y el que tiene se ve acorralado y perseguido.
Mal ambiente para producir mucho y para mantener equilibrio y fraterna cooperación entre dueños y trabajadores de un campo tan promisorio. El Presidente no parece muy afecto a los estudios históricos. Que si lo fuera, con más tiento anduviera en estos pregones de injusticias generalizadas y de reparaciones dudosas. La inseguridad en el campo es la peor de todas. Y el origen de las mayores desventuras.

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