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Dic 10 de 1948
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Está fácil: todos pierden

Fernando Londoño Hoyos

Ojalá nos equivoquemos, cuando vaticinamos que las elecciones del domingo serán un desastre para la democracia...
Y por mucho, cuando vaticinamos que las elecciones del próximo domingo serán un desastre para la democracia colombiana. Nunca presenciamos un debate menos brioso y convincente que el que está llegando a su fin. Y lo peor es que el contagio ha sido universal y no hay a la derecha, o a la izquierda o en el centro un ápice de entusiasmo. Si es verdad que la política colombiana después de tanto tiempo de permanecer en el congelador, y cuando aterida y yerta intenta sus primeros pasos después de la catástrofe del Referendo, está divida entre uribismo y antiuribismo, el panorama no puede ser más desolador.
Porque uribismo sin Uribe, no solo como candidato, sino como factor esencial de la política, es una operación imposible. Y la oposición está descubriendo, demasiado tarde, que también necesitaba a Uribe para sobrevivir.
Hemos visto, entristecidos y confusos, que en estos meses de trajín político ha habido un poco de todo, menos de entusiasmo. Los partidos uribistas se quedaron sin cabeza y no es fácil el andar airoso en esas condiciones. 'La U' es un barquito a la deriva al que le faltan el velamen y el timón. En sus listas para Senado hay un puñado de colombianos interesantes, que no tuvo una oportunidad.
Y en el Partido Conservador las cosas no andan mejor. Fuera de la contienda Arias-Sanín, que tanto se empeñaron algunos en rebajar de nivel y destituir de sentido, lo que queda en el conservatismo es lo mismo de hace años. Unos cuantos que se atornillaron en el poder y que le cerraron abusivamente el paso a cualquier estilo novedoso, a cualquier forma de expresión diferente, a cualquier idea salvadora.
Por el lado de la oposición las cosas andan igualmente deprimidas. En el Partido Liberal, porque nunca pudo descubrir qué era lo que del uribismo le mortificaba. Y porque en ese trance de opositor sin causa se fue empobreciendo hasta la deplorable languidez en que se extingue.
El partido de Cambio Radical no tiene más que las ambiciones de su caudillo, que es tener muy poco. Fajardo es un buen mozo que ya fatigó con su silencio y espantó con su absoluta falta de ideas. A los tres tenores les quedó faltando la letra y la música para componer una canción. Y al Polo Democrático no le quedan alientos ni para la monótona demagogia de la izquierda. Los prosélitos se acuerdan de lo que pasa en Bogotá, y se declaran en íntima derrota.
Súmesele a este cuadro pesaroso el fatídico invento del voto preferente y queda la suerte echada. Nadie sabe al fin si vota por un partido, por una señora o por un señor y si el vecino de la lista es amigo o enemigo. Con el voto preferente se logró el milagro de poner en contradicción los compañeros de una lista, olvidándose de los supuestos contradictores de una causa. Y ese galimatías se expresa en un tarjetón tan complicado que va a derrotar millones de colombianos.
Aquello de empezar por distinguir el logotipo de un partido, para jugar después a un crucigrama con cien cuadros que no dicen nada y no tienen siquiera el consuelo de una fotografía, es demasiado para un elector de mediana información, que es el inmensamente mayoritario en Colombia.
Lo que no lograron los partidos con su mediocre campaña y sus vocecitas de ocaso, y los candidatos con sus mensajes pobretones e insulsos, lo hará el tarjetón, que expresa bien, seguro sin quererlo, este marasmo de ideas y de ideales, esta pérdida afrentosa de todo, hasta de las pasiones que la política suscita.
Quedan sobrando argumentos para sostener el vaticinio de que registraremos este domingo una descomunal abstención seguida de un peligroso campeonato de los votos nulos. Así que la mesa está servida para lo peor. Y no queda más remedio que terminar por donde empezamos. De esta triste batalla saldremos todos perdedores. 

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