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Dic 10 de 1948
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¿Cuál será peor?

20 de Octubre del 2010 | Por: Fernando Londoño 
"Como a los toreros tremendistas, todo el tendido nos aplaude. Por ahora."

La Ley de Víctimas no dice, como tampoco su vecina, la de Tierras, el ámbito temporal a que se aplica. Por donde nos podríamos ir hasta la Guerra de los Mil Días, en la que no hubo pocas. De la sola Batalla de Palonegro nos quedaron miles de muertos. Otros cuantos de Peralonso o La Amarilla, y centenares de miles padecieron durante esos tres años infernales.

Quién sabe si salgamos luego al rescate de lo que se llama la masacre de las bananeras y debamos pedirle al Nobel que nos diga cuánto de historia y cuánto de macondiana invención hay en su relato.

El asesinato que padecieron los conservadores de Pensilvania en la República Liberal tiene testigos presenciales, por donde se verá que los huérfanos andan por el mundo con sus tristes recuerdos a la espalda. Pero mucho más cerca y en todo más próximo queda el 9 de abril de 1948. No sería imposible que con el estímulo de la reparación podamos saber, al fin, cuántos fueron los muertos de aquella fecha trágica. Y que con el mismo aliciente vuelvan a la luz los centenares de miles que murieron, perdieron sus tierras, o las abandonaron como resultado de los años atroces que siguieron a la muerte de Gaitán.

De entonces para acá no hemos disfrutado de paz verdadera y plena. Nuestra Historia es una terrible sucesión de episodios violentos que fueron dejando la impronta de su locura, de su insensatez, de su crueldad en nuestro corazón lacerado.

Creíamos de nuestro deber situarnos por encima de tanto dolor y de tanta pesadumbre para descubrirle a esta Patria nuestra horizontes más limpios y prometedores. Pero no. Los especialistas en arañar heridas las quieren abrir de nuevo, para hundirnos en el debate estéril del pasado trágico. Sea. En lugar de mirar al porvenir, a entretenernos con el pasado, para que no se nos olvide una lágrima, ni un odio, ni un motivo para volver atrás y cobrar cuentas viejas. En este punto sustancial ambas leyes comparten motivaciones y objetivos. Es el mandato legal del odio, de la revancha, del regreso a nuestros peores momentos y nuestras más duras vergüenzas.

La Ley de Víctimas resultará más costosa. Colombia se le medirá a lo que no ha intentado ninguna nación sobre la tierra, que es pagar en dinero todo su antiguo sufrimiento. Y como bastará prueba sumaria para acreditarlo, no habrá jueces suficientes, ni chequera que alcance. En la reparación integral de todas nuestras víctimas, que tal vez sin exageración lo hemos sido todos, queda comprometido para siempre el presupuesto del país.

Los cuarenta billones del Partido Liberal, que no hay de dónde sacarlos, sea dicho al paso, no alcanzarán para el contado inicial.
Los ochenta billones que calculó el Ministro Zuluaga nos dejarán por allá en los años ochenta. Para llegar hasta hoy habrá que imprimir billetes a lo Obama.

La Ley de Tierras ya tiene paralizadas la agricultura y la ganadería. No habrá un despistado que ponga un peso en una finca que no se sabrá en manos de quién queda. De cuál poseedor real o ficticio, de cuál aparcero, de cuál arrendatario, de cual ocupante o de cuál mayordomo que se acuerde de que no trabajaba para su patrón sino para él mismo. Y que fue retirado por la fuerza del terruño que manejaba.

Son recuerdos posibles, sobre todo cuando caerán como langostas los colectivos de abogados especializados en ese tipo de memorias. A la Nación le tocará administrar ese caos y manejar la violencia nueva, movida por los aspirantes a dueños reparados y respondida por los que sienten suya, legítimamente suya, la empresa que no quieren cambiar por TES.

Por ahora, muchos se disputan la criatura. Muy pronto todos señalarán a otros de esa disparatada paternidad.


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