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La cacería



Andrés Felipe Arias | Medellín | Publicado el 16 de octubre de 2010

He regresado a esta columna por generosidad de EL COLOMBIANO. Me había retirado provisionalmente de este espacio mientras decidía junto a mi familia sobre un generoso ofrecimiento del Presidente Santos para representar a Colombia en la Embajada en Italia. Finalmente tomé la decisión de quedarme en el país. Y la decisión se fundamenta en dos razones.
La primera razón es que tenemos enorme responsabilidad de continuar defendiendo las ideas que permitieron encarrilar a Colombia por un sendero hacia la liberación definitiva de la mafia, el terror, la corrupción y la pobreza. Es decir, unas ideas que nos permitieron a todos los colombianos volver a soñar. Las ideas de Uribe. 

La segunda razón es que siento que lo correcto y lo ético es asumir de frente al país todos los ataques de los cuales he sido víctima. Sin huir. Ataques que se derivan de mi condición de uribista convencido y leal.

Nadie podrá negar la cacería sangrienta contra quienes hemos defendido pública y vehementemente las ideas de Álvaro Uribe, las ideas consignadas en el manifiesto de la Seguridad Democrática.

A unos los han matado ya. A otros nos quieren asesinar, pues abundan las amenazas de muerte desde las trincheras de la mafia y el terror. Pero a todos nos persiguen y enlodan. El objetivo: destruirnos, aplastarnos y aniquilarnos. Que no quede rastro de la fuerza uribista que transformó a Colombia, dejando herido de muerte al narcoterrorismo y dándole al país un futuro de prosperidad.

¿A quién se le ocurre hacer eso? A una cuadrilla de mafia, guerrilla y terrorismo que sintió el implacable peso de la Seguridad Democrática. A esos criminales que nunca pensaron que este país podía cambiar para bien. A esos delincuentes que engordaban sus arcas cuando el país iba mal y el crimen muy bien. Es decir, a todos aquellos que perdieron sendos privilegios a partir del 7 de agosto de 2002.

¿Cómo pueden lograr una cosa así? Utilizan ONG, colectivos de abogados, mafiosos extraditados, reclusos que se venden y hasta periodistas torcidos. Compran carteles de sicarios y violadores de la moral de las personas. Por dinero, estos carteles infiltran campañas y venden información con verdades a medias.

Utilizan columnas no sólo para dañar a las personas sino, además, para presionar a quienes deben fallar en derecho los procesos contra sus presas (los uribistas). Construyen cronogramas semanales de desprestigio para dañar personas (¡hasta tienen tablas en Excel para ello!). Y, créanlo o no, redactan los comunicados para que terceros (idiotas útiles) salgan a derramar basura sobre seres humanos y familias de bien. Mejor dicho, los chuzados somos otros.

No exagero. Quien les cuenta esto lo ha vivido en carne propia. Y no paran. Por ejemplo, esta semana, la Procuraduría me desvinculó de posibles cargos por corrupción en el programa AIS, lo cual no significa que no deba seguir explicando algunos temas administrativos muy complejos. Inmediatamente salió a ladrar la cuadrilla del odio. Dicen las malas lenguas que un periodista amenazó con una columna de desprestigio a un funcionario que lleva un proceso en contra mía. Y ni hablar de otro personaje que con odio en su lengua me disparó a matar y salió a esconderse cual cobarde en retirada. Padre Santo: ¡perdónalos porque no saben lo que hacen!

Ya lo dije en otra columna. El objetivo es destruir a Álvaro Uribe. No le perdonan el bienestar y el progreso que nos dio a los colombianos. No le perdonan su mayor legado: la Seguridad Democrática.

Y para llegar a él comienzan por sus amigos. Afortunadamente los amigos somos el 90% de los colombianos.

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