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Cristo resucitado

24 de abril de 2011 | COLUMNA | Por: José Manuel Otaolaurruchi, L. C.

La resurrección es un nuevo modo de vivir en comunión con Dios, liberados para siempre de la muerte
"¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? ¡No está aquí, ha resucitado!" (Lc 24,5)


La liturgia del domingo de pascua nos traslada al sepulcro de Cristo, envidiable testigo de la resurrección del Señor. María Magdalena se acerca de madrugada al sitio donde habían depositado el cuerpo de Maestro y encuentra la piedra removida. Corre a casa de Pedro y le informa de lo ocurrido. Salen de prisa Pedro y Juan para averiguar y, llegados al sepulcro, encuentran los lienzos puestos en el suelo y el sudario bien doblado en un sitio aparte. Entonces, san Juan vio y creyó, porque hasta entonces no había entendido las Escrituras. El sepulcro vacío no se considera una prueba fundamental de la resurrección, pero sí un presupuesto necesario para creer en la resurrección.

Este proceso de reconocer a Cristo resucitado lo tuvo que hacer cada uno de los discípulos, pues, como consta en los textos, al inicio ninguno lo reconoció de inmediato. Pensemos, por ejemplo, en los dos de Emaús o en María Magdalena, que lo confundió con el hortelano.

¿Por qué no lo reconocen? Porque la resurrección de Cristo es totalmente distinta a la de Lázaro, no se trata de la reanimación de un cuerpo, sino de una presencia distinta. No se trata de un fantasma que se aparece, sino de una presencia real -pues Jesús comió y se dejó tocar-, pero de distinto orden. Jesús, con su mismo cuerpo, pertenece ahora a la esfera de lo divino y eterno. La resurrección de Cristo nos revela cómo será nuestra condición después de la muerte, donde tendremos un cuerpo, pero ya no estará sujeto al espacio o al tiempo. Fijémonos que Jesús atravesaba las puertas, aparecía y desaparecía, pero no era un espectro o un espíritu.

Santo Tomás, hasta que no metió sus dedos en las heridas de los clavos y su mano en el costado abierto de Cristo, no creyó. ¡Señor mío y Dios mío! Estaba tocando a Cristo glorioso, estaba haciendo una nueva experiencia de un fenómeno jamás imaginado. A los discípulos de Emaús les sucedió lo mismo. Ellos imaginaban un Mesías poderoso, capaz de someter por la fuerza a los romanos y a los jefes de la sinagoga. No obstante, hacía tres días que había muerto crucificado. Ellos caminaron todo el día junto a Cristo sin reconocerlo. Fue hasta el momento de la fracción del pan cuando se les abren los ojos y descubren que es Cristo.

La resurrección no es un retorno a la existencia empírica, sino un nuevo modo de vivir en comunión con Dios, liberados para siempre de la muerte. Por eso es por lo que no lo reconocieron al inicio, sino a través de la fe y del corazón lo reconocen como verdadero. "¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino?"

twitter.com/jmotaolaurruchi

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