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Con mañita, doctor Petro

11 de diciembre de 2011 | EDITORIAL | Por: EL COLOMBIANO

Es claro que el alcalde electo de Bogotá, Gustavo Petro, quiere entrar pisando fuerte al Palacio Liévano. La alcaldía Mayor, que para él es un escalón hacia la Presidencia, le impone retos que no puede sortear como si todavía fuese un parlamentario opositor. Antes que la soberbia, le hará mejor una enorme dosis de prudencia y tino en sus medidas de gobierno.
Mucho han advertido los politólogos sobre las sensibles diferencias que hay entre el estilo de un parlamentario opositor, y el de un ejecutivo de la administración pública, como lo es un alcalde. En Bogotá están a pocas semanas de empezar a experimentar esta mutación, en cabeza de quien pasará de desempeñar el primer papel al segundo, como máximo responsable de esa gigantesca estructura que es el Distrito Capital.

Gustavo Petro ha querido entrar pisando fuerte en la Alcaldía Mayor, donde ahora despacha, como encargada, una antigua aliada -y ahora, más bien, antagonista- que, al parecer, no ha querido someterse a las órdenes que quiere dictar por anticipado el arrogante político electo. Y ese estilo ensoberbecido, señalado por sus propios excopartidarios, es el que les traerá muchos dolores de cabeza no solo a él, sino a la capital y sus habitantes.

Si hay algo claro, pues lo anunció el mismo alcalde electo en su discurso de triunfo el 30 de octubre, es que el cargo que asume el primero de enero no será más que un peldaño en su proyecto de largo plazo hacia la Casa de Nariño. Ningún otro elegido popularmente, salvo Andrés Pastrana -en circunstancias bien distintas- ha logrado que la alcaldía de la capital le sirva de plataforma para llegar a la Presidencia. El patético, más que dramático, ejemplo de su antecesor Samuel Moreno, que terminó en la cárcel en vez de la casa presidencial, ilustra el pedregoso camino donde quedan muchas ambiciones y no pocas ilusiones.

Quien viva en la capital, o la visite, tendrá a su vista la penosa evidencia de lo que es una ciudad destruida por un pésimo gobierno y una administración corrupta. Pero Petro no tendrá que cargar con la infame herencia que deja allí el Polo Democrático. A él se le reconoce -como lo hemos hecho en este mismo espacio- el valor de haber sido quien denunció, con documentos, el estado de postración moral en la Alcaldía Mayor.

Pero lo que no puede hacer es incurrir en la irresponsabilidad de anunciar medidas que provocan consecuencias nefastas en un clima de inversión que, mal que bien, han intentado las empresas públicas bogotanas para atraer recursos y liquidez. La Empresa de Energía hizo una emisión de acciones, con buenos resultados, que indican que hay inversionistas nuevos que creen en la proyección de la empresa y en su futuro.

Hacer anuncios súbitos sobre cambios en la estructura jurídica y empresarial causa, lógicamente, alarma entre los inversionistas, además de enojo. Esa alerta provoca una reacción en el mercado como la que llevó a la Superintendencia Financiera a suspender la cotización bursátil de la empresa capitalina.

Para esos anuncios -y ya ni se diga si se traducirán en decisiones de gobierno- hay que actuar de manera escrupulosamente cuidadosa, prudente, incluso sigilosa. Con estudios técnicos que indiquen su beneficio social, económico y su viabilidad jurídica. Y ahí sí, seguir los trámites que correspondan, incluyendo la oferta de compra a los inversionistas privados, a precios de mercado. Es discutible que lo que necesite Bogotá sea lo pensado por Petro. Pero si se empeña -conociendo al personaje, es posible que así sea- en ejecutar lo que con tanta imprudencia anunció, es de esperar que su ideología esté al margen del proceso.

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