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Dic 10 de 1948
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El triunfo de Noemí

Dijo alguien que la Democracia era el más imperfecto de los sistemas políticos, salvo los demás conocidos. Y tenía razón.
Como tienen razón los que se amparan en la regla de oro de la democracia, que es la del mayor número. Para efectos prácticos, la mayoría siempre tiene la razón. Aunque no la tenga. Aunque con frecuencia se equivoque, como la Historia nos lo recuerda. Hitler y Mussolini y Stalin y Mao llegaron al poder en olor de multitudes.
Como Castro y Chávez. Y en ninguno de esos casos acertaron las mayorías. Pero no importa. No habiendo otra regla, ni otra medida, ni otro sistema, el demócrata está presto a sacrificar su juicio, si lo tiene adverso, y a esperar paciente a que el reloj de la Historia llegue a su vera, y el número lo favorezca. La única política eficaz es la aritmética.
Cuantos luchamos esa hermosa batalla que fue la de Andrés Felipe Arias, firme al pie de unos principios esenciales; de una manera de concebir el Estado y la sociedad en Colombia; de una propuesta para reconocer que este es un país joven que demanda una oportunidad decisiva; un pueblo que requiere buena economía, muchos empleos en la ciudad y en el campo, moneda amigable con el desarrollo; infraestructura en grande y ahora, hemos quedado tendidos en el campo. Con un imponente caudal de votos, eso sí, que alcanza el millón cien mil, cautivados sin clientelismo, sin gamonalismo, sin alianzas que no dicen su nombre. Pero al fin y al cabo, menos que los otros. El Partido Conservador del Directorio, y sus centenares de miles de ocasionales asociados, fueron la mayoría. Y eso basta. El doctor Arias lo aceptó, en un acto pleno de grandeza republicana, y nada más hay que decir.

Que tengan espacio los jefes viejos, que no dirán muchas cosas nuevas, nos parece. Andrés Pastrana no nos sorprenderá con ideas originales sobre nuestro destino. De eso estamos convencidos. Los jefes del Atlántico no conmoverán la Nación con su discurso. Lástima que Gerlein se vea ya tan gastado. El queridísimo Fincho Cepeda no aportará a esta creación mucho más que su simpatía. Los de Caldas son los de los últimos 30 años, con lo que no decimos nada apasionante. Pero nos queda por oír a Arturo Yepes, quien a lo mejor nos depare una sorpresa, y de la Colina Iluminada de Fernando Londoño Londoño, vuelva a escucharse el toque de clarín del talento de Alzate, la prosa descomunal de Silvio Villegas, o la pasión y el estilo de Aquilino.

El departamento determinante ha sido el Valle del Cauca. Ubéimar Delgado, el gran compañero de Noemí en esa comarca, resolvió regalarnos con su silencio, al que le escogió el extraño sitio del
Parlamento, que suponemos para parlamentar. Queda César Tulio Delgado, que no nos dice mucho por el simple hecho de ser hermano de Ubéimar. Le queda el compromiso de mostrarse como el egregio tribuno, el insigne pensador y el enorme jurista que Colombia reclama.

No todo puede quedar sobre los hombros de Noemí. Ella, adornada de tantas virtudes y excelencias, tiene una vieja cita pendiente con la Historia. Para mostrar que está muy por encima de conocidos errores y temibles claudicaciones. Le creemos que ya quedó redimida de caguanes, que no es la persona equívoca de las horas que siguieron al asalto del Palacio de Justicia, sino una mujer distinta, fuerte, ilustrada en los grandes temas de Colombia y el mundo. Tantos años de andar entre la alta aristocracia europea no pudieron ser en balde. Y, si como ella lo dice, es tan capaz como Ángela Merkel, y tan carismática como la Bachelet, y tan profunda como la Thatcher, ¿qué más podremos hacer sino aplaudirla y festejarla?

De nuestra parte honraremos la palabra de Arias. Y además del respeto a la aritmética electoral, del reconocimiento a un triunfo que no objetamos, agregaremos nuestra devota atención y nuestro humilde deseo porque esta vez anduviéramos equivocados.

Fernando Londoño Hoyos

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