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¿Los cien días de lujo?

Noviembre 22 de 2010 | Por Saúl Hernández Bolívar

La mayoría silenciosa está con Santos como lo estuvo con Uribe, pero parte de la ruidosa y alborotadora minoría antiuribista se ha plegado a Juan Manuel.
 Se han ponderado en exceso los primeros 100 días de la administración Santos. Muchos, sobre todo entre los que no votaron por él, se declaran gratamente sorprendidos. Otros, en cambio, se declaran inconformes por considerar que Juan Manuel Santos está gobernando con la agenda de la oposición (recuérdese la frase de Lucho Garzón) y no con la del uribismo, que fue la corriente que lo eligió.

Sin embargo, si nos atenemos a las encuestas, los inconformes son pocos. La mayoría silenciosa está con Santos como lo estuvo con Uribe, pero parte de la ruidosa y alborotadora minoría antiuribista se ha plegado a Juan Manuel; unos por interés e instinto de supervivencia (el Partido Liberal) y otros por ese encantamiento que hay tras los formalismos conciliacionistas, lo cual, en el ejercicio del poder, consiste en tomar, en un ambiente de concordia, las mismas decisiones que se hubieran tomado en medio de tensiones.

Sin duda, el donaire de Santos ha encumbrado el optimismo de los colombianos, pero hacen falta más que 100 días de arrumacos y galanterías para que este gobierno pase a la historia, como todos queremos. Por fortuna, hay bastante certeza de que la política de seguridad ya es irreversible y ha calado como política de Estado.

La caída del 'Mono Jojoy' es prueba fehaciente, así como la de otros cabecillas como 'Domingo Biojó' y, probablemente, 'Fabián Ramírez'.

Pero Santos ha relegado su promesa principal de la Prosperidad Democrática por montarse en embelecos del liberalismo que van a constituir su ruina. Mientras las cinco locomotoras del empleo permanecen paradas -seguramente por culpa de "la maraña del Estado, que todo lo entorpece y todo lo dificulta"-, Juan Manuel dice que se morirá tranquilo si saca adelante la Ley de Tierras, loable intención que nos dejará a todos sumidos en un lodazal.

La verdad, es indiscutible la necesidad de darle dientes a la ley para extinguir el dominio de tierras a 'paras' y narcos y gravar fuertemente las tierras ociosas. Pero esta ley, como está planteada, se va a convertir en fuente de enormes conflictos que solo va a dejar lamentos. La revista Semana (30-10-10) hacía recordación de que Armero tenía 40.000 habitantes y en la tragedia murieron 30.000. Pero "cuando se creó Resurgir, para ayudar a los damnificados, se presentaron 50.000 personas". Acogerse a la Ley de Tierras -y a la de Víctimas- será el deporte nacional.

Una muestra del tipo de pesadillas que nos esperan es la demanda por 593 billones de pesos (el presupuesto nacional para el 2011 es de 147) que afortunadamente fue fallada a favor de la Nación el año anterior, la cual fue interpuesta por una familia que reclamaba derechos sobre 1.926 kilómetros cuadrados del oriente antioqueño, que supuestamente estaban en sucesión desde 1932.

Lamentablemente, no faltarán jueces que pongan el país patas arriba. Esto, cuando deberíamos estar repartiendo tierras en el 'cerrado' colombiano, replicando programas como Vallenpaz y volcando al agro esfuerzos en ciencia y tecnología.

Ser un reformista 'progre' no implica ser exitoso y menos cuando las focas que aplauden son las que antes gruñían. Igualmente, restablecer relaciones diplomáticas y comerciales con un pueblo hermano no puede verse como un gran logro cuando hay graves concesiones de por medio. En Santos son habituales las audacias, y no hay que olvidar que él fue el primero que vio en Chávez un gran peligro, pero no es buen momento para tener en el hombre nuclear al "nuevo mejor amigo", intercambiar un pez gordo como Makled por tres peones para disgusto de los gringos y olvidarse de la complicidad del amigazo con los terroristas.

Hay que darles a las cosas la dimensión que merecen. No está mal conciliar y mantener las formas, pero los cantos de sirena pretenden llevar la nave hacia las rocas.

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