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Miremos nuestro oficio

5 de agosto de 2011 | OPINIÓN | Por: PLINIO APULEYO MENDOZA
Los medios en Colombia terminan por ser sólo la correa de transmisión de jueces y fiscales, y por esa vía se incurre en linchamientos mediáticos.
    Algo evidente: hoy en día, el papel puramente informativo de los periódicos se desvanece frente a los noticieros de radio y televisión. Rara vez hay para uno novedades en la primera página de un diario; uno ya las conoce. Ante esta realidad, ¿qué alternativas tiene la prensa escrita? En Europa, como solución, se ha abierto paso un periodismo investigativo y de análisis. El cómo y el por qué, las causas y consecuencias acompañan los informes sobre cualquier acontecimiento político o cualquier otro hecho de importancia. Es el valor agregado que por su propia inmediatez en el cubrimiento de la actualidad no pueden permitirse noticieros de radio o televisión.

    No es esta todavía la alternativa buscada por la prensa colombiana. Entre nosotros, la noticia publicada en los diarios es el simple, y muchas veces, comprimido registro de un hecho que ya ha sido divulgado en otros medios. Los comentarios -y no necesariamente los análisis del mismo- quedan relegados a las páginas de opinión, dominadas por la visión personal, inevitablemente polarizada de nosotros, los columnistas. En cambio, ante el riesgo de perder lectores al quedar sin primicias informativas, se ha abierto paso en nuestros diarios y revistas lo que yo llamaría un periodismo ligth, sin duda llamativo y bien diseñado, que nos distrae con informaciones muy ilustrativas sobre las divas del momento o temas tales como los cambios que sufren los perros en la vejez o las maromas que supone hacer el amor en una hamaca.

    A mí, para ser franco, este desvío dictado tal vez por razones de circulación, me preocupa. A una justicia polarizada -que condena con base en cualquier dudoso testigo a los amigos de Uribe y que en cambio, para proteger a los amigos de las Farc deja sin validez lo revelado en los computadores de 'Reyes'- se suma un mundo político y una prensa de opinión también polarizados. Frente a este alarmante panorama, donde la verdad naufraga sin remedio, se requeriría un periodismo investigativo capaz de orientar a la opinión pública. Pero no. Los medios terminan por ser sólo la correa de transmisión de jueces y fiscales, y por esa vía, un Andrés Felipe Arias o un Bernardo Moreno se convierten en víctimas de un linchamiento mediático.

    Con la excepción de un Yamid Amat o una María Isabel Rueda, las entrevistas de radio y televisión son otros entes acusatorios que buscan poner contra la pared a los entrevistados. Y aunque un Julio Sánchez o un Alberto Casas no asuman tal rol, la escuela feroz de un Félix de Bedout se abrió paso en la W y en todos los medios. A ese linchamiento se suma el de mediocres caricaturistas que confunden el humor con las patadas.

    Como simple correa de transmisión, el periodismo escrito y audiovisual nos mantiene al tanto de los horrores que se cometen en los lugares más apartados del país. Tal es nuestro menú diario. Pero no por ello llegamos a vislumbrar la realidad que se vive en el Cauca, Arauca, Chocó o Casanare. Es el papel que debería cumplir un periodismo de reporteros en vía de extinción. No es extraño que aisladas figuras que lo cultivan con valor -una Salud Hernández-Mora o un Mauricio Gómez- se hayan formado en otras latitudes.

    Al margen de odiosas polarizaciones, que buscan en unos casos condenar a Uribe y en otros condenar a Santos, fenómenos como la nueva estrategia de las Farc, que ahora le permite multiplicar y camuflar sus acciones, requieren trabajos esclarecedores de la prensa, más importantes que informes sobre dietas, sexo, últimos gritos de la moda o bellas modelos y actrices de televisión. Sí, es hora de salir de nuestro coqueto entorno capitalino y de su chismografía social o política para sacarle nuevas chispas a nuestro oficio. El país lo necesita.

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