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¿Modernización del Partido Liberal?

13 de diciembre de 2011 | OPINIÓN | Por: PALOMA VALENCIA LASERNA
El nombramiento de Simón Gaviria como Jefe del liberalismo no es sinónimo de modernización, ni de cambio; le cabrían más otros calificativos menos agradables para la democracia, tales como: continuismo, herencia o nepotismo.
Ha sido una tradición en Colombia –como en muchos otros países- que los hijos de los políticos se vinculen a su vez a esa práctica. El hecho no tiene nada de malo, pues de igual modo sucede en otras profesiones donde también se heredan familiarmente los gustos. Lo que no es convincente en el caso del liberalismo es que este proceso se haga sin esperar que para que uno entre, el otro se retire. En Colombia esta es la primera vez que un líder en ejercicio, hace nombrar a su hijo como jefe sucesor.

Simón Gaviria ha sido un buen parlamentario. Llegó del exterior en el 2006 y como su padre era el jefe del liberalismo, Simón aspiró por otro partido, y pese a su corta edad y a no tener ningún trabajo político, fue elegido “Por el país que soñamos” como Representante a la Cámara. Su maduración política se dio a tumbos pasando de ser peñalosista-uribista a ser antiuribista-liberal. Desde el liberalismo fue reelegido con una votación abrumadora y ahora, con apenas 31 años, es Director único del liberalismo. Si no fuera el hijo de Cesar Gaviria su carrera sería la de un monstruo político como pocos ha visto esta tierra; pero lo cierto es que, pese a las condiciones intelectuales de Simón, difícilmente habría hecho algo de todo esto si no fuera hijo de su padre. Aquello no está bien, ni es aceptable. La idea de que el poder se utilice a favor de la familia es propio de los regímenes autoritarios o de las sociedades feudales o de monarquías por sangre.

El caso de Simón es el más abrupto, pero no el único. Horacio Serpa lanzó a su hijo al Concejo y para evitar estas suspicacias, su candidatura fue en Bogotá y no en Santander; dejando al menos una barrera territorial. Debió esperar a no estar en el poder para proceder al legado, como lo hizo el nieto de Julio Cesar Turbay –ya extinto- para aspirar al Consejo. Por fuera del liberalismo, el escenario es parecido: Roy Barrera lanzó a su hijo al Concejo de Cali; y muchos parlamentarios andan ya paseando a sus hijitos recién graduados para que las maquinarias vayan conociéndolos y la sucesión esté garantizada. Hay un límite frente al cual “heredar” es admisible en una democracia; es imposible exigir que la ley aparte a quien legítimamente tiene derecho a aspirar a los cargos que ocuparon sus familiares; pero hay una barrera de respeto que no puede ser burlada; el jefe no puede heredarle el poder a su familia. El nepotismo -que fue usual durante la edad media- fue proscrito desde hace mucho.

Estos triunfos instantáneos de jóvenes –que pueden ser promisorios- por el impulso de un familiar demuestran como la política en el país es cada vez más una rosca. La política está amarrada a las maquinarias y toda la reglamentación existente a convertido a los partidos en estructuras de avales al servicio de los congresistas ya entronizados. Abrirse paso en la política colombiana es casi imposible. Eso se ve en el resultado de otros tantos jóvenes -tan o más talentosos que los herederos- derrotados por las maquinarias que controlan los partidos.

La herencia política se da y se ha dado en Colombia; pero cuando el jefe está extinto o al menos retirado, y el heredero tiene que recorrer un camino. Esto hace una diferencia sustancial; el tributo que reciben los Galán se los rinden otros –no sus familiares- que reconocen en ellos el legado de su inmolado padre. Santos, Pastrana o Vargas Lleras han tenido que recorrer caminos políticos solos y trasegar duramente antes de saborear las miles del poder; y de ninguno de ellos se puede decir que el padre les entregó un Partido.


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