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Reflexión necesaria

15 de diciembre de 2011 | REFLECTOR | Por: FERNANDO LONDOÑO HOYOS
La doctora Morales debió ser clara con sus electores y hoy debe ser clara con la Nación. Aunque ya nos notificó su marido que no piensa renunciar, y a los maridos hay que creerles, quedan a su cargo cuestiones éticas insoslayables.
Carlos Alonso Lucio y Viviane Morales pueden vivir como les plazca. Tienen el más perfecto derecho a ser los actores de su historia de amor, sin que nadie lo tenga a intervenir en ella. Pueden separarse y unirse, compartir techo o no compartirlo, educar sus hijos como su conciencia se los mande, disfrutar sus vacaciones, manejar sus asuntos, ser los dueños y arquitectos de su propio destino.

Pero cuando la señora asume la dignidad de cabeza del poder de investigación criminal en Colombia, tiene que guardar distancias, garantizar su independencia, ponerse a cubierto de cualquiera influencia dañina o sospechosa en el manejo de asuntos públicos de tanta trascendencia.

Cuando la doctora Morales exige respeto para su vida privada y asegura que en sus decisiones nunca tiene que ver su marido, olvida dos cosas. Que la vida privada de quienes ostentan responsabilidades como la suya se vuelve asunto del dominio público. Y que como buena cristiana no puede ignorar que el juramento matrimonial envuelve, entre otras cosas, la obligación mutua de auxiliarse en todo.

En un matrimonio no hay asuntos reservados, ni proyectos de vida exclusivos, ni indiferencia posible. Cuando los colombianos nos preocupamos por la conducta del marido de la Fiscal, estamos tomando muy en serio los mandatos evangélicos y legales sobre la institución matrimonial.

La Fiscal tiene una historia política propia que en nuestro parecer no la enaltece. Sus acciones en el proceso 8.000 no la dignifican ni la recomiendan. Tampoco la acreditan para el cargo sus escasos conocimientos en materia de Derecho Penal. Verla prendida de una pantalla en cada audiencia, para limitarse a leer lo que otros le escriben, no deja de ser un tanto asombroso y un tanto deprimente. Pero sea. La Corte la eligió conociendo aquel pasado y estas limitaciones.

Con lo que al parecer no contó la Corte es con su decisión posterior de restablecer su vínculo matrimonial con Carlos Alonso Lucio. Con el guerrillero que fue del M-19, en andanzas que no ha explicado ante los jueces competentes, como que las cubre el nada consolador manto de un perdón judicial; con el amigo y colaborador del Eln, cuya huella sangrienta es indeleble en la Historia de la República; con sus vínculos con los paramilitares, a los que quiso representar en las conferencias de Ralito; y con su condición de condenado por la propia Corte, sin que importe averiguar por cuál delito.

La doctora Morales debió ser clara con sus electores y hoy debe ser clara con la Nación. Aunque ya nos notificó su marido que no piensa renunciar, y a los maridos hay que creerles, quedan a su cargo cuestiones éticas insoslayables. Porque la amplitud y gravedad de los temas que tiene y tendrá entre manos son de inmensa gravedad y rozan por todas partes el pasado y el presente de Lucio.

El tema del Palacio de Justicia está muy lejos de clausurado. Y Lucio perteneció al grupo que perpetró esos hechos atroces. Los acuerdos de paz con el Eln vuelven a tomar entidad. Y Lucio ya fue asesor de ese grupo en materias similares. Los paramiltares son noticia judicial de cada día. Y Lucio, por asesorar a algunos, bien identificables, tuvo que ser expulsado del recinto por el Comisionado de Paz.

Y Lucio fue defensor a ultranza de un gobierno cuyos vínculos con el crimen de Álvaro Gómez Hurtado se seguirán discutiendo hasta que se disipen las sombras que lo cubren.

Mal consejero. Mal auxiliador. Mal confidente. En lo que nos declararíamos neutrales, si quien recibe los consejos, acepta los auxilios y propone las confidencias no fuera la Fiscal General de la Nación. Ante el hecho irreversible de un matrimonio, no cabe sino el hecho inevitable de una renuncia.

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