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No entiendo

24 de enero de 2012 | COLUMNA | Por: FRANCISCO SANTOS  

Juan Manuel Santos jamás habría sido Presidente si no es por Álvaro Uribe. Lo hizo ministro de Defensa y lo defendió a capa y espada de acusaciones, que son ciertas…
Lo tenía todo servido en bandeja. Una economía boyante, una seguridad creciente, una herencia difícil de dilapidar. Solo era cuestión de manejar bien los hilos de la sucesión, de ir creando un espacio propio y de consolidar un proyecto político, económico y de país que, entre otras cosas, lo pusiera a la altura de su tío abuelo y la relación que tuvo con López Pumarejo.

Pero no quiso que fuera así. Se dedicó a codear, a destrozar lo del pasado con un síndrome de la creación agudo inexplicable, a denigrar de su propia herencia y a buscar su espacio no construyendo sobre lo construido sino en hombros de un cadáver que lo llevó a donde está hoy pero cometiendo uno de los peores delitos no solo del código penal, sino más grave aún, del código del honor: el parricidio.

Se trata del presidente Juan Manuel Santos y sus actuaciones en este año y cinco meses de gobierno. Podía con toda tranquilidad ir haciendo lo que hoy hace sin necesidad de acabar con el anterior gobierno, con sus colegas de gabinete y con su padre político, el expresidente Uribe, quien lo llevó a la Presidencia de la República.

Juan Manuel Santos jamás habría sido Presidente si no es por Álvaro Uribe. Lo hizo ministro de Defensa y lo defendió a capa y espada de acusaciones, que son ciertas, además, aunque la justicia lo haya absuelto, de querer tumbar a Samper para armar un gobierno de unidad y paz con paras y guerrilla. Es más, cuando su campaña naufragaba se la jugó por dejar un sucesor digno de la labor de transformación que se inició en el 2002 y que esperaba se consolidara con él.

Pero no fue así. Sí, Uribe hizo Presidente a Santos pero este último una vez electo dio la espalda a su antecesor e hizo todo lo contrario. Nombró a los enemigos políticos que él tanto criticó mientras estuvo en el gobierno Uribe, aprobó las leyes contra las que él se pronunció unos años atrás y emprendió una campaña de desprestigio muy bien articulada con unos sectores del poder judicial contra aquellos con los que se abrazó apenas unos años antes. Ah, y ¡oh! sorpresa, acaba de amigo íntimo de aquellos contra los que despotricó como columnista y como político durante años.

No sé si al país le gusta ese tipo de política. La del saltimbanqui, la deslealtad, la puñalada trapera y la traición. A mí no. Por eso acá sigo dando la pelea, y así sea el último en caer en batalla lo haré con la frente en alto, para defender el gobierno que rescató a Colombia de las fauces de la violencia, la indolencia, la desconfianza y la derrota colectiva.

Defenderé, sin dejar de admitir errores que cometimos, a capa y espada el gobierno de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social que hoy tiene a Colombia brillando en el continente y en el mundo.

Y nunca, nunca, podré entender cómo el actual Presidente se declara víctima del anterior cuando este fue el más generoso, el más leal y el más comprometido con Juan Manuel Santos.

¿Qué pasó? ¿La soberbia del poder? ¿El ego de no poder aceptar quedar en la sombra de un gobierno amado y admirado por gran parte de la nación? ¿Había que destruir la gestión anterior para tratar de brillar? ¿No había confianza en la luz propia? ¿Cuál es la razón de una deslealtad de semejante dimensión?

En unos años la historia dará el dictamen que esperamos confiados. Santos, por su parte, desperdició la gran oportunidad de reditar lo que esos grandes políticos de Colombia hicieron en las décadas del 30 y del 40 en beneficio de un país moderno. Y prefirió en cambio reditar y ser la herencia de dos fracasos rotundos como lo fueron Pastrana, el joven; y Samper, el del 8.000.

Sí, aún no lo entiendo.

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