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¿Cuál es la imagen de Santos?

24 de abril de 2012 | EDITORIAL | Por: EL COLOMBIANO
Lo que sorprende no es la continua caída de la imagen favorable de Juan Manuel Santos. Lo que sorprende es que algunos no sepan por qué la gente está cada vez más descontenta.
Mientras algunos medios capitalinos no ocultaban su desazón por la caída en la imagen favorable del presidente Juan Manuel Santos, éste reaccionó ayer con anuncios de impacto.
Desde que comenzó este Gobierno, en cada medición decae su nivel de aceptación. ¿Por eso, justo ahora, habrá "100 mil viviendas gratis" para "los más pobres"? Eso sí, previo trámite de una ley ante el Congreso.

¿Se podrá desvincular el movimiento del Gabinete, ayer, con los resultados de la encuesta "Colombia Opina", de Semana y RCN, cuyos resultados le fueron bastante adversos a Santos y a su Gobierno?

Es visible una estrategia informativa donde aún no agotan la artillería para mostrar a Santos como un estadista sin parangón en nuestra historia.

El protagonismo del Presidente en publicaciones internacionales de la mayor importancia, ha sido logrado de forma exitosa por su equipo de comunicaciones, con ayuda inestimable de algún amigo extranjero.

Pero así como han sido exitosos afuera, no lo han sido adentro. Y no solo porque no hayan sido capaces de comunicar bien, sino porque no había -y el de ayer es un anuncio- hechos tangibles qué mostrar.

La gente diferencia perfectamente entre los eslóganes, los anuncios y las realidades; y porque las ejecutorias -como lo dijo El Tiempo hace unos meses- distan mucho de la retórica oficial.

A Juan Luis Cebrián , de El País , de Madrid, el Presidente Santos le hace un catálogo plagado de autosatisfacción, quejándose de que, sin embargo, nada de eso le gusta al expresidente Álvaro Uribe.

Pero es que no es sólo a Uribe. A buena parte de la población tampoco le gustan.

Disgusta profundamente la declinación del liderazgo del Presidente de su condición -esencial, irrenunciable- de comandante de las Fuerzas Armadas.

Disgusta que, bajo el pretexto de conservar como sea las buenas relaciones con los gobiernos vecinos, el Presidente, a pesar de estar enterado y documentado, tolere el asilo de facto de los jefes guerrilleros en esos Estados.

Disgusta que el Presidente y su Gobierno se empeñen en decir que la inseguridad no existe, y que es simple asunto de percepción ciudadana.

Disgusta que, ante una catástrofe natural por fenómenos de lluvia anunciados y previstos, el Gobierno siga estancado, sin ejecutar las obras necesarias, y cada tres meses se vean las mismas imágenes de damnificados y pueblos bajo ríos de pantano.

Disgusta que el Gobierno no haya podido poner orden en el sistema de salud, y que las deficiencias de atención y la mala administración crezcan sin control.

Disgusta que se anuncie al mundo, como una revolución sin precedentes, la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, mientras a los reclamantes los asesinan con la mayor facilidad, y lo de las tierras no haya pasado de concentraciones convocadas con oportunismo político, y que generan estigmatización.

Preocupa a la gente el desempleo y la falta de oportunidades, mientras el ministro del ramo pasa completamente desapercibido -como buena parte de sus colegas-, salvo en las páginas de vida social.

Preocupa a la gente el regreso a los estilos presidenciales versallescos, tan proclives al boato y a la frivolidad, muy celebrados por un sector de opinadores capitalinos.

Si alguien se pregunta por qué cae en picada la opinión favorable a Santos, dese una vuelta por la Colombia que rodea a Bogotá. Tendrá respuestas claras y evidentes.

Al Presidente Santos le gusta compararse con grandes estadistas norteamericanos: que si como Abraham Lincoln, incorporó adversarios a su Gobierno, para lograr metas de interés nacional por sobre las diferencias; que si como Franklin D. Roosevelt, será un "traidor a su clase", por proteger los intereses de los más necesitados, antes que atender los reclamos del llamado "establecimiento" al cual pertenece.

Si no endereza el curso de su Gobierno y pasa a la acción, terminará pareciéndose no a uno de esos grandes referentes de liderazgo indiscutible, sino a uno más de los que han pasado por el poder con más pena que gloria.

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