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Ni un paso atrás

16 de enero del 2011 |  REGISTRO | Por Rafael Nieto Loaiza
Hay muertes que nos conmueven más, porque nos son cercanas o lo son a gente que queremos, o porque las circunstancias de los muertos o las de la muerte misma, nos impactan de manera singular.

Estamos biológicamente adaptados para soportar el viaje definitivo de los viejos, incluso cuando son los nuestros, por mucho que su ausencia nos asole. La desaparición de los hijos, en cambio, es siempre traumática. No es el orden natural que nuestra descendencia parta antes que nosotros. Hay quien nunca se recupera de semejante pérdida.

Las muertes violentas son inevitablemente devastadoras, por la sensación implícita de que los idos partieron antes de tiempo. Pero duelen menos las que son resultado de los accidentes o de la acción inatajable de la naturaleza que las que son producto de la mano del hombre. Los homicidios son fuente de desconcierto y, sobre todo, de ira. Cuando, además, las víctimas son niños y jóvenes, la cólera se multiplica exponencialmente. Y la sociedad se levanta como un todo para exigir la persecución y el castigo de los culpables. 

A veces, sin embargo, la repetición del crimen y su banalización por la televisión, que hace un espectáculo aún de lo más sagrado, anestesia a las sociedades y enajena nuestro innata inclinación a protegernos y a defender la vida. Algunos, por odio o por conveniencia política, han decidido olvidar que así estábamos, paralizados y a merced de los violentos, apenas hace ocho años. Despertamos de la mano del liderazgo y la acción enérgica del gobierno de Uribe. Desde 2002 la tasa de homicidios disminuyó un 45%. ¡En números absolutos, más de 104.000 personas se salvaron de ser asesinadas!

Esa razón, más que cualquier otra, explica los nueve millones de votos del Presidente en las elecciones de junio. Por mucho ruido que hagan los liberales y la caterva envenenada de los opinadores antiuribistas, colonizadores de casi todos los medios de comunicación, no hay que callar que la gente votó por la continuidad. No puede olvidarlo, por cierto, el gobierno mismo, por mucho que, yo también lo he dicho, Santos sea Santos y Uribe sea Uribe. Pueden y deben haber nuevos equipos, cambios en el estilo, giros en las formas, correcciones, énfasis distintos. Pero dejar las políticas fundamentales de Uribe sería traicionar a los electores. 

Me desvío, sin embargo. El motivo de esta columna no son las relaciones entre los Presidentes o la manera en que deben articularse sus políticas. La razón es el homicidio de Mateo Matamala, de Margarita Gómez y de Diego Sánchez. A los dos primeros, jóvenes biólogos de la Universidad de los Andes, hijos de reconocidos empresarios, los asesinaron los narcos agazapados en las playas de Córdoba. Al último, estudiante de ingeniería y nieto del alcalde de Puerto Asís, las Farc. Son asesinatos que prueban que por mucho que se haya avanzado en defensa de la vida, la tarea está lejos de haber concluido. Los violentos siguen siendo muchos. El narcotráfico es todavía la peor de las plaga que nos asuelan. Las bandas criminales se renuevan, con otros nombres y otros jefes. Las Farc tienen aun enorme capacidad de hacer daño.

No podemos ceder un centímetro de lo ganado. Nada hay más importante que profundizar el combate contra los grupos armados ilegales y obtener la neutralización, por captura, rendición o muerte, de hasta el último de sus miembros.

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