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El otro mantra de Santos

19 de enero de 2012 | EDITORIAL | Por: EL COLOMBIANO

El Gobierno colombiano, a través de la Canciller, ha salido a decirnos lo que precisamente no queremos que nos diga: que Colombia no se pronunciará respecto de las desafiantes declaraciones del Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, durante la posesión de su cuestionado ministro de Defensa, Henry Rangel Silva, señalado de ser cercano a la cúpula de las Farc. Algo está pasando.
No hemos dicho nunca que la diplomacia del micrófono sea la mejor vía para mantener un clima de confianza y de respeto con los demás países y, mucho menos, que no anhelemos la paz para Colombia. Claro que la queremos, pero no a cualquier precio ni como producto de las manipulaciones y los chantajes, vinieren de donde vinieren.

Es peligroso y lleno de inquietantes interrogantes el silencio que hoy practica el Gobierno colombiano en un tema tan delicado como el planteado por el movimiento Colombianos y colombianas por la paz, para que haya un cese el fuego bilateral por 90 días con las Farc. Sobre todo en momentos en que el Presidente de Venezuela, Hugo Chávez, no solo nombra como su ministro de Defensa a un general cuestionado por sus presuntos vínculos con esta guerrilla, sino que ofrece su país como posible territorio de diálogo.

¿Será que nuestra diplomacia tiene dos teléfonos activados: uno con Venezuela, por el que se tratan los temas menos neurálgicos y de índole comercial, y otro por el que se están buscando acercamientos con las Farc, sin descartar la posibilidad de que Venezuela pueda ser un puerto seguro para avanzar en un eventual diálogo con la guerrilla?

No lo sabemos, pero sería bueno conocer qué está pasando, pues no son pocas las manifestaciones ni menores los síntomas de que se está moviendo algo. ¿Estará el Gobierno colombiano atrapado en su propio discurso?

Es decir, que cuando se tiene que decir algo, y este es el momento para decir algo sobre lo que está pasando con Venezuela y con las Farc, no se diga nada, porque eso implicaría darles la razón a quienes como el exPresidente Álvaro Uribe y muchos otros, entre ellos este diario, sostienen que Juan Manuel Santos ha comenzado a ser víctima de su propia doctrina, la del "nuevo mejor amigo".

Decir, por ejemplo, que el nombramiento del general Henry Rangel Silva como ministro de Defensa de Chávez debería causar alguna preocupación en Colombia, y que el silencio oficial del lado colombiano contrasta con la locuacidad y las amenazas presidenciales en el otro lado de la frontera, no es más que la confirmación de que en las nuevas relaciones con el vecino, el que está imponiendo las condiciones es Chávez, quien ahora marca territorio y levanta la voz para decir que cualquier ataque a Rangel Silva lo entenderá como un ataque a Venezuela.

¿Olvidará Santos que fue el propio Chávez el que puso en alerta a sus tropas ante la posibilidad de que Colombia votara por él para Presidente? ¿O que fue él, Santos, el que como ministro defendió, como debía ser, la validez de las informaciones halladas en el computador de alias Raúl Reyes, que aún comprometen tanto a Chávez como a varios de sus colaboradores, entre ellos Rangel, y ahora no opine lo mismo?

Parece que Santos, tal como le pasó a Pastrana, también está obsesionado con ganarse el Nobel de Paz y, para tal fin, ahora tiene, entre otros, un nuevo mantra: "No peleo con Chávez, no peleo con Chávez...". Y no es pelear por pelear, Presidente. Se trata de la protección de nuestra seguridad y la defensa de nuestra institucionalidad.

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