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No se calle, Ministro

26 de enero del 2011 |  OPINIÓN | Por Fernando Londoño Hoyos
La elocuencia militar es tan decisiva como el valor del soldado.
Haciendo uso del sagrado derecho a discrepar, nos apartamos de la nota editorial de este mismo diario, en la que le pedían al ministro Rivera que se dedicara más a la Defensa y menos a las palabras. Se advierte en esas líneas la tendencia a sostener que los militares, como los que Rivera políticamente dirige, hablan con los fusiles, pues que por deliberante la palabra les está vedada.

    Para fortuna de la cultura de Occidente, Temístocles y Arístides y Leónidas no fueron mudos. Los griegos detuvieron el aluvión persa con las lanzas bien puestas, pero con el corazón henchido de valor por las arengas libertarias de sus próceres. Alejandro no hubiera sido el Magno y no hubiera conquistado el Asia sin el talento político que le cultivó cierto filósofo de Estagira, llamado Aristóteles.

    Por fortuna, nadie mandó callar a ese Julio César que más que la derrota de Vercingétorix nos legó en los Comentarios a las guerras de las Galias una de las páginas cimeras de la cultura universal. El paso del Rubicón solo habría sido la aventura de un audaz sin el Alea jacta est, que acompañó el galopar de su caballo sobre las aguas.

    Viniendo a grandes zancadas hasta los umbrales de nuestro tiempo, nos encontramos con que Austerlitz, Wagram y Jena no pasarían de sangrientos hechos de armas, si Bonaparte no hubiera metido en las alforjas de su caballería invencible la Declaración de los Derechos del Hombre. Y si no hubiera tenido tiempo para discutir con Portalis y sus compañeros las líneas esenciales del Código Civil, aquel Corso estaría relegado a la larga lista de soldados valerosos con algo de fortuna.

    Sin el Discurso de Cartagena, Bolívar no habría entrado a la historia de este continente, que anduviera sin su nombre todavía extraviado en busca de su destino. Sin el Discurso ante el Congreso de Angostura, Boyacá, Ayacucho e intermedias no valdrían para una mala crónica de batallas mediocres. Y sin la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, y sin el Proyecto de Constitución para Bolivia, del caraqueño no quedara nada y de verdad su suerte estaría reducida a iluminar un instante para luego perderse en el abismo.

    No silenciaron a Churchill después de cada bombardeo alemán. Gracias a Dios. Inglaterra hubiera perdido su batalla sin la luz y el fuego de su verbo. Y sin las arengas de De Gaulle, impertinentes para tantos, Francia se habría olvidado de su gloria y su deber histórico.

    Así son las guerras. Se pelean con las armas y se ganan con la fe y la fuerza interior que los grandes transmiten a los pueblos que las libran. Las guerras duelen y cansan. Sin el relato de los triunfos, sin la esperanza que se edifica al pie de las derrotas, los generales se quedan solos y condenados al fracaso y al olvido.

    Colombia estaba perdida en el año 2002. Hoy parece que nadie quiere recordarlo. Más de la mitad del territorio nacional estaba huérfano de autoridad civil, porque campeaban victoriosas las Farc y el narcotráfico. El presidente Uribe comandó la epopeya de la reconquista. Y contó con la suerte de tener a su lado a los generales Jorge Mora y Teodoro Campo. Armar en un año un ejército adicional de 100.000 hombres es una gesta que pasará a la Historia. ¡Qué tal que hubieran callado el Presidente, y la ministra Marta Lucía Ramírez y los generales Mora y Campo!

    Este no es un momento fácil en la vida de Colombia. Las voluntades vacilan y los enemigos acechan y se multiplican. Hay que derrotarlos. Hay que recordar que unidos somos invencibles y que el delito y el crimen no prevalecerán. Se precisa la acción. Pero se requiere la convicción. Por eso, no calle ministro Rivera. Mejor será que convenza a su cúpula para que tampoco olvide su deber de liderazgo.

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